lunes, 12 de septiembre de 2016

El sueño... La Azohía II

Primeros días de julio. La Azohía, Cartagena


El día siguiente de nuestra llegada las cosas volvieron a su ser y amaneció un día espléndido, soleado y claro. Como acostumbra a amanecer en esta parte del mundo. 

Como F. tenía que acercarse a Cartagena, a unos recados, nos fuimos a desayunar por ahí, con las mochilas al hombro, para pasar después la mañana en la playa. Caminamos por el pueblo. Las casas junto a la orilla y las demás, que están detrás de estas y trepan el cerro oxidado, nos parecieron todas de una fealdad incontestable pero muy tierna. Están levantadas sin más pretensión que tener un techo frente al mar. Nada más. Muestra cada una una fisonomía diferente: encaladas unas, alicatadas otras, con balcones o sin ellos, con ventanas de VPO o de madera... Sin embargo, todas responden a la misma ausencia de gusto, lo cual concede al conjunto una gran armonía. Además, no se puede encontrar en ellas la más mínima pretensión, la más mínima fantasía, cosa que, en asuntos arquitectónicos, es de agradecer. La mayoría son pequeñas y del mismo color pardo seco que el cerro al que están subidas. La imagen de este caserío es la de un pueblo del Mediterráneo de hace setenta u ochenta años. Y solo por eso, nos parece, con toda su fealdad, bien bonito.

Desayunamos en un bar moderno frente a la playa. Éramos los únicos clientes. Apenas pasaban coches. De vez en cuando algunas personas. Por los altavoces sonaban canciones pegadizas. Se te enganchaban en el cerebro como el chicle a los zapatos.  "Yo trato, traoooo, pero no te olvidooo, / yo lucho, luchoooo, luchoooo, pero no lo consigooooo, / pongo todo de mi parte y no es sufisiente, / es como seguir nadando contra la corrienteeeee.../ Yo tratooo...

En la playa el agua era, otra vez, límpida y transparina, y nos dimos dos o tres baños. Mientras me secaba entre chapuzón y chapuzón, seguía con Stevenson.

 ¿Gana más un esforzado y codicioso constructor con una monstruosidad que con una casilla de campo de igual sencillez?

El dialecto escocés es singularmente rico en términos de reproche hacia el viento invernal.

Desde antiguo, la Universidad de Edimburgo ha sido escenario de heroicas peleas de bolas de nieve; uno de los tumultos alcanzó los honores épicos de requerir la intervención del ejército.

No he dejado que el hecho se inmiscuyera en la verdad de la imaginación...

Esta última nos gustó mucho.

Apenas había nadie, ni en la arena ni en el agua, y los pocos que estaban eran casi  todos alemanes. Además de la media docena de nativos, son los que abundan aquí. ¿Cómo se habrán enterado? Nosotros no habíamos oído hablar nunca de este lugar. Los alemanes son familias discretas con muchos niños alegres. Los nativos, gentes del campo de Cartagena, con uno o dos niños, también alegres. Unos y otros, sin miedo a morir despeñados por esa carretera inverosímil con curvas a diez por hora.

Luego llegó F. con unas pizzas y A. y ella cortaron una sandía, de dimensiones medievales, en pequeños trozos. Acabamos de comer esa sandía a la hora de la merienda y yo me retiré a leer un rato, dejando a las dos amigas solas, para que continuaran con su charla. Pero ninguna cita más puedo traer aquí de ese día, porque me quedé dormido, con el libro abierto sobre la cara.



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