martes, 17 de junio de 2014

El Mundial

Durante el mes que hemos estado sin escribir nada el mundo continuó rodando y sucedieron, como es natural, multitud de cosas: una tarde, me encontré a la señora que cuidaba a la vecina del 1º en el portal, me contó que acababa de regresar de su país, Ucrania, porque aquello era una verdadera guerra, y me preguntó si conocía a alguien que pudiese necesitar sus servicios; murió D., que hizo más luminosa una infancia bien feliz, a excepción hecha de aquellas tardes en las que nos obligaba a sentarnos, a sus hijos y a nosotros, alrededor de la mesa de la cocina y, con una toalla sobre la cabeza, dirigía el rezo del rosario; hubo unas elecciones europeas que llevarán al parlamento a jóvenes políticos que sostienen un discurso diferente y esperanzador; creció la pobreza; en Toledo, una mujer se murió en las urgencias del hospital después de esperar cinco horas a que alguien la atendiera; en esa misma ciudad, Cospedal redujo el número de diputados regionales, dice ella que por el prurito de ahorrar, y la oposición que para que le sea más fácil volver a ganar las elecciones; los del partido de los jueves jugamos el partido final de la temporada en el campo de veteranos del Albacete, una tarde espléndida de jueves, sobre un césped impecable; los bancos siguen ejecutando desahucios; aprendí, por fin, a nadar; y el Rey, ya queda dicho, anunció que abdicaba.

De todas esas cosas podría estar alimentando este blog durante meses, pero le tengo una lealtad inquebrantable a mi infancia y cuando llega un mundial yo me entrego en cuerpo y alma... Incluso rompí temporalmente mi veto a El País y lo compré el miércoles porque traía un suplemento sobre el campeonato. Compré también Futebol, que estoy leyendo y es magnífico, y cada día, religiosamente, me acerco a la papelería del barrio a por el Marca, a beber en  las sabias palabras de Santiago Segurola.

El suplemento de El País traía una desplegable con el calendario de todos los partidos del mundial que he colocado sobre la mesa del salón y al que me acerco cada dos por tres. Me inclino sobre él y lo estudio del mismo modo que debía hacerlo Napoleón con sus mapas, antes de las batallas.

Y trato de ver, naturalmente, todos los partidos. Hasta el Irán-Nigeria estaba dispuesto a ve, pero me dormí.. Para ello, he intentado la impostura de una nueva afonía, por ver si así me dejaba la familia a mí aire. No ha colado. Y aunque les he explicado que para mí un partido es como leer un libro, que me exige silencio y concentración,  no me han hecho caso alguno... Así que los voy viendo como puedo, en mitad de múltiples tareas, a salto de mata...

Como es de suponer, iba con España. Ahora, después de lo de Holanda, ya no. Ahora voy con Costa Rica. Porque yo, la fidelidad, a mi infancia y a mi señora. Y ni un paso más.






viernes, 13 de junio de 2014

La abdicación

Debí darme cuenta al leer aquel reportaje. Pero nosotros la perspicacia la tenemos habitualmente bajo mínimos. Despertó en nosotros aquella lectura la indignación y la decisión de no comprar nunca más ese periódico; sin embargo, no supimos interpretar que ese reportaje -publirreportaje más bien-, anunciaba el cambio que me iba a empujar a cumplir la promesa tramposa de volver aquí cuando el Rey abdicase.

Era un reportaje sobre Letizia, y, lo confieso, comencé a leerlo por puro morbo, por si contaban, por ejemplo, cómo su carácter la llevaba a mostrarse áspera con el servicio, o con su esposo, cosas así. Y si continúe leyéndolo fue porque no daba crédito a lo que mis ojos veían en aquellas líneas: una verdadera hagiografía de la muchacha, adornada de vez en vez por exageradísimas loas al Rey, a su hijo y prácticamente a toda la familia, excepción hecha de los que tienen exiliados por ahí.

Era, ahora lo veo, como esos anuncios que pagan las grandes empresas antes de abrir un nuevo y más hermosos centro comercial, o el último modelo de esta o aquella marca automovilística...

Hay tanto ruido en estos días sobre este asunto que uno no sabe muy bien qué decir. Desde un punto de vista personal y egoísta, a mí la abdicación de este hombre lo único que me supone es tener que volver a este blog y abandonar las lecturas compulsivas. Sobre lo que supondrá para el país, el mundo y el universo todo, eso ya es harina de otro costal. Plumas más inspiradas e informadas que esta mía tan desplumada han dicho ya de todo. Probablemente lleven todos su parte de razón. Yo, modestamente, me atrevería a añadir ,entre las razones que se han expuesto para explicar esta decisión, la de tenernos a todos entretenidos entre el final de la liga de fútbol y el comienzo del mundial. Apenas han sido un par de semanas, pero para muchos habrían sido días de un vacío existencial terrible de no ser por la ayuda de nuestro monarca, tan atento siempre a las necesidades de la ciudadanía, y tan campechano. También me parece a mí, por la pocas imágenes que hemos visto en la tele, que este hombre está muy enfermo, y eso sí que lo siento, porque como no se cuide un poco más y mejor, nos vamos a quedar pronto sin reina madre, que será, digo yo, la figura que le asignarán, ¿no?

