miércoles, 10 de abril de 2013

Crónica riojana (Por el Camino de Santiago)

Guiados por J.A. y N. primero pasamos el Ebro por el puente de hierro y luego, para llegar al hotel, lo volvimos a cruzar por el de piedra, que es por donde entran los peregrinos a la ciudad.

Después fuimos a su casa, que es preciosa. De 1902, de techos muy altos, de puertas enormes, de cristales de colores en las ventanas... En la calle, al lado del portal, una placa recuerda que en esa casa vivió Escribá de Balaguer. Entonces todavía no lo habían subido a los altares y vivía en el segundo.





Aunque continuaba lloviendo, dimos un paseo por la calle Portales, donde otra placa recuerda que fue allí donde se rodó buena parte de "Calle Mayor".


Al salir de cenar, en el paragüero donde dejé mi paraguas, ese que me compró mi padre en Mieres pero que parece comprado en el mismísimo Londres, porque con sus finas rayas me lo imagino yo un paraguas de gentleman, ese paraguas, digo, se había multiplicado y no había uno sino dos. Exactamente iguales, igualmente nuevos y sin tacha, igualmente británicos, flemáticos y escépticos. Un misterio. El misterio de los paraguas gemelos, como las torres de la catedral de esta ciudad. Intenté adivinar cuál era el nuestro, pero me fue imposible, tan semejantes eran. Así que como ya estaba todo el mundo esperándome, cogí uno y me fui. Se ve que ha cambiado mi suerte. Antes, todos los paraguas me abandonaban y ahora tengo que ir escogiendo...

Al final, de vuelta al hotel, al pasar bajo unos andamios escuchamos de pronto unos ruidos extraños, palabras que no supimos reconocer y que parecían de queja. Como no paraba de llover, supusimos que serían unos vagabundos que se habrían resguardado allí para pasar la noche y a los que habíamos despertado con nuestra charla. Pero no, que eran unos albañiles chinos que trabajaban a la luz de unos focos a esas horas de la noche... ¡Qué misteriosos los hijos del sol naciente!

                                                              (www.casadellibro.com)

Al día siguiente, sin lluvia ya, nos fuimos hasta Nájera. Pasamos el Najerilla, que bajaba entusiasta y caudaloso, por un estrecho puente, y nos acercamos al monasterio de Santa María la Real, que fundó, a lo que parece, un rey de Navarra llamado García. En el pueblo vimos muchos negocios así bautizados: Zapatería García, Mercería García, Pastelería García, Ferretería García, Farmacia García, Bar García... De manera que nos sentimos como si anduviésemos por nuestra propia casa, pues apellidándonos como nos apellidamos, raro sería que no  nos tocase algo de ese rey fundador y lejano y, si hurgásemos un poco en los siglos, a la fuerza debemos ser algo parientes...




Visitamos luego el palacio abacial, que fue también juzgado, cárcel y botica, una botica prodigiosa que alguien se llevó un día y si alguien desea admirarla hoy debe de viajar no a Nájera sino a un museo de Barcelona. Jovellanos, que habló de muchos sitios, dejó escrito de esa farmacia: "Buena, bella botería de loza y vidrio y al parecer buen surtido de drogas".

Nájera se ve pronto, de modo que nos subimos de nuevo al coche y nos dirigimos, por el camino, hacia Santo Domingo de la Calzada. A ver las gallinas que tienen en la catedral. No solo tienen una gallo y una gallina en ella, en un pequeño gallinero junto al sepulcro del santo, sino que en un edificio cercano guardan, por lo que pueda pasar, gallo y gallina sustitutos. A mí esto me parece magnífico, que una leyenda tenga su reflejo en la realidad, y nos gustaría vivir un tiempo en ese pueblo para que cada mañana, al quebrar el alba, nos despertase el glorioso canto de ese gallo legendario y catedralicio.

(Por cierto, en ese pueblo de aire medieval, con esas leyendas tan hermosas y vivas, ¿a quién se le habrá ocurrido dedicarle una plaza, una plaza bien bonita, al lado de un hermosa iglesia, a los administradores de fincas?,¿a quién? ).



