lunes, 4 de noviembre de 2013

Día de difuntos

Me contaron mis padres que fueron el día anterior al cementerio. Nuestro cementerio, quiero decir el cementerio donde están enterrados nuestros familiares, es el de Ablaña. Es un cementerio pequeño, escondido en la montaña, en lo alto y apartado del pueblo. 

Les pregunté cómo estaba, pues son ya muchos los años que han pasado desde nuestra última visita. Me contestaron que está bastante bien, que lo han arreglado. Que deberíamos pulir el mármol que cierra los nichos familiares, porque le han salido, por la humedad, algunas manchas negras. Que ellos ya no pueden agacharse ni frotar, pero que no está mal. 

Fueron en taxi. Ahora ya está el camino asfaltado. La última vez que fuimos nosotros todavía era de tierra. Ya lo visitan muy pocas veces. Les esperó el taxi en la puerta, mientras ellos arreglaban un poco nuestro sitio. Mi madre estaba encantada porque el taxista les cobró muy poco. 

Guardo recuerdos muy vagos de las vistas infantiles a ese lugar. Recuerdos contaminados por el cine y la literatura. Todas las historias que uno ha leído sobre cementerios y camposantos, por ejemplo las de Poe, yo siempre las he visualizado en ese lugar de Ablaña. 

Como casi todos los cementerios españoles, lo recuerdo feo. Una pared de nichos apoyada en una tapia, y luego unas serie de tumbas a ras de tierra subiendo en terrazas hacia lo alto, hasta otra tapia blanca y desconchada, repleta de zarzas. Y en una esquina, una chabola donde guardaba el enterrador sus herramientas.

Si algo lo salva es el estar en el corazón del bosque, en medio de la montaña.

Cuando viajamos por Castilla, me fijo siempre en los cementerios que se ven a la orilla de la autopista. Son exactamente como los definió Unamuno: corrales de muertos. Pobres, solitarios y mudos. Apartados también de los pueblos donde continúa  viviendo la gente. Producen una tristeza muy grande.

No los conozco todos, por supuesto, pero a mí me parece que en España hay muy pocos cementerios bonitos. Yo solo recuerdo dos en los que, como diría mi suegra, seguramente se puede estar muy a gusto: el de Luarca y el de Niembro. Como diría la gran Lorena Álvarez, cuando me muera, si es que me muero, a mí no me importaría que me enterrasen en uno de ellos. En el de Niembro mejor, si se puede escoger. Para poder pasar el rato contemplando cómo sube y baja la marea... Si no pudiese ser así, pues..., qué sé yo, me da igual... En Ablaña no iba a estar mal.  O en uno que visité una vez en Escocia. Era como un pequeño jardín al lado de una iglesia. La gente paseaba por él, entre las tumbas, empujando los carricoches de sus hijos y charlando apaciblemente.

Los verdaderamente hermosos son esos. Las gentes británicas tendrán sus cosas (por ejemplo esa idea de enmoquetar los baños no se puede decir que sea muy afortunada), pero en cuestión de cementerios yo pienso que han acertado. Más que cementerios, son parques, lugares para que los vivos, al mismo tiempo que recuerdan a los muertos, paseen un rato y respiren aire puro. Aquí no. Aquí somos más de pudrideros, escoriales y mememto mori; de momias, postrimerías y corrupciones... Si supiéramos sacudirnos de una vez por todas de esa manera de ver la muerte tal vez nos fuese un poco mejor. No sé.

Hace poco leí un hermoso libro de José Carlos Llop. Se titula Solsticio y en un momento de él, dice: "Soy de los que creen que ningún lugar se conoce si no has visitado su mercado y su cementerio. Y pienso que la visita a las tumbas familiares es un rito de la memoria y una reafirmación de que la vida en la tierra no ha de ser pasto del olvido, aunque lo sea".

Cuando leí estas líneas, pensé en el cementerio de Ablaña, en mi abuela C. y en el mucho tiempo que hace que no cruzamos el umbral de ese sitio escondido en la montaña. No sé. Tal vez sea como dice Llop. Creo que estas navidades nos acercaremos hasta Ablaña. Pero cuánto mejor sería tener unos camposantos que no parecieran corrales, sino huertos, parques, jardines...




miércoles, 30 de octubre de 2013

La coquilla

Hace unos días, a la hora de la pintura que decía Gaya -cómo se pone el cielo al atardecer, lujoso de matices prodigiosos, de colores que uno juraría no haber visto jamás-, nos fuimos P. y yo a comprar una coquilla. Aunque sabía qué era, y cuál su función, no había visto una jamás. 

