martes, 8 de noviembre de 2011

Cagar ciriales

Estábamos en Úbeda, el otro día, hablando de la crisis y, de pronto, alguien dijo: "No, si las vamos a cagar ciriales". Y a pesar de que todo apunta a que así va a ser, ya nos entró a todos mucha risa, sobre todo a los que no habíamos escuchado jamás semejante dicho. Én una página llamada jaenpedia localizan la expresión en Rus (pronúnciese /¬ruuu/),  muy cerquita de Úbeda.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Reparaciones

En una sola semana he tenido que arreglar un nuevo pinchazo en la bici, la dentista me ha colocado un puente que me ha costado lo mismo que los ayuntamientos pagan por los que les monta Calatrava y hemos encargado unas nuevas gafas porque, según el oftalmólogo, estoy, así lo dijo literalmente, "al borde del precipicio de la presbicia".

De manera que se puede decir que vivimos en un taller.

El de las bicicletas es como la cueva de Alí Babá. Pertenece a una asociación benéfica que se ocupa de jóvenes que han dado algún mal paso, o varios, y a los que tratan de rehabilitar. La primera vez que entré daba un poco de miedo. Es un lugar bastante oscuro, y los muchachos parecen todos recién sacados de la tripulación de un barco pirata. Cuando abres la puerta se te quedan mirando de un modo muy teatral, oscuros y retadores, pero si no te arredras y te diriges a ellos con naturalidad te das cuenta de que son todos unas almas de cántaro. Y me tratan la bicicleta con mucho cariño. El otro día llegué a recogerla cuando ya iban a cerrar. Estaban esperándome y, para entretenerse miraban un vídeo flamenco en internet. En cuanto les pagué y recogí la bici se apresuraron a recogerlo todo, apagaron el ordenador y las luces y se enfundaron en sus cazadoras. Todo esto dando palmas. Me dieron ganas de decirles que tuvieran cuidado ahí fuera, no fuesen a tropezar de nuevo en las piedras del vicio y la perdición y caerse, como decía aquel, en la drogaína... ¿Quién me iba a cuidar la bici, que para mí es como para nuestra vecina del primero su perro, como ellos? Pero no dije nada, les deseé muy buenas noches y me fui.



La dentista, a la que llevamos acudiendo desde hace casi veinte años, es una mujer encantadora... Se pasa la vida trabajando... Su consulta es menos oscura que el taller de esos muchachos, pero siempre hay que esperar muchísimo tiempo y, por ello, acaba resultando un lugar opresivo y claustrofóbico, sobre todo cuando enchufan el hilo musical y comienzan a sonar los discos de Richard Clayderman. Yo creo que es una estrategia, porque cuando al fin llega tu turno te da igual lo que te hagan a cambio de escapar de esa sala de espera... Hasta pagas gustoso la factura, que en esta ocasión, si en lugar de ser yo el cliente hubiese sido la señora Mª. Dolores de Cospedal, no se la habría pagado de ninguna manera, por lo abultadísima.



El oftalmólogo es un hombre muy pedagógico... Fuimos P. y yo. Descubrió que P. es miope y, tras este hallazgo, estuvo una hora larga explicándonos lo que esto suponía, las cosas que debía hacer para que no le creciesen las dioptrías, informándonos de los más recientes estudios... Salimos de allí sabiendo por qué en África no hay miopes y que los asiáticos han desbancado a los americanos en el estudio de la miopía, y que han descubierto unos cristales que la frenan y tienen ya muy avanzadas unas lentillas que funcionan igual...

Luego me miró a mí y fue cuando dijo eso del barranco y la presbicia.  "No te has caído aún, pero estás a punto, como quien cuelga sujeto a una rama que no va a tardar en desprenderse".

Y ya nos fuimos a elegir las gafas nuevas...



viernes, 4 de noviembre de 2011

Saber perder II

Hoy ha jugado el equipo de P., el EBA, el primer partido de la liga de baloncesto. Contra el CABA (me parece que todos tienen nombres así, con siglas).


El primer cuarto ha resultado muy igualado: 6-4 perdía el EBA.

P. salió en el quinteto titular y no lo hizo mal. Se movió con soltura, pasó el balón con rapidez, y defendió con firmeza. Jugó casi todo el partido. Sin embargo, los dos cuartos siguientes resultaron demoledores. El equipo de P. no consiguó meter ni una sola canasta, y los del CABA, poco a poco, se fueron distanciando. En el último cuarto, P. casi mete una canasta y recogió un par de rebotes. El resultado final -yo ya había dejado de llevar la cuenta- parece que fue 48 - 8.