Después de comer nos acercamos a Berceo, donde tomamos un café. Es un pueblo pequeño, más pequeño que los grandes carteles que anuncian, a su entrada, que en ese pueblo nacieron San Millán y Gonzalo, el primer poeta español que quiso dejar memoria de su nombre. Un escritor moderno.



Junto al busto del poeta que tienen a la entrada del ayuntamiento, me acordé de la profesora Uría Macua, que con tanta pasión y conocimiento no explicó los versos de ese hombre y de todo el mester. Era una mujer que a mí me recordaba mucho, físicamente, a Patricia Highsmith. Decía la leyenda universitaria que no leía nada que se hubiese escrito después del siglo XIV. Puede ser.


En San Millán, nos enseñó el monasterio, el de Yuso, una guía con un colmillo que, al abrir la boca para hablar como hablan los guías, muy lentemente y recortando las palabras como si estuviese delante de un grupo de retrasados, brillaba terrible. Solo me fijaba en ese colmillo y ya ni entendía lo que nos estaba contando... De lo único que me enteré fue de que los cuadros en los que se veía a un santo montado a caballo, espada flamígera en mano y descabezando infieles, no era Santiago, como todo el mundo solía suponer, sino San Millán, que igual que Santiago en Clavijo, también se apareció después de muerto a ayudar a algún noble señor en batallas contra moros. Yo me quedé con las ganas de preguntarle cómo los distinguía la iconografía, qué detalle los hacía diferentes, pero el colmillo aquel que le brillaba al abrir la boca me acobardó, impidiéndomelo.



La visita no estuvo mal, y acabó, claro, enseñándonos los cofres en los que guardan los restos del santo Millán y de San Felices, que uno no conocía pero que debe de ser un gran santo, con semejante nombre. Sin embargo, a mí, más que la sacristía, la iglesia, el coro y el oratorio, a quien me habría gustado ver es a los agustinos recoletos -once son, nos dijo la guía del colmillo- que viven en el monasterio, y poder haber charlado un rato con ellos, para que nos contasen de su vida allí, en ese rincón del mundo...



El de Suso, el más antiguo, estaba cerrado y no se podía subir en coche a pesar de que una carretera bien asfaltada lleva hasta él. "Podéis subir", nos explicó el colmillo, "pero si os pilla la guardia civil, la multa es de aúpa", y brilló, deslumbrante, antes de ocultarse dentro de la boca. Así que intentamos subir a pie, por un camino entre pinos. Pero estaba oscureciendo ya, la mitad de los excursionistas se habían ido a un bar y los que seguíamos nos parábamos a cada momento para contemplar el paisaje y echar fotos... De modo que al ver a lo lejos el viejo cenobio, le sacamos un par y nos fuimos, también nosotros, al bar.





Al único bar que estaba abierto, que allí, frente a la entrada a Yuso, no quedaba ni un alma. Habían cerrado ya la entrada al monasterio y los pocos turistas que remoloneaban por allí unos minutos antes habían levantado el vuelo. El "Asador San Millán" lo regenta una china alegre como una peonza, que nos atendió volando, volando nos trajo a la terraza las bebidas, volando se fue, volando nos trajo la cuenta, todo con una sonrisa milagrosa, y volando se fue al fin... Una mujer tocada por la gracia de tan santo lugar, sin duda. Allí nos quedamos todavía un rato nosotros, contemplando las cumbres nevadas de Ezcaray y recitando aquellos versos del mester:

"Mester traigo fermoso, non es de joglaría
mester es sen pecado, ca es de clerezía
fablar curso rimado por la cuaderna vía,
a silabas cuntadas, ca es grant maestría..."

"Qué cabrones estos clérigos",  pensamos, "desde el siglo trece presumiendo..." Estaba ya la tarde muy oscura y fresca. Nos levantamos y nos fuimos.


martes, 9 de abril de 2013

Crónica riojana (Viaje de ida)

Viajar es una gran escuela. Puede ver uno cosas inimaginables que no suelen venir consignadas en las guías (las que vienen en esa clase de libros también, claro, pero nosotros acostumbramos a fijarnos más en estas otras). Para no cruzar Madrid, nos desviamos en Perales de Tajuña hacia Guadalajara, y en Carabaña pudimos contemplar, sobre el arco de acceso a un balneario, una Victoria de Samotracia dispuesta a levantar el vuelo. Quise que A. parase para sacarle unas fotos, pero no quiso darme el gusto.

