sábado, 17 de septiembre de 2016

Otro paréntesis (17 de septiembre)

Hoy es un día muy feliz. Porque cumple mi padre noventa años. La persona más buena que he tenido jamás a mi lado estaba leyendo el periódico cuando lo llamé para felicitarlo. Hablamos a voces porque ya está bastante sordo. También le duelen los huesos, sobre todo los de la cadera, y a veces se siente muy cansado, y aburrido y de mal humor. De los amigos, ya no le queda ninguno, se le han ido muriendo poco a poco. Pero tiene la cabeza en su sitio y una memoria prodigiosa. Sale cada mañana a comprar ese periódico que luego lee detenidamente sobre la mesa del salón. También compra el pan. Después de la lectura -empieza cada día por las esquelas, tal vez con cierto temor a encontrase un día la suya-, sale a dar un pequeño paseo, que termina en el bar de la esquina, donde se toma una cerveza sin alcohol. Y ya vuelve a casa, a comer. Después se sienta en el sillón y duerme un rato con la televisión encendida. Se pasa la tarde allí, hasta la hora de cenar. Esas son, me imagino, sus horas más aburridas.

Cuando colgamos el teléfono me puse un poco triste porque no vamos a poder comer con él, con mi madre, mi hermano, mis sobrinos -que además lo van a hacer en El Cenador, un sitio exquisito- pero reflexioné en la suerte de haber podido conservar a mi padre tanto tiempo. Cuando era niño, a veces pensaba qué sería de mí si me quedaba huérfano. Hacía cálculos. Pensaba que si mi padre se moría a los setenta, o los ochenta, ya tendría yo edad suficiente para llevar con madurez esa pérdida. Sin embargo, ahora sé que las cosas no son de ese modo. Que para ese trago nadie está preparado nunca, y que me hará mucho daño, y que lloraré como un niño...

Pero cumple hoy mi padre noventa años y me siento muy feliz.


viernes, 16 de septiembre de 2016

Un paréntesis (Septiembre)

Primeros días de septiembre

Le gustaría a uno pasarse el día soñando con el verano que acaba de pasar, pero no es posible. Ya hemos vuelto al trabajo, y hay que salir de casa para ir al supermercado y no moririse de hambre y sed. Estas dos obligaciones están, como cualquiera se puede imaginar, llenas de trampas y peligros.

Uno de estos es el de encontrarse a la Vecina, capaz, como una furia antigua, de enloquecerte y terminar con tu vida tan solo con su cháchara absurda. Me tropecé con ella el otro día, al bajar la basura. Iba yo con la cabeza a pájaros en el ascensor, cuando llegó este a su destino y se abrieron las puertas. Allí estaba Ella. Me abandonaron todos los pensamientos ociosos que me acompañaban, que salieron en estampida, huyendo. Casi se me para el corazón.

La verdad es que un encuentro de esta naturaleza  no es para contarlo. Habría que haber estado allí para dar crédito, para sufrirlo, para disfrutarlo, para rasgarse las vestiduras, desear tirarse bajo las ruedas del camión de la basura, abrazarla, matarla allí mismo. Si en lugar de ser la vida real y cotidiana se tratase de un espectáculo teatral, una performance, yo lo propondría para toda clase de premios: los Max, los Tonys, los Princesa de Asturias, qué sé yo... Te saca de tus casillas, te indigna, te hace partirte de risa, te conmueve en los más hondo... No sabes si llorar o reír, mientras te obligas a no dejar traslucir ninguna de esas emociones, como si no estuviese sucediendo nada y todo fuese un banal y azaroso encuentro en el portal. Te hace preguntarte por las grandes cuestiones que afectan al género humano. ¿Cómo es posible?, te preguntas... Lo suyo, decía, sería vivirlo a nuestro lado y, si eso no es posible, escucharlo. La próxima vez yo creo que, si se da la ocasión, la grabo.

Digo esto porque ahora que me dispongo a contarlo, no sé cómo hacerlo. Me siento incapaz. No creo que sea posible. Solo diré que tras saludarme y preguntarme por las vacaciones, sin dejar que le contestase ni una sola palabra, se lanzó a un monólogo que comenzó a envolverme como la Hidra de Lerna, y que fue pasando de un asunto a otro hasta llegar a contarme que no puede uno fiarse de lo que dicen los telediarios, porque no cuentan estos más que falsedades, y que ella eso lo sabe porque es muy observadora. Desde que nació, me explicó. Desde nada más nacer posee ella ese don de la observación aguda. "Sin darme cuenta", me dijo, "es algo que me sucede, yo observo las cosas y me doy cuenta de todo, aunque no quiera... Me fijo", me explicó alzando los hombros con aire de fatalidad. Y que los telediarios, prosiguió,  por si yo no me había percatado, ya que probablemente no poseería esa gracia suya, nos engañaban, que lo supiese.

