miércoles, 11 de mayo de 2016

Venecia 2015 II

En la entrada anterior decía que no escribí nada aquellos días. Bueno, eso no es exactamente así. Una tarde entré en una papelería del barrio donde nos alojamos y compré un pequeña libreta. Una libreta muy vulgar, como la que podría haber comprado en cualquier parte. Y anoté en ella dos o tres cosas. Estas:


Venecia vacía a las ocho de la mañana. Un veneciano barre la puerta de su negocio, una pequeña galería de arte y papelería al mismo tiempo. Es una clase de comercio esta que se repite una docena de veces en cada calle. Uno se quedaría a vivir en esta ciudad y a esta hora, toda la vida. 
 



Las puertas de los palacios venecianos. Cerradas y mohosas. ¡Cuántos fantasmas deben de esconderse tras ellas! ¡Cuántas novelas de Henry James!



Los venecianos son fáciles de reconocer. Son elegantes, se saludan con cortesía y caminan como si los turistas no existiésemos. Además, como decía Byron, no hablan italiano sino un "latín bastardo y dulce".




No hemos visto en ningún lugar unas palomas tan lucidas como las que viven en esta ciudad. De ellas dice Gaya que, como las góndolas, no se tropiezan nunca. Y de las que viven en la Piazza, que lo que hacen allí "es dibujar la plaza, darle su amplitud, su espacio, y ponerle techo, y cielo, o sea, hacer patente su tamaño, su ámbito; no rellenar, sino subrayar un vacío".


Por el Puente de la Accademia se llega a San Stefano, donde el "cagalibros" -así le llaman los venecianos a la figura de Nicolò Tomasso, literato y patriota, representado con el culo apoyado en un montón de libros-, y de allí, por callejuelas y puentes, a cualquier otro lugar de esta ciudad de agua. Y en todas partes el milagro de una belleza que a veces no se puede ni creer.




Venecia ha sufrido, a lo largo de su larga historia, tres invasiones: Napoleón, los austriacos y la coalición internacional de los turistas. Y no se pude decir aún cuál habrá sido la más dañina.


Nos gusta quedarnos mirando a los recogedores de la basura, en sus barcazas enormes, o a los gondoleros que reparan o engalanan su embarcación en un canal apartado, o a los bomberos, que salen de su parque sobre la aguas -un palacio junto al Gran Canal- a dar una vuelta en sus botes rojos... La vida corriente en una ciudad extraordinaria.



Del Palacio Barbaro, donde está el conservatorio de músia, salen unas notas que se confunden con la música del agua del Gran Canal...




Decía Ramón Gaya que las campanas sonaban en Venecia de un modo especial, sobre todo por las tardes, con el frío...  Las que nosotros oímos a esas horas, también con algo de fresco, nos parecen burbujas que saliesen flotando, no de los campanarios, sino del agua verdosa de los canales. Y se quedan largo rato en mitad del aire.




En Venecia, a pesar de la invasión turística, se puede estar solo en muchas partes: en muchas calles, en algunas plazas, en ciertas fondamentas, en mitad de algunos puentes. En la Piazza y Rialto, no. Esos dos lugares son, a todas horas, como plaza mayor en día de fiesta. De todos modos, no es desaconsejable pasar por allí, para salir corriendo inmediatamente y disfrutar de todo lo demás, que es inagotable.





Muy cerca de Rialto -"Para los europeos de la Edad Media, Rialto era una entidad formidable, como el Banco Mundial o Wall Street hoy día (...). En los muros de la galería de Rialto, un enorme mapa pintado ilustraba las grandes rutas del comercio veneciano (...). Los mercaderes se reunían ante el mapa a observar los avances de su fortuna como oficiales del ejército planeando estrategias en una sala de operaciones"-, en un rincón, está San Giacomo y su reloj enorme y parado. Y frente a ella, un jorobado de piedra que lleva allí, sujetando unos pequeños escalones, desde hace siglos. A pesar de estar tan cerca del río humano que desemboca en ese puente desde todas las esquinas del mundo, allí no hay tanta gente, y en los bares se ven vecinos del barrio tomando spritz, ajenos a todos nosotros. Las calles que nacen de ese rincón son pueblerinas, comerciales, llenas de vida. Como la calle mayor de un pueblo manchego. Caminando, caminando, sin rumbo ni fin, plazas, calles estrechas, puentes oscuros, palacios ennegrecidos y gloriosos...







