lunes, 13 de junio de 2016

Cuatro días en Berlín (IV)

Tercer día. El metro

Al tercer día entramos en el metro. Tomamos la línea U1, que va por encima de las calles. Es entretenidísima. Vimos varios barrios, patios traseros, unas colonias de casas de madera con sus huertos, grandes edificios grises, parques enormes y enormes grafitis en las medianeras de varios edificios (un astronauta, los siete samurais de Kurosawa...)...

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Friedrichshain

Íbamos al barrio de Friedrichshain, en busca del Berlín alternativo, el de los centros culturales en viejas fábricas abandonadas. Nos bajamos en la parada cercana al puente de Oberbaumbrüke. Es un puente de ladrillo rojo con unas cuantas torres almenadas y aparentes. El metro pasa por encima de él, como acariciándolo. Al cruzarlo por el pasaje para los peatones, hermosas vistas del Spree, que allí se ensancha de un modo soberbio. A lo lejos, la enorme escultura de Borofosky, que represnta tres cuerpos abrazados, como símbolo de la reunión de los tres distritos (Kreuzberg, Friedrichshain y Treptow), que el Muro dividió. Desde tan lejos no se sabe muy bien si es una escultura o un reclamo publicitario de alguna gran marca. También allí estaban en obras, asfaltando las calles. Antes de entrar en el barrio, nos acercamos a ver la East Side Galery, ese resto del muro que algunos artistas han decorado con pinturas, por lo general, bien feas. Estaba bastante concurrido, todos con las cámaras de fotos frente a la nariz, para inmortalizar esos restos. El lugar es curioso. A un lado, el río y algunos muelles, y al otro, varios descampados bastantes tristes. En uno de esos solares, el Mercedes Arena, un poco incongruente, en mitad de la nada. Producía todo la sensación de ser los arrabales de una ciudad cuyo centro quedaba muy lejos. Sensación de domingo por la tarde.


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Sin embargo, a pocos metros de ese lugar están las calles de los okupas y los movimientos alternativos, los mercadillos en cada esquina y en cada patio, las salas de cine o de baile, las exposiciones de arte, todo eso en viejos edificios que fueron antes talleres o fábricas. Los muros se ven cuajados de carteles que anuncian conciertos, charlas, exposiciones..., y las fachadas de los edificios pintadas sin dejar un solo centímetro libre. Al parecer, los pintores callejeros sienten, como los antiguos romanos, el horror vacui. Curioseamos un rato entre los patios del Raw Tempel. Los antiguos talleres de mantenimiento y reparación de los ferrocarriles alemanes acogen hoy galerías de arte, talleres de diferentes artistas, un café y un bar, un cine y una sala de bailes de salón, una pista de skateboard y una tienda de bebidas al por mayor. Nosotros vistamos el mercadillo que, a las once de la mañana, todavía estaba abriendo, poco a poco, sus puestos, y vimos, desde la calle, por las ventanas abiertas, cómo la gente bailaba charleston en un primer piso de uno de esos viejos y pintados edificios. En Berlín, el que no se entretiene será porque no le da la gana.

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Volvimos luego al metro y nos fuimos en busca de la Oranien Platz, a comer en un sitio que nos había recomendado S. 