Es para el hockey. El sábado vinieron los de Villarrobledo hasta el club. Jugaron un partido al mediodía y, todavía no sé cómo, ganaron los nuestros. De manera que andan ahora todos alborotados, y equipándose con toda clase de adminículos que, dicen, resultan indispensables. Sobre todo para la seguridad del jugador, dicen. Si es por eso, para que no se nos desgracien nuestros hijos, lo que sea... Así que allí se fueron  P. y su padre, que es quien esto escribe, a comprar la dichosa coquilla.

Si el nombre ya resulta poco afortunado, el referente no les digo nada. Para definirlo pronto y rápido, se trata de una especie de tanga con un urinario de plástico en miniatura delante. Cuando al fin lo encontramos en el Decathlon, P. me lo puso en las manos:

-Llévalo tú, papá...- me pidió, y se fue a ver los patines y los sticks, como si la cosa no fuese con él. 

Me sentí verdaderamente incómodo con aquello entre las manos. Es una cosa extraña una coquilla, y más que un artículo deportivo parece un objeto de sex-shop. Tal vez seamos nosotros un tanto puritanos, puede que sí, pero a mí me pareció una cosa para pervertidos.  Repito que está compuesta, por lo menos las que tenían allí y la que nosotros compramos, por un calzoncillo tipo tanga, y, en la parte frontal, un recipiente de plástico blanco que a mí me recordó a La Fuente de Duchamp, en pequeño, como un recuerdo de uno de los museos donde exponen esa pieza.

Le pedí a P. que, ya que era cosa suya, mejor la llevaba él. Rehusó el ofrecimiento. 

-Pues entonces vayámonos de inmediato de aquí...-le conminé.

Pagamos rápidamente sin mirar a los ojos de la cajera y salimos de allí los dos furtivos y un tanto avergonzados...

Atardecía gloriosamente sobre los campos de La Mancha y parecía el cielo, efectivamente, la paleta de un pintor prodigioso. Se mezclaban en ella colores nunca vistos... Con la coquilla todavía en las manos, nos quedamos en medio del aparcamiento un buen rato, embobados...


martes, 29 de octubre de 2013

Larga jornada de huelga

El jueves nos pusimos de huelga. Fue una larga jornada, no exenta de escollos y dificultades.

El primero fue explicarle a P. que él sí iba a ir al instituto. Razonamos con él que la mayoría de sus profesores no la iban a hacer, que la mayoría de sus compañeros tampoco, y que tendría después que recuperar el trabajo que  mandasen. Además, tenía el viernes un examen y el profesor de matemáticas les había dicho que el jueves lo dedicarían a repasar... Le sentó fatal. No lo comprendió. Desde que le explicamos lo que habíamos decidido, estuvo detrás de nosotros intentando hacernos cambiar de opinión, tenaz e implacable. Pero no cedimos... Por la mañana se fue cabizbajo, casi sin despedirse, como si en lugar de al instituto lo estuviésemos mandando al cadalso. "Si hay un piquete, yo me vuelvo", nos avisó. Su madre le había dicho que se llevase la camiseta de la educación pública. "Claro, y pensarán que soy idiota, con la camiseta y sin secundar la huelga"... Así que se llevó la de los Rolling.

Yo creo que lo estamos educando del modo equivocado... No sé.

Luego me fui a Mercadona. Puse a Javier de Torres para despejarme. En le supermercado sonaba el Échame a mi la culpa de lo que pase... Esas canciones me pusieron de buen humor...

Después nos fuimos a la concentración... Había mucha más gente que en otras ocasiones. Estaban allí muchos de mis alumnos de bachillerato, de mi tutoría. Portaban una pancarta, no pequeña y contundentemente reivindicativa. Tenía una falta de ortografía. Se lo hice ver con naturalidad y discreción. A pesar de ello, consentí en sacarme una foto con ellos y la pancarta, eso sí, apuntando con mi dedo índice hacia el error, no se fuese a pensar que lo bendecía...

Estuvimos allí más de una hora, haciendo vida social , saludando a gentes queridas que hacía tiempo que no veíamos y organizando posibles encuentros, comidas, meriendas o cenas... Una agradable combinación de lucha laboral y frívolas conversaciones... Eché en falta, eso sí, un poco más de mala leche, no sé, alguna piedra contra un cristal, un poco de fuego... Uno no tiraría jamás ningún pedrusco, ni se atrevería nunca a quemar nada. En este sentido uno es un poco fanfarrón y muy pusilánime. Pero está educado en las huelgas mineras de los setenta y ochenta, y aquello, claro, te deja una impronta.