Lo mejor, en Venecia, es pasear sin rumbo, a la buena de dios y con la guía olvidada en el bolsillo. Fue así como encontramos el Arco del Paraíso y como nos tropezamos con una librería como no hemos visto nunca otra. Se llama "Acqua Alta" y es un local profundo, lleno de cuartos atestados de libros colocados, unos encima de otros, sin  orden ni concierto, a la diabla. El local termina, al fondo, en un pequeño patizuelo y en unas estrechísimas terrazas que se asoman a uno de esos canales silenciosos y solitarios, de aguas verdes, por donde solo de tarde en tarde pasa una góndola con unos japoneses dentro. A la entrada, como monarcas antiguos, te reciben un gato y su dueño, enormes y somnolientos los dos.





Luego, también sin planear, "flaneando", el campo dei Frari (dentro, junto a los restos de los dux, los grandes militares y otras personalidades de la Serenísima, Tiziano -sus pinturas y su tumba-, Donatello, Bellini...), San Rocco (dentro, los restos del santo y unas pinturas de Tintoretto que algunos comparan con la Capilla Sixtina), San Pantalon, el campiello  de Ca´Angar -donde una de las esculturas más fascinantes del ciudad: el medallón de un emperador bizantino-, la calle Larga Foccari, donde la Universidad, llena de librerías, y Ca Rezzonio, el palacio donde murió el poeta Browning... Así, como este, en Venecia se pueden dar cientos de paseos, todos con sus grandes iglesias, sus grandes pintores, sus poetas y sus "pietre", esas esculturas anónimas y desatendidas incrustadas en muros y paredes.







Por la calle d´Avogaria desembocamos en otra Vencia -una más, hay cientos-. De vecinos atareados, de estudiantes con prisa, de gentes calladas, de monjas sigilosas y negocios de barrio. Casas bajas, canales estrechos y silenciosos, sin góndolas ni lanchas, cruzados por pequeños puentes de ladrillo. Así llegamos a San Sebastiano y, torciendo a la izquierda, a la Fondamenta San Basilio y luego a la Fondamenta Zattere, frente al edificio soberbio y extravagante, en la Giudecca, del Molino Stucky.
  




Camino de casa -qué hermoso fantasear con tener una casa en Venecia-, pasamos por la Fondamenta Nani, que es el lugar donde se reparan las góndolas averiadas. Allí se arreglan los ferros torcidos -otro misterio veneciano: nadie sabe qué representan, ni para qué sirven, ni cuál es su origen-, las fórcolas caídas, los desconchones y descalabraduras. Al pasar por el Campo de San Agnese, vemos luz en casa del cónsul suizo. Enfrente, como si se tratase de una humilde feria de pueblo, comienzan a encenderse las luces de Giudecca. Cónsul suizo en Venecia, ¡quién lo fuese! Anochece y mañana nos vamos.

lunes, 9 de mayo de 2016

Venecia 2015

El año pasado regateamos las procesiones y a los ominosos penitentes yéndonos a Venecia. Estos días nos hemos acordado mucho de ese viaje. En realidad lo recordamos muy a menudo. Fueron unos pocos días pero resultaron inolvidables. No escribí nada porque, qué va a decir uno que no haya dicho ya alguien, y mucho mejor, antes. Lo que sí hicimos fue sacar algunas fotos. Así que hemos pensado hacer con ellas un pequeño álbum aquí, con citas de unos y otros sobre esa ciudad fantástica.