No recuerdo cómo me libré, solo que ante los distintos contenedores no di pie con bola, y eché lo orgánico en el de papel, y los plásticos en el de lo orgánico, y el papel..., el papel yo creo que me lo comí. Cuando por fin volví a casa, iba tan pálido y fuera de mí que A. y P. se asustaron muchísimo. Balbuceé algunas palabras, conseguí decirles del encuentro terrible. Entonces lo entendieron, me llevaron a la cama y me arroparon asegurándome que al día siguiente se me habría pasado. "Podríais bajar la basura alguno de vosotros durante una temporada", les propuese, ya recuperada el habla.

-Anda, no seas exagerado- me contestó A. y dándome un beso se fue al salón con P., a seguir viendo la tele.

Naturalmente, ahora bajo la basura por las escaleras, a oscuras y al acecho.


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miércoles, 14 de septiembre de 2016

El sueño... La Azohía III

Primeros días de julio. La Azohía, Cartagena

Al día siguiente dimos un paseo por el pueblo, hasta el pequeño puerto que cierra la bahía hacia el este. Estaban retirando unas viejas anclas oxidadas frente a la almadraba. Ya hacía un par de horas que habían vuelto de pescar y no les quedaba mucho por vender. Salen cada día tres o cuatro barcos, los que quedan, muy temprano, un par de millas mar adentro y se detienen allí, un par de horas, con las redes echadas, a ver qué cae. Luego vuelven al puerto y en una pequeña rula venden lo capturado. Lo compran los vecinos y los dueños de los dos o tres restaurantes que hay en el pueblo. Otro par de horas. De manera que hacia las once o doce de la mañana ya tienen poco que hacer y se entretienen con esas cosas, los aparejos, las viejas anclas oxidadas que llevan de un sitio a otro...

Por la noche nos llevó F. a un restaurante debajo de la vieja torre. Comimos pescado en una terraza frente a la bahía. Otra vez las luces sobre el mar, y los suspiros de este al desmayarse en la orilla. Las conversaciones sonaban de un modo parecido, bajas, suaves, arrulladoras... 

Al día siguiente, después de desayunar, nos volvimos para casa. Regresamos melancólicos, pero muy contentos también, enormemente agradecidos por esos días que F. nos había regalado. Y por el descubrimiento de un lugar tan hermoso y apartado, casi fuera del mundo. F. y La Azohía son argumentos para continuar creyendo en la bondad del mundo, en la inteligencia de las personas y los lugares.




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lunes, 12 de septiembre de 2016

El sueño... La Azohía II

Primeros días de julio. La Azohía, Cartagena


El día siguiente de nuestra llegada las cosas volvieron a su ser y amaneció un día espléndido, soleado y claro. Como acostumbra a amanecer en esta parte del mundo. 

Como F. tenía que acercarse a Cartagena, a unos recados, nos fuimos a desayunar por ahí, con las mochilas al hombro, para pasar después la mañana en la playa. Caminamos por el pueblo. Las casas junto a la orilla y las demás, que están detrás de estas y trepan el cerro oxidado, nos parecieron todas de una fealdad incontestable pero muy tierna. Están levantadas sin más pretensión que tener un techo frente al mar. Nada más. Muestra cada una una fisonomía diferente: encaladas unas, alicatadas otras, con balcones o sin ellos, con ventanas de VPO o de madera... Sin embargo, todas responden a la misma ausencia de gusto, lo cual concede al conjunto una gran armonía. Además, no se puede encontrar en ellas la más mínima pretensión, la más mínima fantasía, cosa que, en asuntos arquitectónicos, es de agradecer. La mayoría son pequeñas y del mismo color pardo seco que el cerro al que están subidas. La imagen de este caserío es la de un pueblo del Mediterráneo de hace setenta u ochenta años. Y solo por eso, nos parece, con toda su fealdad, bien bonito.

Desayunamos en un bar moderno frente a la playa. Éramos los únicos clientes. Apenas pasaban coches. De vez en cuando algunas personas. Por los altavoces sonaban canciones pegadizas. Se te enganchaban en el cerebro como el chicle a los zapatos.  "Yo trato, traoooo, pero no te olvidooo, / yo lucho, luchoooo, luchoooo, pero no lo consigooooo, / pongo todo de mi parte y no es sufisiente, / es como seguir nadando contra la corrienteeeee.../ Yo tratooo...