En fin. Sean estas o aquellas las razones de este cambio, lo que parece claro es que el esfuerzo de publicidad y promoción que le están prestando a los herederos es descomunal y cargante. Y que a pesar de que todo se desmorona, nuestros políticos siguen erre que erre, como aquel memorable personaje de Paco Martínez Soria -¿te acuerdas, J.A.?-. Mientras crece la pobreza, ellos parecen más cómodos tratando de  cetros,  coronas y  armiños...  Como tunos cantándoles a los novios en una boda...

Lo que no se me ha escapado es que tanto el Rey como la Reina están preparando un asesinato o un atraco. ¿Cómo no se da cuenta nadie? A lo mejor quieren matar a Corina, o defraudar a unos pensionistas con una cadena piramidal o algo semejante. Si no fuese así, ¿a qué tanta prisa por aforarlos? No me enteré cuando el reportaje aquel, pero esto lo veo claro como cielo de verano. Estos dos están tramando, sin duda, un hecho.

En fin, por mi parte he decidido olvidarme de todo este asunto y dedicarme en cuerpo y alma, como en la infancia, al mundial de Brasil...

jueves, 12 de junio de 2014

Elogio del silencio

Al comienzo fue la afonía. Unos días antes de irnos a las playas de Vera comenzó a molestarnos la garganta. A la vuelta, fuimos al médico, que nos recetó unos antibióticos. Parecía que estábamos mejorando. Sin embargo, al cabo de un par de días, una mañana, al despertarnos no fuimos capaces de decir esta boca es mía... Mudos totales.

En el instituto, nada más entrar en clase, tomé la tiza y, con floridas mayúsculas, escribí en la pizarra: 

"HE HECHO UNA PROMESA. DURANTE LOS PRÓXIMOS DÍAS NO PUEDO HABLAR".

En segundo de bachillerato se rieron un poco, encendimos el cañón y les proyecté un tema al que le iba añadiendo, cuando era menester, unas glosas en la pizarra, por aclarar los conceptos más oscuros.

En segundo de ESO, sin embargo, se creyeron lo de la promesa e intentaron sonsacarme:

-¿Promesa?, ¿qué promesa?, ¿y por qué la promesa?

-¿Tiene algún familiar enfermo?

Yo compungí el rostro, y sacudí la mano para que dejasen a un lado su curiosidad y cualquier esperanza de que pudiese yo darle satisfacción alguna. Y ya me puse a hacer esquemas en la pizarra.

En casa la cosa fue un poco más difícil. Ni P. ni A. se tomaron en serio mi afonía, y a cada paso me estaban preguntando por esto y lo otro. Decidí hacerme con una libretilla, y contestarles por escrito.

-¿Qué has escrito ahí? Menuda letra tienes, hijo...

-Es verdad, papá, yo no entiendo nada...

De manera que dejé a un lado la libretilla y decidí abrir la boca tan solo para comer. Cuando A. o P. me preguntaban algo, ponía una sonrisa de idiota y entonces eran ellos los que movían las manos y me dejaban por imposible.

A partir de ese momento todo fue armonía y sosiego, y viví días muy apacibles. Fue tanto el contento que ese silencio mío me trajo, que decidí ampliarlo a la expresión escrita, y aunque en el trabajo tuve que usar la pizarra, dejó de apretarme la necesidad de venir a este rincón a contar todas estas cosas sin importancia. Me dediqué a viajar: estuve en el París de Azorín (La ciudad de los pasos lejanos,  de Muñoz Millanes, precioso), en Alemania (Viaje con Clara por Alemania, de Aramburu, que me ha hecho reír lo indecible), en Asia (Vietnam, Corea, Bután, Afganistán, China, Japón..., de la mano de El lugar más feliz del mundo, de David Jiménez, uno de los mejores libros que hemos leído en años). Hice todos estos viajes desde el sofá, sin salir de casa y rodeado de ese maravilloso silencio cervantino que se encontró Don Quijote en la casa del Caballero del Verde Gabán... Dejé de escribir y me dediqué a leer. Me entregué a la pereza más dulce. Nunca creo haber sido más sabio. Tan feliz era cuando mudo que, cuando me regresó la voz,  le dije a A. que a lo mejor alargaba el tratamiento una semana más:

-Si hombre, de eso nada. Con lo que me gusta a mi hablar...