Kreuzberg

Esta esa plaza en el centro del barrio de Kreuzberg, conocido como el barrio turco, pero en el que conviven toda clase de gentes: hippis, punks, anarquistas, burgueses, bohemios, turcos... De todo un poco y tan mezclado que es difícil sentirse extraño. La Oranien Strasse es una calle llena de energía y de bares en los que se ve a la gente del mejor humor; repleta de tiendas de todas clases: tebeos, libros, medias extravagantes, zapatos modernísimos, talleres de bicis... Y muchos restaurantes y bares de la nacionalidad que uno desee. El que nos recomendó S. no lo encontramos. Le pregunté a un polaco, a un turco, al cuñado de ese turco, a un griego y a un alemán... Nadie supo darme noticia de él. Cómo me comuniqué con todos ellos es algo que no podría explicar. Sin embargo, puedo asegurar que fueron diálogos fluidos. Tal vez ese afán por estudiar y conocer otros idiomas sea excesivo. Claro que cabe la posibilidad de que me estuviesen indicando dónde estaba el restaurante, pero a mí me pareció que lo que me decían era que no, que no tenían ni idea. Como no había quién nos orientase y ya era la hora de comer, nos sentamos en una terracita ajardinada en una esquina de esa plaza. Comimos estupendamente y nos atendió un camarero amabilísimo. Eso sí, no era alemán, era griego. Al despedirnos, me contó en inglés que pronto iba a viajar a Barcelona, y que le hacía mucha ilusión ese viaje. Que era oriundo de Tesalónica, y que echaba mucho de menos su patria... Es raro, porque yo no hablo una palabra de inglés y sin embargo se lo entendí todo con claridad meridiana.

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Después de comer nos fuimos a una tienda anarquista  a comprar unas camisetas (con la subversión también se puede hacer negocio, a mí me parece bien. Es más, nos parece esa tienda una pequeña prueba de que tal vez sea posible una síntesis entre contrarios). La había localizado P., antes del viaje, y ya nos había preguntado varias veces cuándo íbamos a pasar por ella. Luego nos paseamos por la Oranien, entrando en casi todos los comercios. Al parecer, durante la guerra fría fue este uno de los barrios más pobres de Berlín Oeste. En él se escondían los jóvenes insuimisos que no querían hacer la mili, y fue aquí donde comenzó el movimiento okupa en los años ochenta. En la actualidad, leo en la guía, sigue igual de rebelde, y cada 1 de mayo estallan altercados entre manifestantes y policías.

Scheunenviertel

Animados, volvimos a tomar el metro y nos fuimos hasta Mitte, y dentro de ese barrio al que llaman "de los graneros", Scheunenviertel.  Allí se encuentran los edificos más antiguos de la ciudad, y su historia más dolorosa. Allí se pueden ver los stoperstein, unos adoquines de bronce que recuerdan el nombre de un berlinés, la fecha en la que fue deportado y el lugar al que se lo llevaron y donde lo asesinaron. Era el barrio judío y hoy, cuando salimos del metro, nos encontramos con unas calles llenas de gentes y lujosas tiendas de las grande marcas de la moda mundial. Pero al poco, casi desapercibido, encontramos un pasadizo a otro mundo.

Un portal abierto en la Haus Schwarzenberg, el nº 39, nos condujo a un patio de las maravillas. Durante la Segunda Guerra Mundial este lugar albergaba un taller de fabricación de cepillos y de escobas donde trabajaban ciegos y sordos. Parece ser que su dueño, Otto Weldt, consiguió salvar a sus empleados de los nazis. Hoy hay un museo que recuerda esa historia, y un cine, y un café, el Café Cinema, donde nos sentamos a descansar un rato, en la terraza del patio. Los muros otra vez llenos de pinturas, dibujos, declaraciones, lemas reivindicativos... En uno nos invitaban a los turistas a irnos para nuestra casa. No le hicimos caso. Ni nosotros ni el resto de los que por allí pasaban, que por las pintas y las cámaras de fotos tampoco debían de ser del barrio. Luego seguimos profundizando y nos encontramos con otros patios, más o menos parecidos, con tiendas de diseñadores o bares en los que unos muchachos enfundados en pantalones y chalecos de cuero asaban salchichas en una parrilla.