Luego cruzamos ese río, el Tajuña, una docena de veces, como si bailásemos con él. Las vegas por las que discurre nos parecieron lugar apacible y monótono y los pueblos por los que pasamos -Mondéjar, Loranca, Aranzueque...-, todos vacíos.

Guadalajara es una ciudad fea. Más o menos como la nuestra. Paramos en ella para comer y recoger a J.A. y a N., que llegaban en tren desde las Extremaduras. El barrio de la estación es un lugar destartalado y polvoriento, construido de cualquier manera. Un poco como el bar en el que comimos.

De nuevo en la carretera, camino de Soria ya se puso todo más interesante. Casi sin darnos cuenta llegamos a Medinaceli, y tras cruzar el Duero, a Soria, donde A. vivió un año hace ya unos cuantos. Pasamos el Puerto de Piqueras por un largo túnel y por el valle del Iregua fuimos acercándonos a Logroño. En Villanueva de Cameros, donde paramos a tomar un respiro y un café, ya era todo diferente: el paisaje, la arquitectura, el acento de la camarera que nos atendió y hasta el aire, húmedo y muy fino. Luego, cada kilómetro que restábamos nos poníamos más contentos. Entre unas montañas muy curiosas,  rojas y secas como las de Monument Valley de Ford, quise mostrar mi alegría poniendo el disco de Lorena Álvarez y su Banda Municipal, para ver qué les parecía a J.A. y N., que son jóvenes y modernos. A mí me parece una música modernísima. Protestó P. muy amargamente, pero no cedí ante sus quejas y decidí que serían esas canciones la banda sonora de este viaje.

           

No creo que tuviese nada que ver, pero al acercarnos a Logroño, nos recibió esta bajo unas nubes de tinta negra, una nubes que bien podrían calificarse de ominosas... Al entrar en la ciudad, comenzaron esas nubes turbias a descargar agua como si no fuésemos bien recibidos. Sin embargo, yo no hice caso. Solo cambiamos de disco -por si acaso- y entendimos esa lluvia, al contrario, como un buen augurio.

El valle del Iregua.
(www.todocoleccion.net)

lunes, 8 de abril de 2013

Crónica riojana (Prólogo)

A Logroño,  como va a quedar demostrado aquí, también se puede ir por Úbeda. Todos los caminos llevan a Roma o a donde uno quiera. Así que antes de llegar a Logroño pasamos unos días por Úbeda, como a modo de prólogo de ese viaje a La Rioja que tanta ilusión nos hacía. Y de lo que allí hicimos recordamos, sin orden ni concierto, lo que sigue:

Vemos el paso de La Columna desde la rampa de la Trinidad. Es un lugar muy cinematográfico para ver pasar procesiones, elevado y con una estupenda panorámica de la plaza del General Orduña -que es como la bautizó un día MM en una de sus novelas y ya no sabemos llamarla por su nombre municipal, que es el de General Saro, ¿o era al revés?-. Viendo cruzar una procesión no es difícil sugestionarse y pensar que estamos sesenta, setenta, ochenta años antes. Solo estorban esa fantasía nuestra el semáforo de la esquina que continúa cambiando de color inútilmente y la luz fosforescente de la cruz de una farmacia.

(Marcelo Góngora 2010)

Encuentro con don A., que se disculpa por andar de procesiones, él, que es miembro principal de Úbeda Laica... "Yo esto lo miro como un acto de cultura popular...". Y cita, en su defensa, a Chaves Nogales, del que acabamos hablando animadamente en una esquina de la plaza, ajenos a trompetas, cucuruchos y tambores.

(abc.es)

Paseamos Real abajo. Está lleno de gente muy arreglada y de turistas que acaban de llegar y arrastran sus maletas camino del hotel. Al final de la calle, la sorpresa renovada de la Plaza Vázquez de Molina -Santa María y El Salvador-, que a nosotros nos parece una plaza italiana...

