viernes, 31 de enero de 2014

Llegaron los Reyes

Día de Reyes. Se levanta P. dando saltos de alegría, y yo con él, como si en lugar de la vida fuese esto una película musical...

No necesitamos nada que no tengamos en abundancia... Sin embargo, al fin más o menos humanos, nos inquieta a veces la codicia de ciertas cosas: algunos libros, músicas escogidas, vagas fantasías...

Hay varios paquetes en un rincón del salón, una prueba más, material y evidente, de la existencia de estos Reyes mágicos...

A mí, aunque no he sido bueno -que he tenido pensamientos muy negros y hasta he llegado a proferir palabras muy feas al ver el telediario-, me han dejado un delantal, dos libros (Librerías de Jorge Carrión -cada loco con su tema-, y La ciudad de los pasos lejanos -un libro amarillo y exquisito que habla de dos de las cosas que nos gustan mucho: Azorín y París) y dos discos ( el A ticket to Corfu, que sé de buena tinta que se lo pidió, para nosotros, mi hermano; y el Quédate conmigo de Javier Ruibal).

Y así, por estrenar el delantal, escuchando esas músicas acordadas, paso feliz la mañana, gobernando, para comer, una carne gobernada...



       


                       


jueves, 30 de enero de 2014

Esperando a los Reyes

Víspera de Reyes. Como si fuésemos chiquillos, nos pasamos este domingo -el mejor domingo del año sin duda alguna- mordiéndonos las uñas: ¿vendrán un año más, cuando llegue la noche?, ¿qué presentes nos traerán?, ¿serán de su gusto los polvorones que les vamos a dejar a los pies de la ventana?, ¿ y el güisqui? 

De todas las monarquías que reinan aún en el mundo, las únicas a las que uno es fiel son esta de los tres Magos de Oriente, la de Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, y por último la del rey Sebastián, aquel que se perdió en la batalla de Alacazarquivir, el Deseado, del que nada más se supo desde entonces y por el que todavía aguardan, a pesar de todo, algunos saudadosos en Portugal y el Brasil... 

Son estas, para nosotros, las únicas monarquías reales. Del resto no es difícil darse cuenta de que se trata de reyes supuestos, reyes de pacotilla y tres al cuarto, reyes de teatro grotesco y vulgar, como salidos de aquellos esperpentos que inventó Valle...

Sin embargo, con ser esto que decimos cosa bien clara, todavía hay pertinaces que insisten en declarar que nos existen estos tres Reyes Magos, y hasta se lo dicen a los niños cuando los ven un poco crecidos -lo que considero una gran crueldad-. Se olvidan estos desalmados de varios hechos bien probados: unas cuantas páginas de Pla, un libro de González Requena y, el argumento más contundente, la fe de tantísimos inocentes...

Así que fue ese domingo un día feliz. Salí muy temprano a por el periódico, compré un disco de los Beatles y un roscón, y luego me acerqué hasta el supermercado, que abría, a comprar los ingredientes necesarios para hacer un bizcocho con F. Nuestro primer bizcocho.

Nos pusimos manos a la obra mientras comenzaba el partido del Sporting contra el Zaragoza, en El Molinón. Puse el ordenador en la mesa de la cocina y mientras escuchaba las instrucciones de F., por el rabillo del ojo miraba para la pantalla. A los tres minutos, cuando no habíamos hecho más que empezar a mezclar los primeros ingredientes -batíamos las claras para que estuviesen a punto de nieve-, marcó el Zaragoza. 0-1. Batimos con más ímpetu, y vimos a un Sporting, mientras añadíamos el azúcar, las yemas y la harina, vigoroso, que provocó numerosas ocasiones. Consiguió empatar al filo del descanso, cuando estábamos con la raspadura de limón y el sobre de gaseosa... Y nada más comenzar el primer tiempo, gol de Sporting al tiempo que escanciábamos sobre la masa el aceite dorado. Felices, lo metimos al fin en el horno... Comenzó a crecer el bizcochón, y a dorar, al mismo tiempo que el juego de nuestro equipo. Parecía un alba de primavera dentro del horno. Subía y subía, engallado y con el color tostado de la piel de los veranos, del mismo modo que Scepanovis y Lekic remataban todos los balones... Pero, de pronto, la debacle: una expulsión, dos expulsiones, el empate del Zaragoza, un penalti en contra... Al mismo tiempo, el biszcochón, dentro del horno, comenzaba a desinflarse y se abría, hacia su izquierda, una brecha. Paró el penalti el portero, y pareció, por uno breves momentos, que el bizcochón podrías salvarse... Lo de la brecha lo achaqué yo a que había batido la mezcla F., que está coja de esa misma pierna, y que por eso la herida en la piel tostada del dulce...

