jueves, 9 de junio de 2011

Tratado de economía

Los artículos sobre economía yo no los suelo entender nunca. Me pierdo, desconozco los tecnicismos que utilizan, los argumentos (si se favorece el despido, habrá más trabajo; si se bajan los impuestos a los más ricos, la economía se fortalece...) me parecen absurdos...

Sin embargo, hace un par de días mi hermano me mandó un documento esclarecedor. Es sencillo, contundente y se entiende a la perfección...

miércoles, 8 de junio de 2011

Tarde entretenida

Estuvo ayer la tarde la mar de entretenida. En apenas unos minutos, mudaba el paisaje del cielo como si fuese el decorado de una obra del Romanticismo.




Se veían unas nubes blancas e inocentes, como rebaños que estuviesen pastando en los azulísimos campos celestes, y al pronto todo cambiaba, se deshacían esos rebaños y todo lo ocupaba una oscuridad ominosa color tinta de calamar. Sonaban entonces unos truenos muy dramáticos, como el gong del palacio de Fu-Manchu, y se dejaba caer un aguacero violento y desatado, también muy romántico.


Cuando al fin cesaba este, cinco minutos más tarde, volvían a asomarse las lanudas ovejas, y grandes trozos de cielo azul recién lavado, muy luminoso. Esto duraba una media hora. Porque al pasar esta, otra vez un  ejército de nubes negrísimas y aguerridas, prietas sus filas, conquistaba el horizonte y terminaba borrándolo todo. Y de nuevo se dibujaban los garabatos y cicatrices de los rayos sobre el cielo, y el retumbar de los truenos, y la lluvia torrencial.


Así una y otra vez. Nos lo pasamos divertidísimos en la ventana.



martes, 7 de junio de 2011

De tal palo...

Está la monarquía de capa caída. Ya no son, sus miembros, ni simpáticos ni campechanos, y se muestran gruñones o altivos... A mí, la verdad, me importan poco, pero tal y como están las cosas, tal vez ha llegado el momento de hacer un ERE en la casa real y dejarlos en el paro.

No alberga uno muchas esperanzas en que una república viniese a mudar demasiado las cosas, pues no hay más que ver a los presidentes de los diferentes gobiernos que nos tocan para darse cuenta de que serían entonces estos los que se comportasen como reyezuelos. Pero al menos tendríamos la posibilidad de cambiar de monarca cada cierto tiempo.

Cabe también la posibilidad de mantener la plaza, y sacarla a concurso-oposición. Deberían los aspirantes demostrar, además de un gran dominio de tres o cuatro idiomas, cierta finura, una gracia natural, vasta cultura y unas dotes oratorias que los de hoy están lejos de poseer. Tendrían que demostrar, finalmente, una evidente aristocracia espiritual, que es la única que existe. Además, podría ser un hombre o una mujer, cosa que ahora no sucede.
La que tenemos ahora es, nos dicen, una monarquía moderna, pero eso es un oxímoron. O se es monárquico o se es moderno, pero las dos cosas al mismo tiempo es imposible. Lo que me parece que son es unos pícaros de cuidado, que mientras aceptan con una mano anacrónicos privilegios, recogen con la otra todas las ventajas de estos tiempos. Soy príncipe, pero como soy muy moderno, me caso con quien me da la gana. Pues no. Si aceptas ese título, te unes en matrimonio a una de las princesas que aún circulen por el mundo, y si no te gusta ninguna, porque son todas muy feas o caprichosas, pues te aguantas.

A mí nunca me han parecido ni simpáticos ni sencillos. Si vives en un palacio rodeado de chambelanes, sencillo no lo puedes ser. Y más que simpático, este rey nuestro es más bien un hombre chusco y vulgarote. Muy plebeyo.