Venecia es líquida, transparente, di vetro... (Ramón Gaya)



Venecia es un laberinto de callejuelas, patios recónditos, puentes, arcos, pasos tortuosos, callejones sin salida, muelles, oscuras callejas voladizas y repentinas plazas inundadas de sol (...). Las callejuelas de Venecia, de las que dicen que hay más de tres mil... (Jean Morris)
(Esta fue la nuestra, esos días)


Venecia es toda ella tornasol. Lo veneciano va y viene, oscila, es un juego de estar y no estar, aunque... siendo siempre (...); el aparecer y desaparecer de las nubes(...); el reflejo del agua, el mar... (Ramón Gaya)



Arco del Paraíso. El lugar de más hermoso nombre: una estrecha calle, un arco gótico, los escalones de un pequeño puente. A la izquierda, donde ahora se encuentra el restaurante Ai Barbacani, estuvo una vez la Osteria al Paradiso... (J. L. García Martín)



... el espíritu abollado de Venecia, con sus majestuosos monumentos y su alma meditabunda... (Jean Morris)



Pablo in the brigde
 La melancolía es un elemento preponderante en el ambiente veneciano (Jean Morris)





En este lugar puede derramarse una lágrima en distintas ocasiones (Joseph Brodsky)




La herrumbre es suntuosa en Venecia, la pátina se parece a un baño de oro (Predrag Matvejevic)



Es una ciudad sentidamente melancólica y sus habitantes siempre menean la cabeza imbuidos de piedad por cualquier nueva prueba patética de las tristezas del mundo (Jean Morris)



En el campanario (el Campanille de San Marcos), Galileo demostró al dux su último invento, el telescopio, y desde la plataforma que hay debajo, Goethe vio el mar por primera vez. Desde el siglo XVII, el dorado ángel giratorio de la cúspide fue el señor de las veletas en Venecia (Jean Morris)



Los venecianos todavía cuentan, señalando las lámparas que arden ante la Madonna de la fachada de la Basílica que da a la Piazzeta, la historia del niño panadero que fue ejecutado injustamente por un asesinato, y dicen (porque así lo han creído durante siglos) que las luces tiemblan de remordimiento día y noche en memoria del inocente (Jean Morris)



En esta ciudad, los leones son ubicuos (Joseph Brodsky)




Solo quedan la lectura y los paseos silenciosos, lo cual es casi la misma cosa, ya que por la noche estas estrechas callejuelas empedradas parecen pasadizos entre las estanterías de alguna inmensa, olvidada biblioteca, e igualmente silenciosa. Todos los "libros" están firmemente cerrados, y solo puedes adivinar su contenido por los nombres de sus lomos, bajo el timbre de la puerta (Joseph Brodsky)


Creo que fue Hazlitt quien dijo que la única cosa que podría competir con esta ciudad de agua sería una ciudad construida en el cielo (Joseph Brodsky)




domingo, 1 de mayo de 2016

Con Cervantes, en Munera

El miércoles pasado fuimos a hablar de Cervantes a Munera. Nos había invitado N., la bibliotecaria, que fue alumna nuestra en los lejanos años de Alcaraz. Celebraban no solo el centenario cervantino, sino también los cincuenta años de esa biblioteca.

De manera que nada más comer y recoger la mesa me subí al coche y me dirigí allí. Iba solo porque A. me esperaba con L. en el pueblo, para hacer número. Fue un viaje bonito. Al poco de dejar atrás la ciudad, se puso el paisaje cervantino: grandes llanuras y unas vagas montañas a lo lejos, por el levante. Como había llovido algo los últimos días, se veía todo muy verde. Pero lo mejor eran las nubes. Blancas y caprichosas, surcaban el cielo lentas y ensimismadas, un poco como nosotros, que no pasábamos de noventa. Como si también ellas fuesen a dar una charla en algún lugar, y marchasen repasando, como nosotros hacíamos, lo que iban a decir. 

Luego, pasado Barrax, la carretera comenzó a bajar y a subir lomas y alcores. El paisaje, que diría Azorín como si lo estuviese viendo al mismo tiempo que lo escribía, ha cambiado. Se ven ahora encinas, viñedos, cuestas y recuestas y alguna alquería arruinada. Cualquiera de ellas podría haber sido una de las ventas que conocieron Cervantes y sus personajes. Y más cerros, collados, oteros... Si hubiésemos visto de pronto salir a Don Quijote y a Sancho de detrás de uno de esos altozanos no nos habría extrañado en absoluto. De hecho, al entrar en el pueblo hay unas figuras de hierro que los recuerdan.