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Volvimos a la calle y, casi sin darnos cuenta, nos encontramos en el silencio de la Groos Hamburguerstrasse. Allí está el hermoso edificio de ladrillo rojo del hospital católico de San Hedwing, con hermosas vidrieras; la iglesia de Santa Sofía, entre las barrocas, la más antigua de la ciudad; los edificios llenos de cicatrices de los números 28 y 29, con las fachadas mordidas por las bombas; un solar vacío que llaman La casa desaparecida ( en las medianeras de las casas vecinas se pueden leer, en unas placas, los nombres y las profesiones de los que vivían en esa casa ausente); el Monumento a las Víctimas Judías del Fascismo, una escultura que podría pasar desapercibida, delante de un jardín que fue el cementerio judío de la ciudad... Era en esta calle donde se encontraba el centro de reclusión de los judíos antes de deportarlos a los campos de exterminio. El silencio y la soledad de la calle, el saber estas cosas, esas figuras..., todas esas cosas juntas realmente sobrecogían...

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Camino a la Nueva Sinagoga, pasamos delante de la sala de baile Clärchens Ballhaus, la del cartel de Otto Dix, que sigue siendo una escuela de baile y también un restaurante con un jardín delicioso en el espacio que dejó otro edificio bombardeado. Estaba ese jardín, cuando pasamos nosotros, lleno de gente que ya estaba cenando. También cruzamos, en esa misma calle repleta de galerías de arte, un patio precioso, con dos o tres restaurantes y tiendas de diseño, que nos pareció como la pequeña plaza de un pueblo centroeuropeo de cuento infantil. Tras ver la Sinagoga, decidimos plegar velas y volver a casa, pues el paso delante de tanta gente comiendo nos había abierto el apetito.


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Cuando al fin llegamos al apartamento, tras la cena en un vietnamita lleno de camareros con los que apenas nos pudimos entender, encendimos la tele. Faltaba media hora para que acabase la final de la Champion. Nos parecieron, los jugadores, tan fatigados como nosotros. Asistimos al desenlace casi sin emoción, pues nos caíamos de sueño...


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viernes, 10 de junio de 2016

Cuatro días en Berlín (III)

Segundo día. La cita

Amanecimos con el sol. A las cinco de la mañana. Sin persianas. Como resultaba evidente que no nos íbamos a volver a dormir, nos asomamos a la ventana. Se veía, a la izquierda, la Torre de la Televisión. A lo largo del viaje nos iba a parecer por todas partes y a cada momento. En cuanto levantabas la vista un poco, te asaltaba su imagen en los lugares más impensados: a la vuelta de cualquier esquina, reflejada en un ventanal, entre las torres de una iglesia. Como si fuese el ojo de Berlín.

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JA (2009)

JA (2009)


Desayunamos en una cafetería al lado de la casa. Mientras la gente entraba, pedía su café en un vaso de plástico y se iba con él a la calle, nosotros nos sentamos en unas mesas pequeñas y nos tomamos los nuestros con calma. La chica que nos atendió, amabilísima, se dirigió a nosotros en un español casi perfecto. Nos entendimos con ella como si fuese oriunda de Burgos o Logroño. Mientras nos tomábamos nuestros desayunos, contemplábamos a la gente. La enorme variedad humana. 

Aún era temprano pero no debíamos remolonear más de la cuenta porque teníamos una cita. A las diez de la mañana, en la Puerta de Brandeburgo. Era la primera vez que hacíamos tal cosa. Como no salimos mucho de casa, cuando lo hacemos vamos con nuestros libros, casi siempre antiguos, o a la buena de dios, a donde nuestros pasos nos lleven. Sin embargo, en esta ocasión nos hablaron de unos guías gratuitos, que podías reservar por internet, y que solían ser gentes muy preparadas y amenas. Trabajan por la voluntad. Al final, si te ha complacido la visita, les das lo que consideres; y si no..., si no se va el guía como vino.