En la playa el agua era, otra vez, límpida y transparina, y nos dimos dos o tres baños. Mientras me secaba entre chapuzón y chapuzón, seguía con Stevenson.

 ¿Gana más un esforzado y codicioso constructor con una monstruosidad que con una casilla de campo de igual sencillez?

El dialecto escocés es singularmente rico en términos de reproche hacia el viento invernal.

Desde antiguo, la Universidad de Edimburgo ha sido escenario de heroicas peleas de bolas de nieve; uno de los tumultos alcanzó los honores épicos de requerir la intervención del ejército.

No he dejado que el hecho se inmiscuyera en la verdad de la imaginación...

Esta última nos gustó mucho.

Apenas había nadie, ni en la arena ni en el agua, y los pocos que estaban eran casi  todos alemanes. Además de la media docena de nativos, son los que abundan aquí. ¿Cómo se habrán enterado? Nosotros no habíamos oído hablar nunca de este lugar. Los alemanes son familias discretas con muchos niños alegres. Los nativos, gentes del campo de Cartagena, con uno o dos niños, también alegres. Unos y otros, sin miedo a morir despeñados por esa carretera inverosímil con curvas a diez por hora.

Luego llegó F. con unas pizzas y A. y ella cortaron una sandía, de dimensiones medievales, en pequeños trozos. Acabamos de comer esa sandía a la hora de la merienda y yo me retiré a leer un rato, dejando a las dos amigas solas, para que continuaran con su charla. Pero ninguna cita más puedo traer aquí de ese día, porque me quedé dormido, con el libro abierto sobre la cara.



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jueves, 8 de septiembre de 2016

El sueño de dos meses de verano

 1 de septiembre de 2016

Hoy volvimos al trabajo. Es una frase deprimente. Es un momento duro.

No se me escapa la naturaleza del tiempo en que vivimos, y que son muchos, demasiados, los que estarían felices de poder escribir esa frase. Lo sé. Pero me puede el egoísmo y una acusada inclinación a la fantasía de vivir del aire. Tenemos, como más o menos todo el mundo, vocación de rentistas. Nuestra  utopía más querida es poder quedarnos en casa leyendo medio año, y el otro medio viajando por ahí. O un trimestre para cada cosa. Y que cada vez que necesitásemos comer o beber, o un abrigo o unos zapatos, o leer un libro porque el último ya lo hubiésemos terminado, acudir a nuestro albacea a que nos entregase la cantidad necesaria para ello, ni más ni menos. Una renta básica. 

Para que el golpe no sea traumático, me dio por soñar, no lo imposible, sino lo vivido este verano, y así, mientras me paseaba entre los pupitres, comencé a repasar lo que hemos hecho este verano, sin atender si los alumnos se copiaban o no, a ver si así podíamos aprobar a alguno...


Dos meses antes...

El primer día de julio P. se fue a Edimburgo y nosotros a La Azohía, invitados por F., una buena y vieja amiga de A.

Nunca hasta entonces, cuando la inivitación, habíamos oído nombrar ese lugar.

Es un pueblo de pescadores entre Cartagena y Mazarrón. Ahora ya hay pocos pescadores, pero tampoco hay muchos turistas. Creemos que el lugar apenas ha crecido porque para llegar a él hay que pasar una carretera estrecha y solitaria y cruzar un puerto con curvas que las señales de tráfico te recomiendan trazar a diez quilómetros por hora. El paisaje es pardo y seco. Los pueblos que se cruzan parecen vacíos. Almendros e higueras. En el de Canteras nos perdimos y acabamos en una camino sin salida, frente al cementerio. Cuando nos detuvimos, salían del camposanto un hombre y un muchacho. Les preguntamos. El hombre se puso muy contento de poder ayudarnos, probablemente porque no tendrá muchas oportunidades ni entretenimientos.

-Habéis venido a parar a donde nadie quiere venir- nos soltó este chascarrillo filosófico y antes de subirse a su furgoneta nos pidió que lo siguiésemos, que él nos pondría rumbo a nuestro destino.

El pueblo está en una esquina de una pequeña bahía, debajo de una torre, y la línea de la playa la ocupan casas de una o dos alturas del mismo color pardo que los cerros que hay tras ellas. Quedan media docena de pescadores, pero los turistas que han venido a sustituir esa actividad tampoco pasarán de esa cifra. Nos gustó mucho.