Pero caen en gracia. Sin embargo, si se van a empezar a poner desagradables, entonces las cosas resultan muy diferentes. Hasta ahí podíamos llegar.



lunes, 6 de junio de 2011

Premios

A nosotros los premios nos traen al pairo. El Príncipe de Asturias, aún más. Se lo dan siempre a alguien que no lo necesita ya para nada, a gentes suficientemente reconocidas y admiradas. Premios así es muy fácil darlos. Sin embargo, el otro día, el que le dieron a Leonard Cohen nos dejó un poco desilusionados. Nosotros íbamos con Alice Munro, cuyos libros de cuentos nos parecen maravillosos. A L. C., sin embargo, lo hemos frecuentado poco. No hemos leído uno solo de sus poemas, tampoco el par de novelas que le tradujeron aquí. Durante un tiempo, pensamos incluso que cantaba siempre la misma canción.


De todos modos, pensándolo luego un poco más detenidamente, acabó por parecernos bien que se lo hayan dado a un cantante, a un trovador. Son escritores que tienen la gentileza de ponerle música a su composiciones, mejorando así este sordo mundo.

sábado, 4 de junio de 2011

El rey enojado

El rey, tan simpático siempre, el otro día se enfadó. Normal. Envejecer no es fácil. Si además te enteras de que van las comadres diciendo por ahí que estás con un pie en el más allá, donde seguramente será todo más igualitario y es bien dudoso que existan monarquías ni noblezas, pues resulta natural que se te lleven los demonios.

Además, en el caso de este señor, como se ha pasado media vida escuchando halagos y adulaciones sin cuento, el asunto debe serle aún más doloroso si cabe. Le han hecho creer que era distinto y superior. Y no. Se hace viejo, le duelen la rodilla y otros varios achaques y, como a todo el mundo, le disgusta tener que morirse. Y se enfada, y pierde el humor y hasta los estribos. Y como es el rey, el berrinche lo graban en la televisión y lo pasan en los telediarios. Una lástima.






P.D. Trapiello escribe algo muy atinado sobre esto AQUÍ.

jueves, 2 de junio de 2011

A mí el pelotón

Hace una semana cerramos nuestra temporada futbolística. Lo hacemos cada año en el club de golf, en un campo de hierba que tienen allí. Ese partido último nadie se lo quiere perder. Ese pequeño campo es nuestro Wembley particular.


Luego nos vamos a la casa-club, y nos tomamos unas cervezas y unos platos de jamón, mientras contemplamos el atardecer sobre los greens y las largas calles impecablemente peinadas. Lo que antes eran unos bancales arenosos lo han transformado en un paisaje de la campiña inglesa.


Este año ha sido, todo eso, mucho más dulce, porque el partido lo ganamos con contundencia. 4 - 1. Como siempre, jugué por la izquierda, serio en defensa, cerrando hacia el centro cuando correspondía, y, cuando teníamos la pelota, lanzándome intrépido hacia el área contraria, ensanchando el campo. Lo más meritorio me salió al final. Vi la jugada varios segundos antes. Esta especie de videncia me sucede muy raras veces. Casi nunca. Lo normal es que me ofusque y me enrede. Me imagino que a los grandes jugadores, talentosos y geniales, les sucede, en cambio, cada poco. Por esa razón les resulta tan difícil explicar cómo han hecho ese regate, ese pase, ese gol...

Recuperé el balón en mi banda, se lo cedí rápidamente a A., que es el que sabe; tocó este para P., mientras yo aprovechaba para desmarcarme; P. me lo envió hacia la esquina del campo; y allí, la epifanía: tres segundos antes de que sucediera, supe qué iba a pasar: acomodé el balón con mi zurda, y, con esa misma pierna, lancé un pase envenenado, entre el portero y el defensa de cierre, hacia el segundo palo. Tocado, con la fuerza justa, inalcanzable para ambos pero no para X., que colocó su cabeza y remató a las mallas -que ese campo las tiene y en buen estado- el cuarto y definitivo gol.


Mientras nos tomábamos las cañas y el jamón, recordé lo que dice Patxo Unzueta en su maravilloso libro sobre el fútbol en general y el Athletitc en particular, A mí el pelotón, que ya tiene un sitio privilegiado en nuestra colección de libros de fútbol.