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Camino a esta cita pasamos por el Kulturforum, donde será la Nueva Galería Nacional y ya funcionan varias salas de conciertos y una enorme biblioteca. Extraños edificios de rara arquitectura  pintados de una amarillo agrio. Al poco desembocamos en la Postdamer Platz. Manhattan debe de ser algo parecido a esta plaza. Tres rascacielos como los que se ven en las películas americanas, nefastos para el cuello y las cervicales. En la planta baja de una de esas torres, el Museo del Cine (nos acordamos mucho de Fritz Lang, de Billy Wilder, y nos preguntamos cómo sería esta ciudad cuando ellos la habitaban) y, tras un centro comercial gigantesco, el Sony Center, los primeros restos del Muro, que cruzaba su sinuoso camino por esta plaza. Han conservado cinco o seis planchas, que los artistas callejeros han decorado con ese horror vacui con que lo llenan todo. En el suelo, con unos adoquines, el rastro del muro aquel, como una cicatriz.


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JA (2009)

JA (2009)


JA (2009)


El guía resultó ser un muchacho madrileño que lleva en Berlín quince años. Se fue de España antes de la crisis, para trabajar en la Wolkswagen. Al cabo de un tiempo se cansó y ahora se dedica a las visitas culturales y a la cerveza, no solo para beberla sino para estudiarla. Nos contó que está elaborando una ruta por las cervecerías artesanales más recomendables de la ciudad. Solo por eso, habrá que volver. Era un muchacho sabio y con grandes dotes pedagógicas. En tres horas nos explicó gran parte de la ciudad, desde sus orígenes -un pantano al que nadie quería acercarse a vivir-, hasta los últimos acontecimientos, pasando por las monarquías, la República de Weimar, el nazismo, la división, el Muro... Lo hacía muy bien y lo sabía. No fue una explicación académica, sino la visión de alguien que vive en la ciudad y la conoce bien, con amigos alemanes que le han contado historias terribles que compartió con nosotros. No evitó dar su opinión sobre toda clase de cosas, y las tres horas se nos pasaron en un suspiro. 

Nos llevó, desde la Puerta, al Monumento al Holocausto -nos explicó que no se puede correr, ni gritar, ni mucho menos subirse encima de los bloques de piedra, y que si un guarda encuentra a alguien saltándose alguna de esas prohibiciones, la reprimenda será tan áspera y gutural, que causará escalofríos solo verlo-; el lugar donde se encontraba la cancillería del Tercer Reich y el búnker donde se suicidó Hitler, que hoy pasa desapercibido porque es un aparcamiento de tierra entre bloques de viviendas; los edificos tremendos de  los ministerios del Tercer Reich, y a su lado, a la sombra de otro buen pedazo del Muro, el sitio donde se encontraba la sede de la Gestapo, hoy un solar que  alberga un museo del Terror; el Chekpoint Charlie, una trampa para turistas que no se parece ya en nada a lo que fue aquel paso entre las dos Alemanias, entre las dos partes desgarradas de la ciudad... Y de ahí a los edificios clásicos de la Gendarmenmarkt, con sus dos iglesias gemelas y su sala de conciertos, y muy cerca, a la Bebel Platz, la de la Universidad Humboldt de los veintinueve premios Nobel, donde estudiaron Marx, y Lenin, y dio clases Max Planck, que al parecer tenía tan mal carácter que no conseguía discípulo que lo aguantase, hasta que apareció Einstein. Esa plaza, rectangular y hermosa, es famosa también por lo contrario, por la barbarie de la quema de libros que el 10 de mayo de 1933 llevaron a cabo las camisas pardas y las Juventudes Hitlerianas. Estas bestias pardas entraron en la biblioteca del edificio de la universidad y arrojaron miles de libros a la plaza, donde luego les prendieron fuego. Hoy es un lugar precioso aunque la mitad de los edificios están en obras, medio ocultos por los andamios, sobre todo el de la Ópera. Allí nos despedimos de nuestro guía. Como no sabíamos qué cantidad sería justa, preguntamos a unos de Albacete que estaban en el grupo y tenían más experiencia en estas cosas. Fuimos generosos. 