Pero cuando ya el partido se acababa y era el tiempo de sacar el bizcochón del horno, el 2-3. Sacamos el redondo postre y todo lo que era esplendor se hundió irremediablemente como caen los imperios y perdió la color, y parecía, sobre la encimera, una torta pálida y mustia...

Pero era víspera de Reyes, y nada, ni una derrota amarga ni un bizcochón fracasado, iban a empañarnos una ilusión tan grande. Habrá otros partidos, y otras tardes para la repostería, pero vísperas de día de Reyes, de estas hay muy pocas...


miércoles, 29 de enero de 2014

El primer día

Comenzamos el año como lo acabamos, leyendo a Cunqueiro: "Una piedra quiere dar una representación propia, y lo logra. aunque tarde siglos. Yo suelo ilustrar esta teoría con las estatuas del profeta Daniel y de la reina Esther (...). Daniel está casi frente a Esther. A Daniel lo habrá labrado nuestro Mateo con sereno rostro, con la grave mirada profética, sosegado tras la aventura del foso de los leones. A Esther, Mateo la hizo tan hermosa como era, ensoñando, y con dulces pechos bajo el fino lino babilónico (...). Y al fin Daniel, contemplando la espléndida hermosura, un día -quizá una noche-, comenzó a sonreír, al principio tímidamente, pero luego se le abrió en el rostro una franca y alegre sonrisa (...). Un día, los canónigos compostelanos se dieron cuenta de que Daniel no le quitaba ojos a los levantados senos de Esther. Se corrió la voz y hubo que sacrificar los pechos de Esther, que a mi entender ya empezaba a levantar la cabeza hacia Daniel. Un cantero, un día, se los borró (...). Borraron los senos de Esther, pero ya nadie pudo borrar la sonrisa de Daniel, que sigue algo boquiabierto mirando para allí donde fueron las redondas delicias de la bella..."

Luego vimos un par de capítulos de The wrong mans, que nos recomendó nuestro amigo E. y que es historia que espanta las melancolías y abre sonrisas amplias en los labios, como esa de Daniel compostelano, y hasta, a veces, despierta la sonora, retumbante carcajada...



       

 A media tarde acompañé a P. a casa de sus primas. Iba a mi lado enfadado porque quería ir solo, pero ya estaba anocheciendo, yo soy un padre pusilánime, y ese primer día del año, a esa hora rara de la mediatarde, un día también raro. Efectivamente, solo nos cruzamos con gentes de sábado: figuras solitarias y cabizbajas, y sombras, tal vez esas sombras que han sido abandonadas por sus dueños, de tan usadas...

martes, 28 de enero de 2014

La última noche

Primera nochevieja en casa. Antes, lo sabemos por los vecinos, eran noches animadísimas en nuestra finca, con los vecinos gitanos del primero organizando unas zambras monumentales... Pero ahora, al haberse mudado, el silencio es completo, y como no cantemos nosotros, va a ser noche callada...

Por la mañana hicimos las últimas compras para la cena, esas cosas que solo se buscan en estas fechas y por las que luego, el resto del año, ya no preguntamos más: perdices, huevas de lumpo, sucedáneo de caviar, huevo hilado... 