Al llegar a casa nos enteramos de que había muerto Manolo Escobar, el pobre, en Benidorm. Sabíamos que vivía en esa ciudad prodigiosa porque el amigo de una amigo nuestro era vecino suyo. De Manolo Escobar y de Miguel Induráin... Lo que no sé es si se encontrarían a la hora del atardecer, al salir a dejar la basura en el contenedor, y echarían una parrafada los tres...

Llegó P. con la misma pesadumbre con la que se había marchado. "Vergüenza, he pasado vergüenza". Al parecer había faltado la mitad de la clase y un par de profesores. La de inglés les había puesto un vídeo y les había dejado salir un cuarto de hora antes... Le prometimos que para la próxima se vendría con nosotros. "¿Y cuándo va a ser?"

De todas maneras, el sentimiento de culpa se nos disolvió cuando por la tarde, en lugar de venir a la manifestación, prefirió irse a su clase de hockey... 

Antes de esa manifestación jugamos nosotros el partido de los jueves. Estamos tremendos. Lo que antes eran dolorosas derrotas semanales, son hoy victorias incontestables. Ganamos una vez más -desde que retomamos la temporada los hemos ganado todos-, seis a dos. De esos seis tantos, metí cuatro, uno de cierto mérito y con intención, el primero, y el resto porque pasaba por allí.  El último fue antológico: un pase alto que me golpeó en un lugar entre la cabeza y el hombro, muy suave pero con tanto efecto que se le escurrió al portero entre las manos cuando lo trataba de recoger  del suelo con toda tranquilidad. Veneno llevaba ese balón así rematado. 

Como la manifestación comenzaba justo al lado del pabellón, me duché y salí a la calle. Me encontré con A. y caminamos lentamente, rodeados de gente, durante casi dos horas. No querría entrar yo en esa guerra de cifras entre sindicatos y gobierno, pero había muchísimos manifestantes. Los más ruidosos eran los alumnos del Conservatorio de Danza, que cantaban y bailaban y hacían sonar las castañuelas incansables. Entre ellos, también un par de alumnos míos a los que tendré que subir la nota... Al final me dolían las piernas lo indecible, probablemente a causa de esos remates improbables que me habían hecho el pichichi de la tarde, y me encontraba tan cansado que me habría quedado dormido en cualquier banco del Altozano...

De vuelta a casa me contó mi amigo E. los líos sentimentales del ministro Wert. Pensaba yo que su pareja era una periodista que sale en todas las tertulias de la televisión, pero no, me sacó de mi error E. Ahora se ha puesto novio con la secretaria de estado de su ministerio, esa mujer que se graba en vídeo diciendo unas majaderías muy miserables y que manda luego esas grabaciones a la tele. Mujer esta que es, me informa mi amigo, nieta de un ministro de los tiempos de Franco... Una heredera.

Al día siguiente, al llegar al instituto, tenía la conserje a Manolo Escobar por todo lo alto... ¡Que viva España! Pues eso.

lunes, 28 de octubre de 2013

Muñoz Molina que estás en Oviedo

El viernes nos quedamos toda la tarde en casa para los Premios Príncipe de Asturias. Por ver a Muñoz Molina.

A mí también suele gustarme ver esa retransmisión por contemplar calles que consideramos nuestras, la Plaza de la Escandalera, el Parque San Francisco, el Campoamor. Aunque el Campoamor nos da un poco de grima verlo rodeado de tanta pompa y protocolo. Nosotros a ese teatro hemos ido cientos de veces en vaqueros y con aquellos jerséis amplios y de lana áspera que nos tejía mi madre. Íbamos a películas, conciertos, representaciones, conferencias... En los años ochenta, en ese teatro dejaban entrar a cualquiera.

En él vimos prácticamente toda la filmografía de Hitchcock en un ciclo prodigioso, y recuerdo una tarde de domingo feliz -inverosímil oxímoron- en el que pudimos disfrutar, en una pantalla gigantesca, El hombre tranquilo. Y cine negro, películas del Oeste, el Boon Boom de Rosa Verges, que tanto nos gustó, o la emocionante Alrededor de la medianoche, de Tavernier... Vimos obras de teatro, escuchamos a Monterroso y a Bioy y, sobre todas estas cosas, guardamos el recuerdo de una actuación de Les Luthiers a la que asistimos desde la tercera fila del patio de butacas. Cuánto nos pudimos reír aquella tarde. Todavía hoy me sigo riendo, a veces, con lo que vimos y escuchamos entonces. Por todo esto, ver a las señoronas y señorones que ocupaban el viernes esas butacas que conocían nuestro nombre y soportaron nuestro culo, nos provocó una gran melancolía. Y no pudimos evitar sentirlo como una usurpación.