 JA (2009)

 JA (2009)

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Dentro de los jardines de uno de los edificios de la universidad había un mercadillo de libros viejos. A P. le entró el capricho de hacerse con una edición de El Manifiesto Comunista, en alemán -en castellano ya lo tiene, que se lo regaló mi prima A.-, por comprarlo en el lugar donde su autor había estudiado. Pero ninguno de aquellos libreros lo tenía. Así que ya nos fuimos de allí, a comer, al cercano barrio de San Nicolás, a un local recomendado por el sabio guía.

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Es este barrio como una isla en mitad del tráfago de la gran ciudad. Muy cerca de la Alexanderplatz, a dos pasos de la gran avenida Unter den Linden y del Ayuntamineto Rojo, es una manzana de casas a orillas del Spree, con calles empedradas, una iglesia de ladrillo rojo y bares, restaurantes y cafés deliciosos. Comimos en uno de ellos: codillo, salchichas, chucrut, grandes jarras de cerveza y, para rematar, unos chupitos de lo que parecía alcohol de quemar. Como turistas.  El guía nos había dicho, entre tantas otras cosas de más fuste, que si encontrábamos, en Berlín, a un camarero simpático, habríamos hallado oro puro. Nosotros ya llevábamos dos hallazgos, y en la comida fue el tercero... No sé, si él lleva quince años en la ciudad sabrá bien lo que se dice, pero nuestra experiencia nos contaba otra cosa... Tal vez fuese cosa del tiempo, tan soleado y caluroso, que los tenía a todos de buen humor.

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Para llegar al barrio tuvimos que sortear todo tipo de obras, zanjas, vallas y demás molestias y pasar por el parque de Marx y Engels. Eso a P. le hizo ilusión. Nos sacamos unas fotos con unas esculturas muy serias y contundentes que hay a la entrada.


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Después de comer entramos en una cafetería que era al mismo tiempo tienda de antigüedades. Nos sentamos en unas butacas del siglo XIX, rodeados de cómodas, pianos, bibelots. Apuramos un café riquísimo... No es por llevar la contraria al sabio guía, pero la dueña resultó ser, otra vez, encantadora...

Luego paseamos un ratillo por el barrio y nos acercamos a Alexanderplatz. Grandes edificios, un hotel de sesenta o setenta pisos, tranvías, una estación de ferrocarril... Ruidoso y desangelado. Decidimos irnos de allí.

De vuelta hacia el oeste nos acercamos a la catedral y al parque de Monbijou. La gente estaba tirada en el verde, aprovenchando el calor del día y las barcazas surcaban el río silenciosas y llenas de turistas.


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Cuando pasamos al fin a la Isla de los Museos, estaban cerrando todos. No nos importó mucho. Otro motivo para obligarnos a volver. Paseamos un ratillo entre los jardines y los edificios medio en obras y ya cerrados a cal y canto. Todavía estaban colocadas las cintas con las que pastorean a los visitantes ante las taquillas y las puertas de entrada. En un punto había un cartelito que anunciaba que, desde ese lugar, le quedaban al visitante dos horas antes de acceder al interior. 


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Después de esta no visita a los museos, sesteamos un rato frente a la catedral. La gente, con el calor y el buen día estaba, efectivamente, de un humor estupendo, tirada lánguidamente sobre la hierba.


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De vuelta a casa, Unter den Liden abajo - que nos recordó mucho a la Castellana madrileña- pasamos de nuevo por el Memorial del Holocausto. Atardecía. Una pareja se hacía un autorretrato en lo alto de una de las lápidas y algunos muchachos estaban saltando de unas a otras. "Ahora vamos a ver el espectáculo del guarda", pensamos. "Va a venir el guarda y los va a encoger con su rugido germánico". Efectivamente, al rato apareció uno, bajito, con la panza desbordándole el cinturón de los pantalones. Se acercó parsimonioso a la pareja, que era la única que continuaba encima de uno de aquellos bloques grises, y con un gesto displicente de la mano les invitó a bajarse. No emitió ni un sonido. Los novios le obedecieron y él continuó su ronda, perdiéndose en el laberinto de piedra. 