(www.arqhys.com)

A la vuelta, camino del bar del barrio, un sobresalto tras otro al doblar cada esquina y encontrarnos de sopetón con negros penitentes que caminan con prisa a encontrarse con su cofradía, la de la Buena Muerte...

(www.palios.wordpress.com)

A la vuelta de comprar el pan y los periódicos, de pronto y muy cerca, se escuchan en este barrio alto oscuros tambores... ¡Ay, cuánto mejor si sonasen también, a su par, unas gaitas escocesas!

Tradición y modernidad. Mi cuñado lee en voz alta lo que le llega por el facebook: "El Santo Entierro da media vuelta. Llueve. Otro año será"; "La General, ante el aviso de mal tiempo, se suspende"; "La Expiración ha llegado a San Isidoro. Solo le han caído dos gotas".

Sábado de Gloria en la panadería...La gente, mucha, encarga los productos del tiempo con grandes vocales abiertas y exiliadas eses: hornazos, torrijas, ochíos (con o sin ribetes), flores de sartén...

En el taller de Tito. Es una curiosa y acogedora mezcla de tienda, almacén y taller. En torno a un patio con una pequeña fuente cantarina, todo se ve lleno de vasijas, jarrones, platos, ceniceros, alcuzas... Tito hijo trabaja en un torno junto a la ventana, delante de unos catalanes que le sacan fotografías (-Os voy a dar mi facebook y luego me mandáis las fotos -les dice el joven alfarero. -Pero me las mandáis de verdad, que hay mucha gente que me lo promete y luego se olvida...). Entran entonces unos mozos fornidos y coloradotes, con un gran manojo de espárragos verdes, que preguntan por el patriarca. Sale este del fondo de la tienda. Con unas melenas blancas que le reposan suavemente sobre los hombros, parece un flamenco. Lo mismo podría ser, en lugar de un alfarero, un guitarrista o un cantaor... Nos fijamos en sus manos, del color del barro que trabaja, manos grandes y carnales, manos de tierra...

(www.elfotografoviajero.com)

En el Rincón Cofrade. Le compramos incienso a A., un amigo semanasantero que nos lo ha encargado. Lo tienen preparado en unas pequeñas bolsas blancas con la imagen de la Virgen de la Pena y cerradas con un lazo con los colores de la bandera nacional. Los dos muchachos que atienden ese rincón hablan muy despacio y, seguramente por estar a la altura de su comercio, se muestran apesadumbrados y cenicientos. Venden, además de pastillas de incienso, medallas, llaveros, pulseras y muñecos de trapo con los colores de cada cofradía.



En la exposición de S. Nos gusta, como siempre, mucho. Cuadros muy grandes, blancos y negros muy densos, autorretratos, retratos, animales y paisajes... Salvo el de una mujer descuartizada, a los chiquillos también les gusta bastante. Piden que le mandemos al artista pintor algún mensaje. Les cedo el teléfono para que lo hagan ellos mismos: "Soy ana la sobrina de enrique que mean gustado muchísimo". S. responde al instante: "muchas gracias bonica". "Denada".









Domingo de lluvia. Diluvia cuando nos vamos. Una odisea meter las maletas y a los chiquillos en el coche. Pero ya vamos rumbo a Logroño. Mientras A. conduce, leemos en una guía de 1999: "Logroño. 384 m. 122.000 habitantes...










miércoles, 27 de marzo de 2013

Como una luz encendida

Como mañana nos vamos de viaje -primero a Úbeda y luego a Logroño, ciudad ejemplar-, para que no se quede este candil apagado y triste, dejamos, como en otras ocasiones, una canción.  Nos la descubrió P. hace unos días. Por si alguna noche un viajero pasa distraído por aquí...




              

martes, 26 de marzo de 2013

Imágenes

Como si esto fuese uno de esos paneles de corcho que los adolescentes cuelgan en sus cuartos y en los que van pinchando con chinchetas sus reliquias, aquí traigo yo tres imágenes que me han llegado estos días y me han hecho mucha ilusión...