Efectivamente, eso no pudo ser, pero lo de seguir sin escribir sí, y los momentos que antes le dedicaba a este pequeño huerto, continúe ocupándolos con las lectura. Continúe leyendo y, por no abandonar de un modo definitivo este rincón, que me daba coraje hacerlo y varios remordimientos, me di un plazo:

-Cuando el Rey abdique, vuelvo a él- me dije entre mí, fiado a los expertos en monarquías que afirmaban que un Borbón no abdicaba jamás.



(www.kailas.es)






jueves, 8 de mayo de 2014

En las playas de Vera (IV)

Mojácar es un pueblo precioso, blanco y lleno de ingleses. A mí no me importaría ser un  inglés de estos y pasar los inviernos en este pueblo de nata montada. Me sentaría frente al ayuntamiento -cerrado a cal y canto-, a tomarme un vino mientras leo uno de eso tabloides británicos que hablan de asuntos exclusivamente insulares... Exactamente lo que estaba haciendo un señor muy colorado, de cuidada barba cana y tocado con una gorrilla marinera, que estaba sentado a nuestro lado. A. y L. estaban dentro de una tienda de ropa y los chiquillos se habían subido a una higuera. Así que J. C. y yo nos sentamos en la terraza de ese bar frente al ayuntamiento -cerrado a cal y canto-, a ver pasar la gente: todos turistas y visitantes comos nosotros; unos nacionales y otros ingleses. Lugareños no vimos ninguno. 



El pueblo es precioso, pero debe de ser muy difícil vivir en él, con tantas cuestas pinas, tantas escaleras y tan estrechos callejones. A mí me dejó la impresión, más que de un pueblo, de una atracción turística, lleno de tiendas de souvenirs y de restaurantes.



El pueblo es blanco, absolutamente blanco, inmaculadamente blanco. Excepto la iglesia, que es del mismo color pardo que el cerro en el que está colgado el caserío. 



El pueblo está lleno de ingleses pero, después de observar largamente al inglés que estaba a nuestro lado, yo creo que esos ingleses son ingleses de pacotilla, que han contratado para darle tono y sabor al escenario. Se pasarán el día haciendo su papel de habitantes entre el resto de turistas y luego, cuando ya se hayan ido todos, se marcharán a su casa, en Vera, Garrucha o Carboneras...

Al final, antes de marcharnos, nos subimos a un mirador para ver el mar desde lo alto. Las casas que lo rodeaban estaban cerradas y silenciosas, y en el paseo no había nadie, porque los turistas estaban todos comiendo, y los ingleses inventados me imagino que también. Ese mirador está junto a la calle Tico Medina, que al parecer era oriundo de aquí, cuando esto era un pueblo de verdad. Estuvimos allí largo rato. El mar sí era verdadero, y contemplarlo desde allí nos proporcionó mucho contento...









miércoles, 7 de mayo de 2014

En las playas de Vera (III)

Paseo nocturno por el puerto de Garrucha. 

Pasear por la noche es actividad muy saludable, no solo porque lo diga el refrán, sino porque cualquier sitio parece, a esas horas y a la luz de las farolas municipales, mucho más hermoso. Y así este pueblo a la orilla del mar, con las casas apiñadas unas sobre otras, apoyadas en un cerro pardo y seco, como son los cerros aquí. Calles empinadas como esas famosas de San Francisco, pero más estrechas. 

De manera que, desde los pantalanes del puerto, apenas iluminados por unas luces que salían del suelo, el pueblo parecía bien hermoso. 

El agua estaba en  calma. Había muy pocos barcos amarrados, algunos de vela, varias pequeñas lanchas y dos o tres yates. Muy cerca, en la bocana, dos grandes cargueros, dormidos y silenciosos. De pronto, una luz verde entró en el puerto. Era un barco muy pequeño, de pesca, que volvía de faenar... Parecía una luciérnaga.




martes, 6 de mayo de 2014

En las playas de Vera (II)

El viernes por la mañana lo pasé en la piscina -con forma de ameba- con los chiquilllos y tratando de poner en práctica lo aprendido en el cursillo de natación. La verdad es que mis progresos son muy modestos, y más que nadar estuve, una vez más, luchando con el agua... Me importó poco porque nadie me hacía mucho caso. Tan solo me miraban los rusos sin camisa de las terrazas... Pero lo hacían con la misma actitud fatigada y aburrida de ayer, fríos e impasibles. Si hubiesen sido naturales, seguramente se habrían burlado de uno, pero estos eslavos no.