Pero P. y sus compañeros terminaron muy dignos, y fueron saludando a sus contrincantes con gran cortesía. Yo estaba orgullosísimo... "Así se pierde, hombre..." Casi se me saltaban las lágrimas.

Concentración, manifestación, huelga y chaparrón

Estábamos frente al edificio de la Delegación -un rascacielos muy feo- pitando sin parar con grave riesgo de volvernos sordos completos... Llevábamos allí una hora. El cielo, gris y plomizo, amenazaba lluvia y habían caído ya algunas gotas, aunque pocas e inconstantes... Pero de pronto comenzó el diluvio universal.... Si no llega a ser porque se veía cómo el aguacero caía por todas partes, habría parecido que nos estabn tirando calderos desde las ventanas de ese rascacielos...

Alguien dijo, por eso de ponerle al mal tiempo buena cara, que seguramente era, esa lluvia huracanada, responsabilidad de la presidenta, que habría obligado a los servicios de meteorología regionales a desatar ese temporal para dispersarnos del mismo modo que en otras ocasiones semejantes envían a los antidisturbios, a limpiar las calles y restaurar el orden y la paz... La mayoría reímos el chiste educadamente mientras buscábamos un lugar donde resguardarnos. Sin embargo, una muchacha comentó muy seria que con esas cosas del tiempo no se debía bromear, pues son señales y avisos muy serios que deben tenerse siempre en cuenta.

 -Puede que Dios no quiera que nos manifestemos y nos pongamos en huelga, y ha sido este chaparrón su modo de comunicárnoslo...

La miramos asombrados. Aunque habíamos escuchado todos excusas bien peregrinas para no adherirse a este paro, esta resultaba, sin duda, la más prodigiosa. Era una muchacha menuda y muy pálida, que miraba hacia el cielo de un modo penetrante y sagaz. Sin paraguas y con la capucha de su chaquetón caída, aceptaba la cantidad de agua que le estaba cayendo encima como un mártir el sacrificio.

-Yo no vuelvo a hacer huelga-comentó con trémula voz sin quitar sus ojos de lo alto.

-¿Cómo que no?-le respondieron los que la rodeaban. Y al mismo tiempo que la cogían por los brazos tratando de llevarla bajo techo, intentaban también sacarla de aquel trance místico y absurdo.

-Pero bueno, Llanos, no te das cuenta de que si Dios no viese con buenos ojos estas manifestaciones habría mandado esta tormenta mucho antes, justo al comienzo, y nos habría desarbolado como a la Armada Invencible...

-Lo que ocurre -trató de ayudar otro- es que ya debe andar Dios muy mayor, y tanto pito, bocina y silbato, le habrán terminado por molestar, a pesar de lo sordo que parece a veces. Y habrá pensado que con una hora ya estaba bien, y por eso nos ha aventado a todos.

Pero Llanos, completamente empapada y con los ojos blancos, insistía: "No, Señor, jamás volveré a hacer una huelga".

Por la tarde volvimos a la calle -ya sin lluvia-, al Altozano... Nuestra amiga J. nos llamó desde la comisaría, que es policía municipal, a preguntarnos dónde iba a ser, que andaban un poco despistados con la información que habían recibido, y si sería concentración o manifestación. Como es una buena amiga, le contestamos puntualmente, y resolvimos todas sus dudas.

No pudimos estar mucho tiempo porque P. todavía tenía algunos deberes que terminar, y estudiar para un examen de matemáticas, de manera que cada poco nos tiraba de la manga y nos recordaba esas obligaciones y, también, que se estaba aburriendo. Solo se animó un poco cuando nuestro amigo E. le pidió que lanzase unas consignas por el megáfono. Era un megáfono muy moderno, que te grababa antes, y luego, con darle únicamente a un botón, reproducía cuantas veces quisieses los pareados y clopillas que le hubieses dictado...

Y yo, mientras tanto, no dejaba de buscar por ver si descubría a la mística muchacha de la mañana, para comprobar si le habían salido ya las llagas. Pero no la vi.




jueves, 3 de noviembre de 2011

Como un buhonero

Como hoy estamos de huelga, podría haber aprovechado y hacer una entrada larga y tendida, bien corregida y revisada, pero en cambio, traigo el artículo que ha salido hoy y que, como verá quien lo lea, está hecho con los retales de algunas viejas entradas de este blog. Como un buhonero.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Viaje de vuelta

Tras un breve visita al cementerio, al que P. entraba por primera vez, tomamos el camino de vuelta a casa. Como era A. quien conducía, yo iba a su lado contemplando el paisaje.