Esta primera fue mi regalo del día del Padre. Se lo encargó P. a J.A. y me lo entregó enmarcado. Me gustó muchísimo. Tanto que además de a P., llamé a Logroño a J.A. para agradecérselo a él también, en su calidad de artista-caricaturista... Solo le puse una pega, y es que uno no es, ni mucho menos, un intelectual. Uno lee para pasar el rato, simplemente. Luego, este reproche me lo afeó A., y me dijo que se iba a creer el angelico que no me había gustado lo suficiente, que había estado un poco frío en mi agradecimiento al decirle eso y no sé cuántas cosas más... Agradecer algo, como se ve, puede resultar bien difícil.




Esta es un lejanísimo eco del pasado, enviado por nuestro amigo J., que se la encontró en una página nostálgica sobre nuestro colegio. Creo que teníamos entonces doce o trece años. Por qué nos  hicieron esta foto en El Patatal -que así llamábamos a ese campo de fútbol-, con la escombrera al fondo, es cosa que tiene fácil explicación. En mi barrio no había ningún rincón mejor en el que fotografiarnos.



A los dos o tres día de este correo, le envío nuestra amiga C. a A., a través del facebook, un enlace a una página sobre viejas fotografías de Mieres. Como yo no pertenezco a esa red social, me la tuvo que enseñar A. Estuvimos casi una hora en ella. Yo estaba fascinado. Aparecen allí, además de esta misma foto, decenas de imágenes, la novela gráfica de mi pueblo, las gentes conocidas, desconocidas u olvidadas, y las calles y los barrios, los bares, el mercado, los días de lluvia, el hollín en el aire, la nieve... Hasta el local de la barbería de Falo, donde nos cortamos el pelo más de veinte años, con la leyenda verdadera de las dos hermanas locas que vivían encima y que acostumbraban a salir a la ventana a amenazar a los paseantes... Fue emocionante. No sé muy bien cómo explicarlo, pero sentí lo mismo que nos ocurre con las buenas novelas, que en esa página había un reflejo palpitante de toda esa vida pasada, y que todo lo que allí está retratado, gentes y edificios, la mayoría ya desparecidos, quedaban de esa manera a salvo porque todavía están allí vivos y reales...


Esta última salió en el periódico hace un par de días. Aparece en ella mi madre. Ilustraba la noticia de la actuación de su grupo de teatro en Turón. Mi madre es la que está sentada, muy firme, en la mesa de la derecha, junto a una amiga suya con boina y chaleco porque hace el papel de alcalde. Se lo pasan muy bien en los ensayos, y en esas actuaciones también, sobre todo porque luego suelen invitarlos a merendar... Al parecer, me contó al día siguiente mi madre, en esta de Turón fue el éxito grande, y recibieron muchos aplausos y parabienes. Pero no hubo piscolabis. Será cosa de la crisis, reflexionó mi madre.

lunes, 25 de marzo de 2013

De pronto, la Semana Santa

Hasta que no salí el sábado por la mañana a por el pan y los periódicos, no caí en la cuenta de que ya estamos en Semana Santa... Fue al ver a media docena de señores arrastrando un trono. Debían de llevarlo hacia la catedral. Iban sin la imagen, pero llevaban ya montados todos los faroles. 

Al principio pensé que era cosa del sol, que se estrellaba en el cristal de todos esos fanales y les sacaba reflejos brillantes y raros.

Pero no. No era el sol. Al acercarme un poco más pude comprobar que las luces que brillaban en esas lámparas eran de naturaleza eléctrica, y de muy variados colores además: verdes, rojos, amarillos... Como si los hubiesen comprado en un bazar chino, o como decoración de feria, de unos coches de choque o algo así...

Yo, de la Semana Santa no quiero saber mucho. Es un trauma de la infancia. Una herida infantil abierta por aquellos días cenicientos, grises y aburridísimos, en los que todo estaba cerrado, incluso los bares, y en los que la televisión solo emitía los oficios religiosos y unas películas biblícas y larguísimas de esas que le gustaban mucho a Tereci Moix pero que a nosotros nos parecían deprimentes... De repente, al llegar esos días, el mundo se convertía en un lugar desolado y tristísmo, y en concreto mi pueblo, ya de natural gris y penumbroso, adquiría un aire de un funebrismo aplastante.

