Debe de ser cosa de estos vientos coléricos, que nos ponen la cabeza patas arriba, pero el caso es que, paseando hacia la biblioteca, a devolver una novela de Fred Vargas y con la intención de tomar prestados cinco gruesos volúmenes que con toda seguridad no vamos a tener tiempo suficiente para leerlos todos, me asaltó una idea imprevista, inesperada y sin fundamento alguno, porque iba uno pensando en las cosas más prosaicas. Pero así es la cabeza de uno, sobre todo si soplan aires fríos y violentos.
Era un pensamiento sobre el arte abstracto. Bueno, llamarlo pensamiento tal vez sea demasiado optimista. Vendría a ser, más bien, una razón que explicaría por qué nos gusta tan poco la abstracción artística. Va uno pensando en las compras que tiene que hacer en el supermercado y, de pronto, se encuentra uno teorizando sobre arte. ¡Qué cosas!
Al llegar a casa, después de pasar por Mercadona, abrí la libretilla verde que llevo a todas partes en el bolsillo del abrigo, e intenté apuntar lo pensado. Me costó bastante. Una cosa es pensar algo, y otra escribirlo. Tan difícil, para mí, como atrapar una mariposa con las manos. Hice tres intentos y, ahora, no sé cuál es la versión más presentable. Por eso, voy a poner aquí las tres versiones, a ver qué ocurre.
Versión 1
El problema del arte abstracto es que, muy a menudo, en él los buenos pintores se confunden con los malos, porque los resultados de unos y otros suelen ser semejantes, y así no hay forma humana de distinguir lo que tiene algún valor de lo que no vale nada.
Versión 2
El arte abstracto es un arte absolutamente democrático. Dentro de él, valen lo mismo el pintor de talento y el mal pintor. No hay manera de distinguirlos.
Versión 3