Era el mediodía y estaba el cielo limpísimo, igual que los mausoleos que acabábamos de ver en el camposanto, y muy blanco el sol de noviembre. Dentro del coche sonaba la música amable de Manel, que le gusta mucho a P. Sin embargo, en esta ocasión comentó que si en lugar de ser aún de mañana, fuese ya por la tarde y estuviese a punto de anochecer, esas canciones le pondrían muy triste...

Entre la carretera y la sierra, el valle onduloso. Aquí y allá flotaba, como nube, un humo blanco y dormido sobre la rebeca vieja de los olivares. El calor, las canciones, que solo entendíamos a medias, y la frente en el cristal, todo junto iba adormeciéndonos poco a poco...

Después de la parada para comer, la carretera se volvíó lujosísima, como un salón cortesano. Estaban los chopos cargados de monedas de oro que iban dejando caer, como quien da una limosna, sobre todos los que por allí pasábamos...

En las cunetas de algunas curvas se veían esos tristísimos ramilletes de flores atados con un alambre a pequeñas cruces de madera. Seguramente, pensábamos, las habían colocado allí esa misma mañana, o la tarde anterior, y quisimos imaginarnos las manos que las trenzaron y sujetaron allí, en recuerdo de quienes perdieron la vida en ese mismo lugar y también como aviso para todos los que tracen esa revuelta del camino...

Más adelante, entre los bosques de chopos descubrimos viajeros que habían arrastrado hasta allí una mesa de camping y unas cuantas sillas, y comían tranquilamente. Eso, hasta hace poco, era muy raro encontrárselo en esta carretera, uno al menos no lo había visto nunca. Antes la gente se detenía en los bares y restaurantes a la orilla de la carretera, junto a las gasolineras, y se pedía el menú del día, o unas tapas, o una paella... Eso de apartarse del camino y autoabastecerse de ese modo -mesa, mantel, cubiertos, vajilla y alimentos- era, hasta hoy, cosa antigua, de otro tiempo... Tal vez por eso componían una peregrina estampa, sentados en medio de la chopera, sobre la suntuosa alfombra del otoño...

Y como noviembre a estos campos, así llegamos nosotros a casa.



 

martes, 1 de noviembre de 2011

Los peligros de Úbeda

El sábado, como los chiquillos ya se aburrían de estar en el bar, pidieron permiso para marcharse solos a casa de la abuela. Entre esta y ese bar no habrá más de cien metros, y solo hay que cruzar, en el camino, un cruce muy poco transitado. Se les concedió la venia, pero como ya eran más de las diez, y estaba la noche muy oscura, yo no me quedé tranquilo. De manera que, disimuladamente, porque si me llegan a descubrir se habrían enfadado y me lo habrían reprochado muy amargamente, salí tras ellos y, camuflado tras un higuera de la calle, me estuve allí apostado hasta comprobar cómo llegaban con bien hasta el portal, llamaban al timbre y traspasaban el umbral.

Cuando regresé al bar, se burlaron todos un poco, pues qué iba a suceder en un pueblo tan tranquilo como este, tan renacentista y hermoso...

Media hora más tarde nos levantamos nosotros. Estábamos despidiéndonos de J. y de J., que viven en el portal de al lado, cuando pasó por la acera un joven muy mal encarado, que nos miró con ferocidad. Caminaba tambaleándose e iba rumiando algo entre dientes. Al verlo, mi cuñado dio un paso atrás y, señalándolo, comenzó a hacer gestos con la mano como si estuviese blandiendo un arma blanca. "Este anda por ahí amenazando a la gente con un cuchillo. A. tiene pendiente un juicio con él, porque lo tuvo que echar del centro de salud y al día siguiente se le presentó en su casa con un cuchillo jamonero..."

Mientras nos contaba esas cosas, yo contemplaba al muchacho, que a duras penas lograba mantenerse en pie. Sin embargo, de repente, como si hubiese escuchado lo que nos estaba narrando nuestro cuñado, se dio la vuelta bruscamente, y se dirigió hacia nosotros con la misma mirada feroz de antes. "Adentro", murmuré, y empujé a todo el mundo hacia el fondo del portal mientras cerraba la puerta con estruendo. Estuvimos allí unos diez minutos sin que ocurriese nada ni el joven amante de los cuchillos pasase por delante. En ese tiempo, J. completó el retrato: al parecer anda todo el día metido en líos, pegándose con estos y aquellos, y nos narró una escena terrible, sucedida hacía apenas unas semanas, en la que se lo encontraron en mitad de la calle, con el torso desnudo y completamente ensangrentado, clamando venganza contra no se sabe quién...

Luego ya salimos del portal, y recorrimos los tres pasos hasta el portal de F. en menos de un segundo...

Menudo pueblo tranquilo, iba pensando, pero no dije nada...