Cuando llegué ya me estaban esperando A. y L. y N. tenía preparada una de las salas de la biblioteca. Esperamos un rato, fuimos hasta el instituto a por un ordenador para poner algunas imágenes y el vídeo de Ron La Lá. Munera es un pueblo subido a uno de esos mogotes. Seguramente algún día fue un lugar cervantino. A esas horas de la sobremesa no se veía a nadie por las calles. Conserva algunas casas antiguas, muy pocas, algunos muros y portones por los que bien podrían salir todavía aquella ama, y la sobrina, un cura, un barbero, porque quienes no han cambiado son las gentes. Las gentes seguimos siendo todas criaturas cervantinas.

Al final, a la hora de la charla había una docena de mujeres sentadas en las sillas que N. había preparado. Esperamos cinco minutos por si llegaba alguien más, pero no. Así que empecé.

Les dije que de Cervantes tenemos noticias desde el principio, sin falta de leer ni una sola de las páginas que escribió. Les recordé que desde muy pronto todo el mundo sabe que Cervantes es el autor de un libro, el Quijote, que cuenta la historia de un hombre que se vuelve loco de tanto leer y comienza a confundir la realidad con sus fantasías. Que en cada casa, por pocos libros que haya, es raro que no se encuentre un Quijote, y que el que había en la nuestra era un tomo enorme que estaba colocado en el armario como un santo en una hornacina. Que en cada pueblo suele haber un loco, y que el de mi pueblo también había perdido la cabeza de tanto leer, y les puse una foto y les expliqué un poco quién fue aquel Pergentino Fernández que un día mudó su nombre por el de Johnny Pistolas... Les dije que el Quijote era el libro más melancólico y alegre del mundo, el libro que mejor cuenta la verdadera aventura humana, esa lucha entre lo que somos y lo que nos gustaría ser, entre la realidad y nuestros sueños, entre la tierra que pisamos y las nubes que vemos pasar allá arriba... Y que al hablar de ese asunto capital, habla de todo lo demás: de la libertad, de la justica, de la compasión, de los soberbios y los humildes, de los poderosos y los débiles, de los locos y los cuerdos, todos entreverados en una misma vida... Y que lo hace con un humor maravilloso.

Y ya pasé a contarles lo que sabemos de su vida, que a mí, les expliqué, me parece mucho, a pesar de que todos los biógrafos declaran justo lo contrario. Todos los que se han acercado a su vida se quejan de los largos periodos en los que su rastro desaparece o de aquellos lances que sí se conocen pero que resultan enigmáticos y misteriosos. Sin embargo, les dije, si nos atenemos a las circunstancias creo yo que se sabe bastante. Les recordé que las circunstancias fueron que Cervantes, en su época, importó poco. Que pocos lo tuvieron en cuenta, que escribió un libro y desapareció del mundo literario más de veinte años para aparecer, ya viejo, con unos nuevos libros que les parecieron a los entendidos raros y peregrinos, poca cosa. Y que es esa insignificancia la que explica que no conservemos ni un retrato ante el que posase como modelo, ni uno solo de sus manuscritos, ni las casas en las que vivió y, pese a algunos esfuerzos políticos, tampoco estemos seguros de dónde reposan sus huesos. De Cervantes conservamos pagarés, denuncias, instancias, obligaciones, poderes..., casi solamente eso. Y así sabemos que fue pobre y que tuvo que ganarse la vida muy esforzadamente; que a sus hermanas las llamaban, despectivos, las Cervantas; que su matrimonio fue un misterio; que, de haber existido entonces periódicos y telediarios, habría aparecido Miguel en ellos, no como artista sino como imputado, como acusado de corrupción por quedarse con dinero público; que conoció la guerra y la cárcel y el cautiverio y que murió escribiendo... Y unas cuantas cosas más que me llevaron algo más de una hora. Pero antes de ponerles el vídeo de los Ron La Lá, terminé explicando que, como decía Azaña -en una charla de esta naturaleza hay que citar, para que se vea que viene uno leído- lo más importante que hay que saber de Cervantes está en sus libros y sobre todo en el Quijote. Y que uno ha pensado siempre que, habiendo tenido una vida como la suya, ciertemente desgraciada y llena de disgustos y quebrantos, el que fuese capaz de escribir, ya viejo, un libro como ese, tan lleno de alegría y buen humor, de compasión y tolerancia con las locuras de los hombres, resulta un verdadero milagro. Pudo haber sido un hombre bilioso y amargado y fue, sin embargo, todo lo contrario. Ese es el milagro de Cervantes y de su Quijote.