Solo respirábamos un poco cuando a media tarde nos íbamos hasta Ablaña. Allí estaba don Antonio, que salía con un cubo de los de fregar colmado de agua bendita y nos ponía a todos pingando, o encendía una hoguera a la entrada de la vieja iglesia... Pero era todo eso poco consuelo, pues exigía a cambio seguir las misas, y los cantos y sermones tan lúgubres y dolorosos...

De manera que a uno la Semana Santa le espanta siempre un poco, y tratamos cada año de pasar estos días como si la cosa no fuese con nosotros. Nosotros, con la Semana Santa, procuramos hacernos los distraídos.

Generalmente, como no nos quedamos aquí, no hemos visto ninguna de las procesiones de esta ciudad nuestra. Pero nos han contado cosas muy curiosas: los penitentes, por ejemplo, acostumbran a llevar una bolsa de caramelos y los van arrojando a las gentes, como en cabalgata de Reyes; y van atados unos a otros por una cuerda, porque la gente solía atravesar las procesiones sin miramientos, y también porque no era raro que los mismos nazarenos rompiesen filas y se saliesen de la procesión para saludar a las amistades o, cuando ya comenzaron a abrir algunos bares y cafeterías, para entrar en uno de ellos, a tomarse algo, un vino o un café, y aliviar así un poco la fatiga de la marcha... A mi cuñada y mi mujer, acostumbradas a la seriedad de la Semana Santa de su pueblo, esto no les parece serio. Yo, en cambio, no lo veo tan mal. 

Sin embargo, sería mucho mejor que estos ritos los celebrasen los católicos más discretamente, en la intimidad de sus templos, y que los ayuntamientos no dejasen salir a gentes encapuchadas a las calles... Estos días, a mí me ensombrecen mucho porque me traen aquellas memorias tristes de la infancia, y me dejan taciturno, mustio y amorugado.


            

P.S. Un año, hace ya bastantes, bajé a las siete de la mañana a ver este paso. Lo que me ocurrió luego, también es recuerdo fatigoso y poco grato. Un motivo más para que este tiempo no sea mi favorito. Pero esta peripecia ya la contaré en otra ocasión.

viernes, 22 de marzo de 2013

Un artículo nonato

Ayer tenía que haber salido este artículo en el periódico. Como se explicó en su día, ya no vamos a escribir nada en él. A lo mejor, hemos pensado, abrimos un blog con el nombre del grupo -Tersites-, y lo usamos para nuestros desahogos en forma de artículos, los mismos que los escribíamos antes más los que quieran sumarse. Pero esté ya estaba hecho y, para no desaprovecharlo, pues lo traigo aquí.


Perdidos

Igual que los protagonistas de aquella famosa serie, después de un tiempo subidos a una nube y viajando cómodamente en lo más alto, nos vemos ahora estrellados en una isla desierta en la que no hay otra cosa que una selva impenetrable dentro de la cual ocurren cosas bien peregrinas e inexplicables. Creíamos vivir en el mejor de los mundo posibles, creíamos ser ricos, guapos y prósperos, y en lo que tarda un avión en desplomarse hemos descubierto que solo somos unos pobres náufragos perdidos en una isla lúgubre e incierta.



¿Por qué ha sucedido todo esto? Si uno lee los periódicos al uso, o ve los telediarios de las grandes cadenas, o escucha la radio, poco sacará en claro. Ahora, si se ve un programa de nombre Salvados, entonces la explicación aparece clara y luminosa… No sé ustedes, pero yo no conozco un periodismo mejor hecho y más benéfico. Si alguien quiere saber qué es realmente lo que nos está ocurriendo, no puede dejar de ver cada uno de los capítulos de este programa. Se habla en ellos de todo: de los bancos y las cajas de ahorro, de la ley hipotecaria, del tribunal de cuentas, de los negocios de la electricidad y las gasolinas, del funcionamiento de las diputaciones, del fraude fiscal, de las comunidades autónomas, de la toga, la espada y la cruz…  Si algún día, dentro de muchos años, viene un historiador a hacer el inventario de estos ciegos años,  no podrá dejar de ver todas estas horas de televisión.