Por la tarde dimos un paseo por Garrucha. Estaban de fiestas las cofradías y habían levantado unas carpas donde la gente comía alegre, bebía más contenta aún, y bailaba desatada,  todo en honor de la Virgen del lugar.

Nosotros cenamos en una bar antiguo, con las ventanas pintadas de azul marinero, en una terraza sobre la playa. Desde allí se podían ver también dos grandes cargueros amarrados en el puerto, y el paseo marítimo. El mar, cuando nos sentamos, era color de nácar, casi exactamente como el cielo, y por eso se confundían en la línea del horizonte. A los postres, y sin que apenas nos hubiésemos dado cuenta, la noche lo había borrado todo... Donde antes estaba el mar, parpadeaban ahora un par de boyas; en el puerto los cargueros parecían una verbena de bombillas de colores y, en una esquina del paseo, fosforecía la gamba de neón de un puesto ambulante de pescado frito...

Al día siguiente volvimos a Garrucha para comer. El mar estaba de un azul oscuro y el cielo de un azul celeste, emborronado apenas por unas nubes ligeras y leves. Volvimos a comer frente al mar. Salía entonces uno de los cargueros de la noche anterior... Mientras comíamos una pizza, vimos cómo se iba haciendo cada vez más pequeño, achicándose camino de la línea del horizonte. Cuando al fin la alcanzó, viró hacia la derecha, camino de algún puerto de África, supusimos...

Por la tarde fuimos A. y yo a la playa... Es una playa enorme, de aspecto ligeramente abandonado, de arenas grises, entre dos cabos que se pierden en la lejanía. Hacia el sur se ven las grúas del puerto de Garrucha, y hacia el interior, la mancha blanca de Mojácar, como un nevero en el monte pardo. Sobre este, pasaban unas nubes oscuras como un mal pensamiento...

Se estaba bien allí. Soplaba una brisa que despeinaba las olas. Había bastante resaca. No se bañaba nadie. Sin embargo, al rato, pasó una hombre nadando, muy cerca de la orilla y paralelo a esta, enfundado en un traje de neopreno. Nadaba maquinalmente, como si estuviese entrenándose para pasar el estrecho o una proeza parecida. Muy cerca de nosotros, una mujer hacía yoga frente al mar. Hacía unos movimientos oferentes y lentos, como si le estuviese ofreciendo un sacrificio al océano. Este, por su parte, rezaba ronco en cada ola que se desmayaba sobre la arena. En el horizonte, una vela blanca se desplazaba muy lentamente.

Nos tumbamos en la toalla. El cielo azul estaba ligeramente emborronado por la huella de unas nubes leves, como el rastro que deja un viejo  borrador en una pizarra también vieja...






lunes, 5 de mayo de 2014

En las playas de Vera

Para llegar a esas arenas desde aquí se viaja en línea más o menos recta por Murcia. Sin embargo, nosotros hicimos una elipsis para dejar a F. en su casa y bajamos hacia Úbeda, y desde allí, atravesando la sierra de Mágina, por el desierto cinematográfico de Tabernas, llegamos al fin al mar, al mar, al mar...

Al acercarnos a Guadix, durante un rato largo tuvimos frente a nosotros, cada vez más próxima, la estampa magnífica de la sierra de Baza, cuajada de una nieve limpísima que relumbraba al sol como los cabellos de la dama aquella gongorina a la que este debió de ponerle muy mal cuerpo...

El hotel que teníamos reservado resultó estar al lado, como quien dice puerta con puerta, con otro, hoy en melancólico estado de abandono, en el que nos alojamos hace ya algunos años y que, al poco, salió retratado en los telediarios. Al parecer era la tapadera que utilizaba una mafia rusa para blanquear el dinero del tráfico de drogas, de la prostitución y de otros muchos negocios de semejante naturaleza... De todas formas, en esta parte de la costa de Almería un edificio así, feo, enorme, descascarillado y vacío, no llama mucho la atención, pues casi todos los edificios ofrecen la misma sensación de letargo y soledad, y parecen todos abandonados... Tiene, esta costa, el aire triste de un lugar devastado... Y sin embargo, nos parece un lugar hermoso, como uno de esos poemas largos y prosaicos que paradójicamente están llenos de lirismo.

Yo creo que ahora los rusos se han mudado y blanquean su fortuna en este en el que dormimos. No solo está al lado del anterior, sino que es muy parecido y en las terrazas solo se veían, acodados y aburridos, unos tipos de indudable origen eslavo. Sin camiseta, como lagartos al sol, vigilando el negocio.

Ya lo dejó dicho el Príncipe de Lampedusa: " A veces es necesario que algo cambie para que todo siga igual".