Una hora hablando es mucho tiempo, y aunque todas me habían parecido atentas e interesadas -excepto una señora mayor que se durmió nada más empezar-, tenía el temor de haber aburrido hasta las estanterías. Como éramos tan pocos, se lo pregunté. Me aseguraron que de ningún modo.

Nos despedimos y nos subimos de nuevo al coche, acompañado ya por A. y L., de vuelta a casa. Volvimos hablando de esto y lo otro, y yo muy contento. Que nos ofrezcan la oportunidad de hablar una hora sin interrupción y que además nos escuchen con atención y sin llevarnos la contraria, eso, hoy en día, es rarísimo; que además nos lo dejen hacer sobre asuntos que nos importan tanto y que nos son tan queridas, más extraño aún; y que lo hagas en un lugar como ese, en una biblioteca de pueblo primorosamente cuidada, al lado de donde dicen fueron las bodas de Camacho y a dos pasos de las Lagunas de Ruidera y de la maravillosa Cueva de Montesinos, eso ya es impagable. 


www.wikipedia.org

sábado, 23 de abril de 2016

El día del Libro, Cervantes y la cofradía ronlalera

Los días como este acostumbramos a pasarnos por las librerías y comprarnos un libro en cada una. Por celebrar al bueno de don Miguel y por ese vicio nuestro de acumular libros y, algunos, leerlos.

Pero no este año. Este año nos hemos quedado en casa, trabajando en una charla que vamos a dar el miércoles en Munera, donde dicen que debieron ser las bodas de Camacho. Una charla sobre Cervantes y sus obras. Nos lo pidió la bibliotecaria, que fue alumna nuestra en Alcaraz, hace ya muchos años. Por ser ella y por la buena amistad que tenemos con ese autor desde que leímos su Quijote por primera vez, no pude decir que no y vamos a salir de casa.

Naturalmente, voy a empezar hablando de Johnny, y hasta tengo pensado llevarles algunas fotos suyas a los que vayan a escucharnos, seguramente alrededor de media docena de personas, incluyendo al conferenciante y a su familia. Al parecer esa es la media de asistencia a esta clase de actos en ese lugar de La Mancha. A mí me hace ilusión ir hasta allí a contarles las tres o cuatro cosas que sé de la vida de Cervantes a los tres o cuatro que vayan, y las cosas que hemos sacado en claro de la lectura de sus libros. De la lectura de Cervantes sale uno siempre mejorado: más sereno y sosegado, más tolerante y compasivo, más alegre, más ligero, de mejor humor...

 www.elblogdeacebedo.blogspot.com

Aunque lo que debería hacer mejor sería callarme la boca y llevarles unas entradas para la Cervantina de los Ron Lalá. O ponerles un vídeo -que no tengo- de su actuación. Los vimos el jueves pasado, en el Teatro Circo. Llevábamos mucho tiempo rondándolos, pero nunca habíamos coincidido. Todo el mundo nos hablaba de ellos con grandes, enormes elogios. No exageraban lo más mínimo. Hasta pienso que se quedaban cortos.  Fuimos A. , P. y yo, y salimos del teatro mejoradísimos: más serenos y sosegados, más tolerantes y compasivos, alegres y ligeros, del mejor de los humores. Solo habíamos salido así de un teatro hace ya más de treinta años, después de ver a Les Luthiers. Del mismo modo que Cervantes se acogió a una orden religiosa en su vejez -primero en la Congregación del Santísimo Sacramento y años más tarde en la Orden Tercera de San Francisco, junto a su mujer-, queremos hacerlo nosotros ahora a la cofradía de los Ron Lalá, cofradía la más alegre, humana y cervantina de las que deben correr por este mundo.