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Cenamos en un restaurante turco a la puerta del apartamento, en unas mesas corridas sobre la calle. Oscurecía. De pronto, dejaron de pasar coches y apareció una enorme caravana de ciclistas... Algunos se paraban en el bar de al lado y se compraban unas cervezas, se las bebían y se reincorporaban a la caravana... La mayoría llevaba bonitas luces de colores prendidas en los radios de las ruedas.

JA (2009)


miércoles, 8 de junio de 2016

Cuatro días en Berlín (II)

Primer día. Conclusiones precipitadas

Hemos decidido emplear , para conocer Berlín,  el método de las conclusiones precipitadas. Como cuatro días, en una ciudad como esta, no dan para mucho, sacaremos, de aquello que nos encontremos, algunas deducciones que, naturalmente, no valdrán para nada pero que nos mantendrán entretenidos. Empecemos. 

Primera conclusión: los berlineses conducen como portugueses. (Si es que los portugueses siguen conduciendo como hace veinte años, que es cuando anduvimos por allí,  jugándonos la vida en cada cruce y en cada paso de peatones). El conductor que nos recogió en el aeropuerto nos llevó hasta el apartamento a una velocidad por encima de la que prescribían las señales de tráfico y se saltó, que yo contase, tres semáforos en rojo. Y como él, la mayoría de vehículos que nos rodeaban e incluso algunas bicicletas. Durante el trayecto recordé con nostalgia el avión.

Segunda conclusión: los berlineses están sedientos. Nada más bajarnos de la furgoneta nos cruzamos con media docena de gentes que caminaban con una cerveza, un botellín de agua, un refresco, un café en la mano..., que se llevaban a los labios cada poco tiempo. Parejas que pelaban la pava, padres que llevaban en la otra mano a sus hijos pequeños, señoras maduras, adolescentes, hombres seriamente trajeados, rubios y morenos... Todos con su bebida de la mano.

Tercera conclusión: los berlineses fuman como carreteros y como Marlene Dietrich. Mucho, con estilo y prácticamente en cualquier lugar. Mientras conducen, mientras pasean o esperan en una esquina, mientras beben la cerveza que les acompaña... Las calles están repletas de colillas.

Cuarta conclusión: los berlineses son gentes afables y cariñosas. En los primeros lugares donde tuvimos que tratar con ellos, lejos de encontrarnos fría seriedad prusiana o áspero trato teutónico, hallamos suvidad y hasta un punto de dulzura y despreocupación latinas. La dueña del apartamento nos recibió en un pequeño cuarto desordenado, con un montón de papeles arrugados aquí y allá. Nos dio todas las instrucciones con una amabilidad de tía soltera y ligeramente trastornada. Nos condujo hacia el apartamento con toda clase de cortesías y sonrisas y al irse nos indicó que si necesitábamos algo no dudásemos en enviarle un mensaje.

Quinta conclusión: los berlineses son informales. Nada más acomodarnos en el apartamento le mandamos un aviso a la dueña porque internet no funcionaba. Al parecer nos había dado una clave equivocada. Hasta hoy. No volvimos a tener noticias suyas en los cuatro días de estancia.

Sexta conclusión: Berlín es una ciudad en construcción. En reconstrucción más bien. Llena de grúas, zanjas, solares vallados, operarios con cascos, monos y martillos hidraúlicos...

Después de pensar en todo esto, nos desentendimos de querer entender nada y nos fuimos a dar un paseo. Lo que habíamos visto hasta entonces, en el viaje relámpago en coche desde el aeropuerto hasta el 112 de la Potsdamer Strasse, donde íbamos a estar alojados, nos había abrumado ya un poco. Al principio, grandes parques con la apariencia de bosques, canales oscuros, gente haciendo footing y muchas bicicletas; y al poco la ciudad, un poco destartalada, con grandes avenidas cargadas de tráfico, con muchas obras, y con unos semáforos que apenas permanecían abiertos unos pocos segundos. En Berlín debe de morir mucha gente atropellada.