Conduce este programa, de una realización exquisita, casi cinematográfica –fíjense en sus cabeceras-, Jordi Évole, que comenzó  en la tele como comediante y ha desembocado en un periodista impagable, uno de esos periodistas que, como pedía Camus, “informa bien en lugar de informar rápido, precisa el sentido de cada noticia mediante un comentario apropiado, instaura un periodismo crítico y, en todas las cosas, no admite que la política venza sobre la moral ni que ésta caiga en el moralismo…”

Que el señor Évole comenzase su carrera como cómico no es un dato irrelevante. Porque solo a través del humor y la ironía se puede aguantar lo que está ocurriendo. Pero en Salvados, el señor Évole deja atrás sus personajes y aparece tan solo como alguien que quiere saber lo que está pasando y que lo pregunta con una eficaz mezcla de ingenuidad, picardía y firmeza. Con educación exquisita pero con obstinación, negándose a comulgar con ruedas de molino y sin dejarse llevar por la corrección política ni los prejuicios.

El programa tiene, casi siempre, la misma estructura. En primer lugar hablan especialistas en la materia sobre la que se va a tratar, periodistas serios que han investigado el tema, inspectores de hacienda, economistas, vecinos, ciudadanos, siempre muy bien preguntados. Pero lo más revelador nos son estas charlas, sino lo que viene después, a saber, las preguntas al político, que al tratar de excusar lo inexcusable, de explicar lo inexplicable, queda en las más cruda de las evidencias, desnudo como el rey aquel del cuento…

Aunque se han aireado mucho, como no podía ser de otro modo, las declaraciones que le hizo el señor Matas, yo guardo un recuerdo imborrable de la entrevista a Miguel Sebastián, ex ministro de Industria con Zapatero. No lo pude pasar peor aquel domingo, viendo a aquel pobre hombre tragando saliva, sudando ante cada pregunta que se le hacía, revolviéndose inquieto y desasosegado en su asiento… No le llegaba la camisa al cuerpo al ex ministro… El momento culminante fue cuando le recordaron sus advertencias a los bancos de que se le estaba al gobierno acabando la paciencia, y cómo se decía que el señor Blanco le había corregido. El ex ministro creía que no le estaban grabando y contó que ese señor Blanco le había tirado de la oreja, efectivamente, por aquellas declaraciones suyas, y que le había aconsejado lo siguiente: “Con los bancos la paciencia ha de ser infinita”… Yo, no sé por qué, escuché esas palabras con la voz que dobló a Marlon Brandon en El Padrino.

Por eso, cuando salen algunos a utilizar el  Tribunal de Cuentas como argumento de autoridad para defender la limpieza de las cuentas de su partido, nos entra mucha risa. El capítulo sobre este tribunal es también antológico: miembros suculentamente pagados y colocados allí por los mismos partidos que van a vigilar; informes que llevan cinco o seis años de retraso; evaluaciones que pasan por alto la opacidad de las cuentas de ayuntamientos y diputaciones; millones que se dice no saber de dónde han salido pero que solo suponen una leve reconvención avisando de que eso no está bien, que no lo vuelvan a hacer… Como ven, el visionado de semejante programa es tan pedagógico, que cuando vienen luego a tratar de engañarte, te das cuenta. Otra cosa no puedes hacer, pero ya tienes que ser muy distraído para no darte cuenta…

De manera que te acuestas cada domingo con una rara mezcla de agradecimiento e indignación, lúcido pero desolado. Mejor informado pero más impotente. Viendo Salvados, es raro no sentirse perdido. No hay nada que hacer, piensas mientras reclinas tu cabeza en la almohada. Sin embargo, antes de dormirte, te dices a ti mismo que si ese programa sigue vivo, todavía hay una esperanza. Pequeña y muy frágil, como aquella luz del pasillo que dejaban encendida tus padres en la infancia, en las noches de pesadilla o tormenta. Pero una esperanza al fin.