(Antes de actuar en Albacete, esa misma mañana del jueves, estuvieron en el Congreso. Dejaron allí, en ese solemne lugar, una pequeña muestra de la obra, dos escenas. Los sacaron unos segundos en los telediarios. Sin embargo, hemos encontrado en youtbe las dos escenas completas. Las dejamos, para que se vea que ni mentimos ni exageramos un ápice, aquí abajo)

      
        

domingo, 17 de abril de 2016

La Feria de abril

En Albacete, en abril, la feria es de libros viejos. (Si el título de la entrada ha llamado a engaño a alguien, pido disculpas).

Conocemos esta feria desde hace ya más de veinte años. No sé si a la de Sevilla (no la conozco) le ocurrirá lo mismo, pero esta es prácticamente inmutable. Salvo por las casetas, que son nuevas, todo es igual que entonces. Somos cada año los mismos libreros, los mismos libros y los mismos clientes. Lo que sí ha cambiado es el entusiasmo con que la recibimos, la regularidad con la que la visitamos y el número de libros que compramos. 

Antes la esperábamos con grandes ilusiones y la recibíamos con enorme alegría. Ahora, sin embargo, nos la encontramos por casualidad, un día que acertamos a pasar por el paseo, y apenas esbozamos una sonrisa, contentos pero escépticos. Por ejemplo, este año nos enteramos de que ya estaban las casetas montadas una semana después de que las autoridades la inaugurasen. 

Antes era raro el día que no buscábamos un ratillo para pasar por ella. Y los que estábamos más ociosos, por ejemplo los fines de semana, nos dejábamos caer por allí por la mañana y por la tarde. Este año, de los quince días que dura, hemos pasado tres, dos mañanas y una tarde.

Antes volvíamos a casa cargados con bolsas llenas de libros que deseábamos leer, o que suponíamos que debíamos leer, o que seguramente algún día nos apetecería leer. A veces hasta pensábamos que estábamos haciendo una obra benéfica, sacando a esos viejos libros del arroyo, remediándolos de una vida desgraciada, huérfana y vagabunda. De todos esos libros, unos los hemos leído y otros, la mayoría, no. Este año he comprado dos: una novela de William Trevor (Noches en el Alexandra), un escritor irlandés que nos gusta mucho, y un curioso libro de Perucho (Teoría de Cataluña), que también es una vieja amistad.

El resto de los libros que vemos todos los años apenas llaman nuestra atención. Los que lo hacen ya los tenemos (seguramente tenemos demasiados), y los demás, si no los vamos a leer, nos decimos, para qué comprarlos. "Libro que no has de leer, déjalo correr", dijo alguien un día.

Lo que sí nos sigue llamando la atención es cómo, con solo pasear esta feria, se puede vislumbrar la variedad del mundo y cómo son los libros la redoma prodigiosa donde se guarda esta: filosofía, peleas de gallos, matemáticas, guerras mundiales, medicina, ocultismo, grandes actrices, poetas, armas, razas caninas, fábulas, arquitectura, plantas medicinales, grandes estadistas, pintores, locos, anarquistas, y hasta Mario Conde, del que se ofrecían varios volúmenes, propios y ajenos, a favor y en contra...

El último día que me acerqué, este sábado por la mañana, me encontré con J., el antiguo jardinero de mi instituto. Siempre me lo encuentro en la feria. Es coleccionista de tebeos antiguos y lleva en el bolsillo una lista con  los números que le faltan para completar sus colecciones. Siempre me lo encuentro en la feria y simpre me cuenta las mismas cosas. Me pregunta por los compañeros y luego, sin falta de que yo le pregunte, me da noticia de su madre, que ya ha cumplido noventa años, pero que está muy fuerte, que come muy bien y duerme estupendamente desde que le encontraron la postura, de medio lado, con unos almohadones recogiéndole los riñones, pero que, claro, están muy atados su hermana y él, que por ser los solteros, son los que tienen que ocuparse... Lo dicho, el mundo...


lunes, 11 de abril de 2016

Recuerdos


"Cuando estalló la guerra nosotros todavía estábamos celebrando la virgen de agosto...", le cuenta mi padre a P. "De pronto, comenzaron a pasar por el pueblo convoyes de cañones camino de Santander. Los soldados republicanos que los conducían, con las borlas de sus gorras dando saltos sobre las cabezas, parecían también ir de romería". Y como P. le presta atención, continúa contándole cosas de la guerra: el único bombardero que sufrió Pimiango, por ejemplo, y cómo se fueron a proteger a la cueva del Pindal, que tiene valiosas pinturas rupestres y que entonces era el lugar de juegos de los chiquilllos del pueblo y hoy, mira tú cómo mudan los tiempos, te cobran entrada y ni fotos les puedes sacar a esos dibujos; o cómo los nacionales llegaron tan pronto a Llanes que su misma aviación les bombardeó, pues no se podían imaginar de ningún modo que ya estuviesen dentro del pueblo...