El caso es que nos fuimos a pasear. Salimos del portal -un portal con una puerta como hecha por Cristina Iglesias- y giramos a la izquierda, hacia Schöneberg.

Schöneberg

Es el barrio en el que nació Marlene Dietrich y en el que estuvo la sede del Gobierno de Berlín Oeste entre 1949 y 1990. Es un barrio tan grande como Mieres, con zonas turcas, bohemias y de ambiente gay, más o menos mezcladas. En esto ya se parece poco a Mieres. Bajamos por nuestra calle (enormes fruterías turcas con el género coloreando la calle, supermercados, panaderías y apothekas -efectivamente, el poeta esloveno llevaba razón-) entre floridos edificios burgueses y bloques cuadrados sin imaginación, hasta el parque Heinrich Von Kleist. Este parque, al que se accede por una galería de columnas y estatuas clásicas, es la entrada a un mundo completamente distinto. Tras él se llega a un barrio de calles silenciosas, solitario y exquisito. Discretos restaurantes, librerías anticuarias, tiendas de  finísima ropa de segunda mano, iglesias de ladrillos rojos y pináculos verdes. Pocos coches, muchas bicicletas. Paseamos encantados y nos sentamos a cenar en una terraza, frente a una de esas iglesias rojas. Hacía una temperatura sureña. El camarero, con el que nos entendimos entre todos y principalmente en inglés (aunque C. está estudiando alemán y eso también ayudó), resultó un muchacho de lo más agradable, simpático y atento. Para los amantes de las noticias prácticas, de precio como nos habrían cobrado aquí. Y también para ellos, enfrente de esa terraza donde cenamos, la Winterfeldt Schokoladen, un chocolatería famosísima que ocupa el local de una farmacia del siglo XIX y que mantiene las mismas estanterías de oscura madera de aquella, solo que ahora ocupadas por bombones y tabletas de toda clase de sabores. Hasta donde estábamos sentados, al otro lado de la calle, llegaba, sobre la brisa de mayo, un olor maravilloso.



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Volvimos andando tan tranquilos, disfrutando de la temperatura. Llegamos a la animadísima Nollendorfplatz, llena de restaurantes griegos, italianos y vietnamitas, y por la Kurfürtenstrasse, paralelos al metro elevado y entre edificos de azulejos de colores o con  las fachadas decoradas por pintores callejeros, de nuevo a nuestra calle. Las fruterías ya estaban cerradas, igual que las farmacias y las panaderías. Todavía estaban abiertos los supermercados, de los que salía cada poco alguien con una botella de cerveza en la mano. Y, claro, los restaurantes y cafés: turcos, italianos, irlandeses, franceses... Era la comisón de hostelería de la ONU. Tan solo nos quedaba hacer cumbre en nuestro apartamento, un quinto piso sin ascensor.


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 JA (2009)

lunes, 6 de junio de 2016

Cuatro días en Berlín

 ¿Quién, desestimando los peligros del terrible e ignoto mar, dejaría por propia voluntad Asia o África o Italia para visitar Germania, región privada de encantos, con un clima severo, sin ningún consuelo para el que cultiva sus tierras y tampoco para quien tan solo las contempla?

Tácito


Facturación

Decir algo de una ciudad en la que solo has estado cuatro días es, no cabe duda, un gran atrevimiento. Si además esa ciudad es Berlín, con una historia tan particular, tratar de sacar alguna conclusión no deja de ser un disparate. Sin embargo, sentados frente a este blog, comportarnos de este modo, atrevidos y disparatados, no nos importa demasiado. Así que vamos a contar aquí ese viaje y a extraer una serie de conclusiones precipitadas, por si le sirvieran de algo a quien decida darse una vuelta por esa ciudad extraordinaria. 