Una de esas casas la tenía alquilada F., en lo alto de una calle y con una terraza, enorme y llena de plantas, desde la que se veía toda la bahía, la vieja torre y, en la esquina, el antiguo pueblo de pescadores. Las calles estaban vacías y en el mar tres o cuatro barcas de recreo... En una de las habitaciones de la casa, tres adolescentes se abrazaban a un ordenador.

El día que llegamos estaba muy nublado, gris, plomizo. No parecía descabellado pensar que podría ponerse a llover en cualquier momento. Un día muy raro allí, nos dijo F., pues lo corriente es que salgan todos despejados, luminosos, abiertos... Al parecer, en algunas agencias de viajes que conocen este lugar prometen a sus clientes devolverles el dinero los días que no salga el sol o llueva.

No lo dije, pero yo estoy convencido que era cosa nuestra, porque cada vez que aparecemos por la Región de Murcia, desaparece su proverbial buen tiempo. A Murcia nosotros vamos siempre con paraguas, porque casi siempre nos llueve. Incluso en una ocasión vimos caer, sobre la hermosa capital, los copos de nieve. Tal vez, fantaseamos mientras pensábamos en esto, poseamos virtudes chamánicas y llevemos con nosotros  las nubes oscuras y la benéfica lluvia. En Asturias, también los amigos nos han acusado alguna vez de ello. A lo mejor, cuando haya sequía, podrían sacarnos en procesión...

Después de un paseo comimos en la terraza con los adolescentes y luego nos fuimos a leer un rato. A Stevenson, un libro precioso sobre Edimburgo, que es por donde andaba P., por sentirnos un poco a su lado. También se ocupaba del asunto del tiempo:

Edimburgo paga dolorosamente por su elevado enclave con uno de los climas más abominables que existen bajo el firmamento...

Al atardecer nos dimos un baño en un agua transparente y limpísima. Muy cerca, nos contó F., está el cabo Tiñoso, muy apreciado por los buceadores.

Durante la cena, también en la terraza de la casa de F., vimos cómo comenzaban a encenderse las luces del pueblo, y las de la vieja torre, y las de Mazarrón, algo más lejos y a la derecha... Fue un momento precioso. Se reflejaban en el agua como guirnaldas de colores en un día de fiesta.


EG







sábado, 2 de julio de 2016

Cerrado por descanso del personal

Un verano más nos vamos a lugares en los que no estaremos conectados a internet. P. también. Él se va mañana a Edimburgo y nosotros a un rincón más o menos perdido de la provincia de Cáceres, en la Raya con Portugal. Luego nos reencontraremos y subiremos a Asturias. A llevar una vida más o menos pastoril. 

En lugar del ordenador nos llevaremos una libreta (P. también), y unos cuantos libros. A Extremadura llevo el Capricho extremeño de Trapiello, unos cuentos de Torga y el Edimburgo, notas pintorescas, de Stevenson. Son libros muy pequeños, que caben en la palma de la mano y en el bolsillo del pantalón. Libros para llevar por ahí y andar ligero. Para ver mejor lo que se nos presente delante y tratar de imaginar lo que P. esté viendo. A Palacio tengo pensado llevarme algunas novelas de Camilleri y otro librillo de Stevenson, En defensa de los ociosos, que es, según reza en la solapa, "una irresistible invitación a rechazar la ética del trabajo y entregarse a los simples placeres de la vida (reír, beber, tumbarse al aire libre…). Un libro ingenioso y repleto de frases para anotar sobre la alegría de la ociosidad..." Para lo que vamos a hacer, el libro perfecto.

De manera que no volveremos a escribir nada aquí hasta septiembre. Dejamos, eso sí,  abierto este candil, por si acierta a pasar alguien. Y, como es costumbre de la casa, le dejamos estas dos canciones, de idéntico título, para que le ofrezcan compañía. A nosotros nos gustan mucho.