"Los zurdos: gentes que amagan hacia fuera, pero recortan hacia dentro, personas que frecuentan el borde exterior y amenazan irse, pero se quedan. Disidentes, en una palabra, en cuyo corazón luchan los bandos y que solo aman el presente por lo que de pretérito imperfecto tiene".


Zurdo cerrado cuando juego al fútbol, esa cita me suena muy bien. Claro que mi zocatería es asunto raro, ya que otras muchas cosas, escribir por ejemplo, lo he hecho siempre con la diestra. No sé qué dirá un neurólogo, probablemente que tengo un lío cerebral de mucho cuidado. Pero el gol y esa cita me hicieron más agradable si cabe ese atardecer frente a la campiña inglesa de Albacete.

miércoles, 1 de junio de 2011

La república de los gorriones

Puente de la patria manchega.

Habíamos pensado aprovechar estos dos días para ir a Madrid y pasarnos por la Puerta del Sol a mostrarles nuestra simpatía a los que allí llevan semanas acampados. Sin embargo, al final tomamos la dirección opuesta y nos fuimos a la playa, a un hotel de cierto lujo. Al pueblo de Águilas. Es vergonzoso, pero es así.





Sentimos a todos esos puertasoleños muy cercanos, y compartimos con ellos casi todas sus quejas y reivindicaciones. Nos emociona verlos en la tele y hasta notamos un cierto orgullo, como si fuesen de la familia. Todo esto es verdad, pero a la hora de elegir, nos inclinamos por la habitación espaciosa con aire acondicionado y vistas al mar. Como se ve, como activistas políticos no valemos un pimiento. Ahora, como ricos, si lo fuésemos, haríamos un gran papel.


El hotel lo encontramos medio vacío. Los únicos clientes eran una docena de alemanes jubilados y un grupo de antidisturbios de la Guardia Civil. No es que los alemanes fuesen peligrosos, todo lo contrario, sino que estaban, esos benémeritos muchachos, de maniobras, cursillo o, tal vez, preparándose para asaltar los campamentos de Madrid.


 
A. y yo nos mirábamos y nos sentíamos un poco mal. Pero solo un rato. Es lo que tiene la vida de rico, que es tan fácil que se hace uno con ella muy rápidamente... Tumbados al lado de la piscina, acariciados por la brisa marina que peinaba las plameras, nos olvidábamos enseguida de nuestros remordimientos...

Sin embargo, al poco aparecía uno de los guardias civiles, se daba un chapuzón, se pedía una cerveza, y de nuevo nos volvían los reconcomios.

-Lo mejor es que aprovechemos este par de días -le decía a A.- porque dentro de poco tendremos que trabajar todo el año y como nos habrán bajado el sueldo a la mitad, estos hoteles no los volveremos a conocer...

-Desde luego, -reflexionaba A.-si todos actúan como nosotros, no nos van a dejar ni el tiempo ni el dinero para venir a sitios como este, aunque sea temporada baja... Deberíamos haber ido a Madrid...


-Nos habría salido mucho más caro: el tren, el hotel, la Feria del Libro... Cuando pase todo eso, tampoco podremos viajar a la capital...

Nos quedamos callados. Me puse entonces a contemplar a los gorriones. Bajaban hasta el borde de la piscina, a beber un poco y remojarse las plumas y se iban enseguida, a sus terrazas en las ramas de las palmeras. También había golondrinas, pero estas eran más circenses. Caían en picado hasta el centro de la cubeta y cuando se iban a estrellar torcían su dirección y pasaban en vuelo rasante sobre el agua al mismo tiempo que recogían un buche con el pico. Seguramente por la cercanía de los antidisturbios, me parecieron como esas piruetas y acrobacias que hacen los aviones de combate el día de las fuerzas armadas.


Entonces, observando a unos y otros, di en pensar que no estaría mal ser un poco como esos pájaros, pertenecer, por ejemplo, a la república de los gorriones, y poder entrar en las piscinas a beber un poco y remojarse sin  tarjeta de crédito ni remordimientos. Ni ricos ni pordioseros, ligeros de equipaje, libres y felices, vagabundos con pequeñas alas. Y por las tardes, visitar a otros pájaros amigos, más concienciados y serios.