También me da gusto escuchar a los gaiteros los primeros cinco minutos. A partir de ese momento ya me gustan menos y esa música comienza a resultarme un tanto agria y repetitiva. Este año me pareció que habían dispuesto una banda en cada esquina. Supongo que para tapar los gritos de los que protestaban en La Escandalera, con pancartas y banderas republicanas... Sin embargo, en esos primeros cinco minutos, uno escucha una gaita, o mejor, cientos de gaitas, como sucedía allí, y se convence, no sé por qué, de que el mundo puede ser mejor y los asturianos lo más granado de ese mundo maravilloso...

Al principio la televisión sacó a un montón de gente vestida de amarillo, en la calle Toreno. Me extrañó que enfocasen tanto a quienes evidentemente estaban allí protestando por algún conflicto laboral -el metal, la siderurgia, laso astilleros...-. P. me explicó que nada de eso, que eran los de la ONCE, que también estaban premiados... "Ah...", contesté.

Luego vimos una vez más lo que consideramos una metáfora dolorosa: los coches de las autoridades, al llegar a Toreno torcían hacia la izquierda y bajaban en dirección a la calle Uría por dirección prohibida. A mí eso me parece una metáfora perfecta del funcionamiento de las cosas. Como también resultó muy expresivo que la comitiva de la reina y los principitos estuviese compuesta de ocho coches, ocho vehículos brillantes y lujosos para llevar a tres personas...

Pero volvamos al principio. Si encendimos la televisión el viernes por la tarde fue principalmente para ver y escuchar a Muñoz Molina. Creo que ya lo dije alguna vez, en nuestra casa, a este señor se le tiene en un altar. 

A. estaba exultante, pendiente al mismo tiempo de la tele y del ordenador, que tenía sobre las piernas, con el facebook vibrando como agua hirviendo. Las gentes de Úbeda no podían parar. "Hoy Úbeda se llama Mágina"... Como un día le den el Nobel, esa ciudad enloquece...

Su DISCURSO fue estupendo, sentido, lúcido, decente... No sé si los que más deberían haber prestado atención lo habrán hecho. No lo creo. Estaba allí cerca el ministro de Educación, hombre que según él mismo confiesa es un portento de humildad -oxímoron maravilloso-, pero que a nosotros nos parece un portento de otra cosa...

A mí siempre  me da un poco de rabia que esta clase de gente esté en Oviedo y yo no...

A. estaba emocionada, entusiasmada, exultante, con las palabras de su paisano. Le pedí un poco de calma..... 

-Si en lugar de ser de mi pueblo fuese del tuyo, no quiero ni pensar cómo estarías...

Tuve que darle la razón. Ay, suspiré, si tuviésemos un novelista como Muñoz Molina... Yo habría seguido la retransmisión de rodillas... Pero todavía no se conoce. A lo mejor ya ha nacido y hasta es posible que esté escribiendo la gran novela asturiana y universal. Sin embargo, hoy todavía no tenemos noticias de ello.


martes, 22 de octubre de 2013

Volver a perder

P. ha dejado el baloncesto y se ha pasado al hockey. 

Al principio a mí no me hizo mucha gracia. 

El baloncesto suele ser un deporte civilizado, de gentes con una formación y una educación, si no exquisitas, sí muy aceptables. Y aunque hay confrontaciones y algunos roces, no suele ser violento. En los partidos de los viernes, los padres compadreábamos muy cordialmente, y no importaba mucho el resultado (sobre todo a nosotros, que casi siempre perdíamos). Si alguien daba alguna vez una voz más alta que otra, o algún grito, ese era yo. El hockey, sin embargo, lo recuerdo demasiado rápido, tanto que resultan muy frecuentes las caídas, los choques y los golpes sin cuento... Incluso no son raras las peleas. Tengo en la memoria las temporadas en que fue uno socio, allá en la más tierna juventud, del Club Patín Kiber, y de aquellos partidos en el pabellón Visiola llenos de un público áspero y tremendo. Éramos terribles, los hinchas del Kiber, aulladores como un ejército de salvajes... Más de un árbitro acabó la jornada en el arroyo de San Juan, un regato negro y sucio que besaba los cimientos de aquel pabellón...