Viaje de ida

Cada vez que subo a un avión no puedo evitar pensar en la posibilidad de un accidente aéreo. Volar me parece la acción más antinatural que pueda imaginarse. Hacerlo, además, dentro de un aparato enorme y pesadísmo, lleno no solo de pasajeros, sino de un montón de bultos, cajas y maletas pesadísimas, eso ya es algo inconcebible. Sé que la física explica satisfactoriamente el fenómeno, pero yo no acabo de confiar del todo en la física. 

Al comienzo lo paso mal. Hasta que no transcurren diez minutos y compruebo que seguimos suspendidos en el aire, no me tranquilizo. Luego saco un libro, para olvidarme de dónde estoy. Esta vez llevaba conmigo las Noticias de Berlín de Cees Nooteboom. Son el relato de los años que vivió en esa ciudad, hace casi cuarenta años. Antes, durante y después del Muro. Cuenta cosas muy curiosas y se lee con el gusto con el que se leen los libros escritos con naturalidad y sin alardes. Antes de salir de casa leí también los artículos que mandaba a El Sol Sagarra en los años veinte, y los de Camba, de la misma época, y un librillo de un poeta esloveno, Ales Steger, que se titula así, Berlín, sin fantasía alguna. 

Sagarra se burla bastante de la seriedad de los berlineses, que encuentra muy graciosa, y se queja de lo primitiva que es su gastronomía. Camba mantiene parecidas opiniones y se nota que los alemanes le caen simpáticos. Con ese gusto suyo por la paradoja, afirma que el pueblo alemán es el pueblo más bueno del mundo y que esa es la causa de que sean capaces de cometer grandes atrocidades (lo escribe antes del nazismo): "Yo creo, en efecto, que todo el mal que los alemanes le hayan podido hacer al mundo se lo han hecho por exceso de bondad: por no poner en duda nada de lo que les decían sus periódicos, por no disgustar a sus príncipes y por imaginarse que el mundo sería mejor cuando Alemania lo hubiese purificado con el hierro y el fuego. Al disparar su cañón monstruo sobre París, los alemanes creían que, en el fondo, París debía agradecerles la atención (...). El alma alemana es incorruptible. Ningún agente físico parece ejercer acción sobre ella. Y quizá si Alemania constituye una excepción en el mundo sea precisametne por esto. El hombre malo, en efecto, puede corregirse; pero ¿cómo corregir al bueno?"

El libro del escritor eslovaco es una edición preciosa de Pre-Textos, pero contiene un exceso de lirismo que lo hace, a ratos, bastante empalagoso. No obstante, a veces dice cosas inteligibles y prácticas, por ejempo que Berlín es la ciudad de las panaderías y de las farmacias. Las hay, al parecer, en cada esquina. O esto otro: "Para quien llega a Berlín por primera vez, el agua es la mayor sorpresa y revelación. La ciudad flota sobre ríos y lagos, aunque sin ostentación, más bien con discreción".

Del libro de Nooteboom, mientras seguíamos sin caernos, subrayé estas frases: "Si hay un lugar en el mundo donde el pasado se sienta a sus anchas, ese debe de ser Berlín"; "Se necesita un método para estar en un sitio al que no se pertenece"; "Berlín es la ciudad de lo que no hay, de lo que ha sido aniquilado por las bombas, de lo cercado, de la misteriosamente prohibido..."; "una ciudad que se lee como una extensa remembranza en piedra, una ciudad a la que todos los días se le recuerda su papel anterior(...). La historia es invisible porque sucede muy despacio; solo muy raras veces se permite apresurarse. Uno de eso momentos fue noviembre de 1989". 

¿Qué método emplearemos nosotros para estar en Berlín estos cuatro días?