"Voy a empezar a leer otra vez el Quijote", nos cuenta mi tía M. "Va a ser la tercera vez", nos explica. "Lo hago porque todavía sigo recordando las grandes risotadas que daba mi padre cuando lo tenía  abierto entre las manos". Y nos cuenta que lo leía a todas horas, y que les leía en voz alta muchos pasajes del libro, a ellos y a su madre, aunque esta estuviese ocupada en las faenas de la casa y no pudiese hacerle mucho caso, y que a cada paso estallaba en grandes carcajadas. Pues por todo eso va a volver a leer el Quijote mi tía M.

"El 11 de este mes habríamos hecho cincuenta y ocho años de casados J. y yo.", recuerda mi suegra cuando le decimos que A. y yo cumplimos este mes diecinueve... Mi suegro murió muy joven, yo no llegué  a conocerlo, y F., su mujer, ya cuenta más años de viuda que de casada.

Son las vidas que se van haciendo y deshaciendo; el tiempo que va pasando, como las nubes este día de viento; el fin de semana que ya se acaba; las horas, una tras otra, dejando un rastro como de huellas en la playa. La mayoría desaparecerán muy pronto. Horas, días, tiempo... Y nuestras vidas que van envueltas en ellos, como dentro de una ola que las dejará en otra orilla, vete a saber cuál. Dejan tras sí, todas, la estela del recuerdo. Que también acabará, un día, por desaparecer.

lunes, 4 de abril de 2016

Obsesión penitente

Este año viajamos a Asturias con la ilusión de no ver ni una sola procesión. A mí, las Semanas Santas de la infancia me dejaron un sabor tan amargo -aquellas días tristísimos y aburridos, como si el mundo se hubiese realmente muerto; aquellas películas religiosas, inacabables, tan tristes y aburridas y grises como los días...- que ahora, en la medida de lo posible, prefiero ignorarlas. A pesar de esos recuerdos infantiles, mi tierra no es un mal lugar para hacerlo. Apenas hay procesiones. Puedes tropezarte con algunas en los pueblos de la costa, pero son austeras, breves, con pequeñas imágenes muy modestas. Sin penitentes. En la capital, en cambio, desde que volvió al gobierno municipal el PP, se sacan algunas de inspiración sevillana, con nazarenos. Las gentes no les hacen mucho caso pero les da igual, y ahora que gobiernan otros, esas nuevas cofradías continúan saliendo y reclamando que se les mantengan las subvenciones. Afortunadamente no son muchas, y si actúas con cuidado, lo normal es que no te las encuentres. En mi pueblo no sale ni una. No hay tradición. Se celebran los oficios correspondientes dentro de las iglesias y todos tan contentos. El que quiere entra y el que no se queda fuera.


Durante el viaje de ida asistimos a un espectáculo prodigioso, el de unas nubes innumerables y bellísimas. Daban ganas de hacerles un catálogo, como el que les hace Homero a las naves de los aqueos en la Odisea. Pero como no somos Homero, las dejamos marchar, individuales e incontables, variadísimas como el género humano, todas en una misma errancia y en idéntica dirección. Como una armada blanca y prodigiosa. Era un espectáculo feliz. Nada procesional ni solemne, sino poético y hermoso.