Parece mentira, pero en aquellos años ese equipo de mi pueblo jugaba en la División de Honor, y el primer partido que yo vi, que me llevó mi padre, fue contra el Barcelona, entonces, y durante muchos años, el mejor equipo de hockey patines del mundo... Hasta teníamos, en nuestro equipo, dos internacionales...

Hoy ya no queda apenas nada de todo aquello. La licorera que daba nombre al equipo y lo patrocinaba cerró y los pisos que levantaron en el solar de la fábrica puede que tengan ya veinte años... El equipo juega ahora en una de las categorías inferiores y el pabellón, más moderno y cómodo, no tiene, ni de lejos, el encanto, la poesía y la fiebre de aquel barracón a orillas del río, frente al lavadero del Batán. Hasta el arroyo San Juan ha dejado de bajar negro y nadan en él una colonia de patos...En fin.

Pero dejemos este tono elegíaco, que nos pone muy melancólicos, y volvamos a lo nuestro. Al baloncesto juegas con un pantalón y una camiseta y ya no necesitas nada más. Sin embargo, para este de los patines, la lista de necesidades es inacabable: además de los patines, son indispensable coderas, muñequeras, espinilleras, la coquilla,  un casco, un stick, y no sé cuántas cosas más... 

Necesitan todas esas cosas porque es un deporte violento. Mil veces más que el baloncesto. Y eso me tenía, hasta el otro día, inquieto. 

Jugaron el sábado su primer partido. En Villarrobledo. Creo que el de allí es el único equipo contra el que van a jugar esta temporada. Una vez al mes. Un mes aquí y otro allí. A lo que se ve, no hay más equipos por estas anchuras manchegas, por estas soledades...

A las tres de la tarde salimos desde el club, la furgoneta y tres coches más. Nosotros nos llevamos a un muchacho muy redicho y muy alto, que hablaba como un cura antiguo a pesar de tener poco más de trece años... Opinaba de todo como un obispo. Afortunadamente, cuando estaba pensando en parar el coche y dejarlo en el arcén, con el calor de la tarde se durmió y ya no dijo nada más.

En Villarrobledo nos estaban esperando -llegamos un poco tarde- un equipo completamente equipado y un público impasible... Daban todos un poco de  miedo...

Pero no. Fue el partido de guante blanco, y el público se comportó como si no estuviese presente. El único que gritó un poco fui yo -como en el baloncesto-... 

No lo hicieron mal los nuestros. P. juega de defensa, y lo vi suelto, rápido, atento. Salió dos o tres veces con autoridad, y montó varios contraataques peligrosos que acabaron en nada pues o bien se le quedaba la pastilla atrás o bien le salía un tiro muy tibio y desviado. Exactamente como les sucedió durante todo el partido a todos sus compañeros.

Perdieron seis a cero. Pero, como le ocurría con el baloncesto, no se lo tomó mal. Ya está acostumbrados mi P.

La mayoría se quedó para ver el partido de los mayores -también hay solamente dos equipos, el nuestro y el de Villarrobledo-, pero nosotros teníamos una cita y nos volvimos nada más terminar el de los infantiles. El niño-obispo se quedó. Estaba al tarde preciosa, dorada, y los campos esperando el otoño, que no acaba de entrar.


lunes, 21 de octubre de 2013

Diálogos ubedís

- No lo sé fijo, pero creo que se ha muerto El Vivo...

- Pues podría ser, que el otro día me lo encontré por la calle y tenía el pobre un color muy malo... Más muerto que Vivo parecía...

- Ea.


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- Pues aquí mismo vivía, a la vuelta de la esquina. Nació con los pies del revés. El talón donde los ortejos y estos en el lugar del talón.

- Eso no puede ser...

- Pues claro que sí, y bien apañada que era la muchacha, morena y guapetonaza...

- Ya, pero sería difícil saber hacia dónde iba, si hacia delante o hacia atrás...

- Pues a pesar de esa falta, se casó y tuvo sus hijos y todo... Muy guapos también...


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- ¿Qué ha dicho el medico?

- Pues nada, que no es nada...

- Si tú estás hecha de buen material, como la pana que se estilaba antes...

- Noo te fíes, no te fíes... A lo mejor no tardo en ir para allá...

- ¿A dónde vas a ir tú?