           
  
      

         

viernes, 1 de julio de 2016

Cómplices necesarios II



Hace unos días, mientras escribía la última entrada de este blog, me preguntó P. si podría hacer él una colaboración, escribir algo. También él quería decir su verdad, y me pedía un hueco en este candil. Me pareció estupendo. Siempre hemos visto este lugar como un pequeño huerto donde venir a pasar un rato cada día. En realidad, hace ya un tiempo que venimos solo de vez en vez, solo cuando nos apetece o tenemos tiempo, y son muchas las tardes que, por una u otra razón, no lo hacemos. O no tenemos tiempo o nos da pereza. Vi en la petición de P. una oportunidad espléndida para ir pasándole los trastos, y que sea él quien venga a cuidar del huerto. Fue decirle que sí, y se puso a ello. Aquí está su primera intervención:


Cuesta  encontrar el optimismo en un mapa inundado por un mar de neoliberalismo, que rompe sus olas contra los reductos norteños morados. También nos costó buscarlo aquella tarde de domingo cuando comenzó el escrutinio. La cara de mi tía L.,  hooligan de la formación morada desde que esta entró en la escena política, en el momento en el que J.C. recitaba los porcentajes que reflejaba el recuento  y que desmentían el sorpasso, era el resumen perfecto de  la noche. Se parecía a las caras que presentaron los dirigentes de la formación cuando salieron a hablar sobre los resultados, que contrastaban con las sonrisas y los memes de gatos (soy muy fan de La Cueva y de sus gatos) de la campaña.

El Correo Gallego

Estaba claro que la coalición era el comienzo, el tímido primer paso hacia algo mejor. Tal vez es debido al radicalismo propio mi edad, pero hoy en día tengo claro que las instituciones acotan demasiado las posibilidades de avanzar. Lo siento, pero mi opinión es que un partido jamás podrá reflejar un cambio profundo, la revolución no está en el voto. La calle es el único lugar donde se puede encontrar el cambio real. Entre las barricadas que se alzaron en la ciudad de París el 1 de mayo de 1968 aparecieron pintadas que decían que “Nos rêves ne rentrent pas dans vos urnes” (“nuestros sueños no caben en vuestras urnas”), una frase que creo que refleja a la perfección mi idea sobre la democracia representativa y lo que estoy intentando explicar en este párrafo. Sin embargo, si hubiese podido, habría votado, porque como ya he comentado, Unidos Podemos era el comienzo. Ahí he encontrado yo el optimismo. En la lucha:

-Tita, venga, anímate, ya está, otra vez a las calles.
-Ya, bueno…
Revista Polémica



Desde hace un tiempo estoy en la asamblea de estudiantes de mi ciudad y la última jornada de huelga me inspiró un gran optimismo. Más de quinientos estudiantes nos dejamos la voz frente a la delegación dejando claro que, “¡de norte a sur, de este a oeste, la lucha sigue cueste lo que cueste!”. Desde pequeño he asistido a diversas manifestaciones con mis padres, pero ninguna fue como esta. Se puede decir que siempre he estado implicado de alguna manera en política, pero ha sido durante este curso cuando explotó ese pensamiento crítico que se lleva incubando en mí desde hace mucho tiempo. 

+quealba

Para mí ha sido un gran curso, ha sido muy completo y ha estado lleno de divertidas actividades. Entre ellas, el intercambio en Francia. Supongo que si seguís este blog E. ya os habrá contado algo. El caso es que estábamos allí, en Aix-Les Bains, cuando Francia despertó, cuando Francia se levantó contra la ley de trabajo y todo su mundo. Bajo la gran bandera del Che que había en el salón de mi “casa de acogida francesa”, leí los primeros artículos que explicaban cómo los estudiantes franceses bloqueaban los lycées con contenedores, cómo aparecían las primeras barricadas, cómo ondeaban las banderas sobre la multitud, cómo se encendían las bengalas entre las nubes de gas lacrimógeno. Curiosamente, bajo la mirada perdida del guerrillero se leía su famosa frase: “Hasta la victoria siempre”,  y los franceses siguen hoy en pie de guerra contra la ley El Khomri. Creo que este es el ejemplo que hay que seguir, es la resistencia que evitará que el Partido Popular vuelva a repetir el expolio de los cuatro años anteriores (además, tendremos ayuda desde las instituciones por parte de 71 diputados).

P.

France 3

Alternative Libertaire

International business times

Rémy Soubanère

Rémy Soubanère


Por esto llamo a salir a la calle, a vencer la decepción de las elecciones y a defender nuestros derechos como gato panza arriba y a obtener el cambio que deseamos. Usemos estos malos resultados para fortalecernos en las calles, para que la lucha siga cueste lo que cueste y para ser cómplices necesarios de un mundo mejor.



#DEBOUT from Clement Gino on Vimeo.


PD: Los padres no sabemos qué decir. Entendemos que las manifestaciones que reclama nuestro hijo son las permitidas por la ley. El abuelo, en cambio, que está un poco al tanto de las ideas de su nieto, nos acusó el otro día de estar envenenándolo.