A la altura de Aranjuez, cuando ya las nubes se habían fundido en una misma masa gris, plomiza y amenazadora, mientras conducía por la autovía vacía -ía,ía,ía- me dio por pensar en esos penitentes que seguramente nos libraríamos de ver este año. No he leído con detalle la nueva ley de seguridad ciudadana, pergeñada por el inefable ministro del interior, ese que coloca a un jardinero al frente de la Guardia Civil y condecora con frecuencia a las vírgenes que estos días sacarán en procesión. No la he leído en su totalidad pero sé que son muchas las prohibiciones y penas que se imponen en ella a aquellos que se manifiesten en las calles. De manera que di en pensar que tal vez, al calor de esta nueva ley, pudiera ser ahora ilegal salir encapuchado por ahí, como hacen los penitentes, que a mí me han parecido siempre tan siniestros. "Tengo que preguntarle a mi hermano", pensé. "¿Será posible denunciar a los nazarenos por andar velando su rostro por las calles?". A lo mejor.

Hoy, mientras estaba escribiendo esto, me acerca A. este artículo. ¡Qué sabia es la Lindo! 


Como en estos viajes cruzamos media España, nos ponemos un poco noventayochistas y damos en reflexionar sobre el país, sobre todo cuando va conduciendo A. y P., detrás, no dice esta boca es mía, escuchando como va, en su mp3, a La Raíz, en monocultivo musical. En las mesetas el paisaje es muy pobre. Con muy pocos árboles. Antes de Madrid se pueden ver algunos olivos, algunas encinas, algunos pinos. Poca cosa. También hay viñas que forman una extraña caligrafía sobre el papel viejo de la tierra. Luego aparecen los arrabales madrileños, tristísimos. Seseña y los grandes bloques de pisos vacíos. Cortar árboles y levantar feos edificios en mitad de la nada, ese es nuestro carácter. Luego, en la otra meseta, hay incluso menos árboles. Todo parece ser horizonte. Un horizonte que nunca acabamos de alcanzar. Y a lo peor es por eso, pensamos mientras estamos a punto de quedarnos dormidos, la sien contra el cristal de la ventanilla, es por esta sequedad tan grande, por estos horizontes tan apabullantes, por lo que les da a muchos por salir con un pirulí en la cabeza. ¿Quién sabe? Y entonces me duermo. Hasta que aparecen las grandes montañas, con su rebequilla de nieve sobre los hombros, y A. me da un codazo, porque sabe que es ese un momento que no me gusta perderme.


El primer día nos fuimos a ver un espectáculo de cabaret en El Fontán, con C. y H. Actuaba, para celebrar la inauguración de un puesto de legumbres finas y exquisitas, Rodrigo Cuevas, que es un artista inefable, nuestro Fredy Mercuri particular (adjuntamos vídeo). Llovía bastante y rascaba el frío, pero nos convidaron a vino y se estaba bien allí, dentro del mercado, rodeados de gentes de todas clases, que jaleaban las canciones del artista. Después, ya en casa, leímos en el periódico que aquella lluvia había impedido sacar la procesión de los Estudiantes, y se veían fotos de penitentes apesadumbrados y llorosos.


La tarde siguiente quedamos a merendar con mi prima A. La recogimos en su casa, en el barrio de La Tenderina, y al acercarnos al centro, mientras nosotros aparcábamos, se bajó con P. y le llevó a una librería libertaria y le regaló el Manifiesto comunista... Luego, después de la merienda en el Paraíso, de vuelta en busca del coche, nos pilló la procesión de los Estudiantes. Como no había podido salir el día antes, le buscaron un hueco esa tarde. Como salen muy pocas procesiones, en Oviedo hay sitio de sobra para estas cosas. Nos la tropezamos en la calle Jovellanos, pasando frente a las Pelayas. Por culpa de la dichosa procesión tuvimos que dar una vuelta enorme para salir del centro con el coche. Me llevaban todos los demonios.


Al día siguiente, Jueves Santo, estuvimos en Gijón. Como si fuese un día cualquiera. Dimos un paseo con mi prima M.J., por el Muro, a orilla del mar. Merendamos con ella en un lugar donde sirven unas tartas inefables, como tronos de procesión sevillana, pero dulcísimos, con chocolate por todas partes. Volvimos a pasear por el mismo lugar, de vuelta. Y por la noche quedamos a cenar con  A. y N., en una sidrería igualmente gloriosa. Fue un día absolutamente laico y maravilloso. No nos importaría que todos se le pareciesen.