- ¿A dónde va a ser? Pues a donde Padre y Madre y tu C. Pues no iba a estar yo poco a gusto allí. Tan tranquila iba a estar.

martes, 15 de octubre de 2013

Paseos dominicales

Todos estos domingos -mientras continúe el tiempo así de benigno y templado- nos vamos A. y yo a caminar por ahí. Con zancada larga y espíritu deportivo, ataviados con las penúltimas novedades del Decathlon, mientras P. juega su partido de hockey, nos vamos los dos a caminar un par de horas.

Nos vamos siempre hacia los suburbios, como los del 98. A vislumbrar el campo, que aquí es de una monotonía incontestable y de una austeridad moderna. Creería uno que no va a encontrar nada que contar. Pero no.

A veces nos vamos a un parque que se llama La Pulgosa -¿quién le habrá puesto nombre tan desafortunado?-. Hay una ruta para ciclistas y paseantes que arranca de la Universidad y llega hasta él entre parcelas y campos yermos. Pasa también al lado del las tapias del Jardín Botánico. El año pasado una tormenta de primavera casi se lo lleva por delante. Ya antes lo había descuajado el gobierno municipal... Los domingos, cuando nosotros pasamos a su lado, está cerrado, y desde fuera solo se ven unos arbustos polvorientos y unos pocos árboles mustios y desangelados.

El espectáculo humano, por el contrario, resulta en ese camino frondoso, exuberante y tropical. Ataviados con toda clase de coloristas y muy deportivas prendas, pasa por allí, de ida o de vuelta, la completa comedia humana. Unos corren respirando fatigosamente y otros caminamos civilizadamente; unos van en bicicleta y otros en patines; solitarios estos y en grupo los otros; adustos, tristes o melancólicos muchos, y otros alegres, reidores y ligeros... Allá vamos todos, como decía Galdós cada uno con nuestra novela a cuestas, subidos al mundo mientras este -rotación y traslación- no cesa de girar .

En otras ocasiones, por variar, tomamos la ruta del norte, hacia un centro comercial que hay por esos confines. Pasamos junto a una finca enorme, La Alfonsina, que debió de ser una casa de recreo espléndida, pero que queda ahora en mitad de un nuevo barrio, ahogada entre edificios todos más o menos iguales. Nos paramos ante la verja para tratar de ver algo de la casona que se adivina al fondo de un camino de tierra. Pero nunca vemos nada. No sabemos nada de este lugar y nunca hasta ahora nos habíamos fijado en él. Habrá que preguntar.

Luego ya llegamos al centro comercial. Vacío en la mañana del domingo da un poco de pena. Es un lugar tan feo como cualquier otro, como todos los centros comerciales del mundo, de manera que en lugar de por Albacete, podríamos estar caminado por Zaragoza, Logroño, Liverpool o Shanghai...

Hay a su lado un hotel que levantaron hace un par de años en apenas un par de meses. Seguramente no tiene ni cimientos. Es como una posada para las gentes del septentrión que bajan hasta aquí durante todo el año en busca del Mediterráneo. Para que duerman un rato, desayunen rápidamente, y vuelvan a la carretera en dirección a la primera línea de playa.

Es una ruta mucho más aburrida que la del camino de La Pulgosa, porque te cruzas con mucha menos gente. Sin embargo, este domingo nos encontramos allí con un circo. El Gran Circo Americano ... Cuando pasamos a su vera, estaban limpiando la jaula de los elefantes -¡cuatro elefantes majestuosos e impasibles, de lentos movimientos! ¡Cuatro elefantes en La Mancha! Como el león que se topó don Quijote  en sus aventuras-. Nos hicimos la ilusión de que tendrían por allí más animales exóticos y temibles... Nada de eso. Había, eso sí, decenas de camiones, rulotes y caravanas. Una de ellas tenía pintado el siguiente aviso: "Escuela del circo". Pegamos la cara a las ventanillas. Efectivamente, vimos unos cuantos pupitres, armarios con media docena de libros escolares, una pequeña pizarra...

Ya sé que un circo puede ser algo triste, pero a nosotros nos puso muy alegres ese encuentro, y haber podido ver esos elefantes y esa escuela vagabunda y errante. Y nos acordamos entonces de la película de circo que más nos gusta: Bronco Billy. Y volvimos a ver en nuestra memoria la escena cervantina del asalto a un tren de alta velocidad del que nadie se percata, salvo un niño al que, naturalmente, nadie hace caso... Porque los circos solo son tristes para los que tenemos la vista cansada y clamamos al borde de la presbicia. A los ojos de un niño, un circo siempre brillará como una gran ilusión...