Después de comer dejamos que las horas se fuesen cayendo sin hacer apenas nada porque, al parecer, era irremediable que el año acabase. Y así, cuando al fin salimos de nuestro ensimismamiento, era ya tiempo de ponernos a preparar la cena: los patés, las gambas y langostinos, los quesos variados, los embutidos finos, esas perdices, el huevo hilado... Fue una cena plácida y, sin el cuadro flamenco del primer piso, hoy vacío y ofrecido sin éxito en el mercado de alquiler, sin grandes algarabías...

Como terminamos pronto, antes de las campanadas nos dio tiempo a echar una partida a un juego que le regalaron en Asturias a P., un juego de zombies. A mí me pareció un poco tedioso, y las reglas tan intrincadas que no llegué a comprenderlas cabalmente. Fui el primero en ser devorado por la horda... Terminamos la partida unos minutos antes de las doce. Las uvas, como todos los años, me las tomé con calma, sin hacerle caso al televisor, y terminé de tomármelas diez minutos después de entrado el año nuevo...

Tragada la última y recogido el siniestro juego, comencé el año como todos, leyendo a Cunqueiro: "... cada año o dos mudamos de sombra, como muda de camisa la serpiente o de caparazón la centolla, y la sombra que nos queda corta, o va muy usada de rozarse contra los caminos, queda tirada aquí y allá..."

lunes, 27 de enero de 2014

Viejos libros y viejas canciones

Esperamos la llegada del nuevo año entre los libros de siempre. Cada año por estas fechas, leemos las mismas cosas: El "Libro de visitantes" de Jiménez Lozano...




..."La Navidad de un niño en Gales" de Dylan Thomas...



...("Por aquellos años, las Navidades se parecían tanto unas a otras en aquel remoto pueblo pesquero, Navidades carentes de todo sonido excepto del murmullo de voces distantes que sigo oyendo algunas veces antes de dormir, que nunca consigo recordar si estuvo nevando durante seis días con sus noches cuando yo tenía doce años, o si nevó durante doce noches y doce días cuando tenía seis...")... 




..."Los muertos" de Joyce ("Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombra, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos")...




...y cualquier página de Cunqueiro. Con ellos vamos consumiendo las últimas horas de todo un largo, ancho año... Por cierto que cuenta Cunqueiro, muy erudito de estas cosas, que para los antiguos gaélicos, los años tenían forma de gorro, y que hubo una vez un gigante que consiguió, no se sabe cómo, coger al vuelo uno de estos gorros que ya se iba, y retrasar así la muerte de un año, "como Josué detuvo la carrera del sol en día de batalla". Y recuerda que los años se pierden en el mar, al Oeste, y que nacen en el Levante, con "tímida faz infantil..."





jueves, 23 de enero de 2014

Viaje de vuelta

Al hacer el viaje por la mañana, pudimos contemplar el paisaje a nuestro gusto, y, a pesar de la velocidad, disfrutar de algunos detalles: vimos la sidrería El Ferroviariu en Ujo, una casa bautizada Villasola antes de llegar a la Pola, Santa Cristina de Lena, que brillaba al sol como una pequeña, valiosísima joya... El puerto lo subimos como siempre, como hace 200 años. Cuarenta y seis kilómetros en espiral que ascienden 1.000 metros a través de noventa túneles -cuando Alfonso XII lo inauguró, eran setenta-. Se sube como se baja, en zigzag, razón por la cual se tarda lo que se tarda y es posible ver los pueblos colgados de la montaña, y los picos, varias veces, ora a la izquierda, ora a la derecha... Una lección de perspectivismo...

Sin demasiados medios para lo que hoy se estila, el trazado de 1884 se concluyó en cuatro años. Hoy ya son diez desde que se iniciaron  las obras: dos túneles  rectos de veinticinco kilómetros que traspasan las enormes montañas y serán un paso franco y rápido hacia la Meseta, nos decían... Parece ser que no saben cómo detener las filtraciones de agua, verdaderos manantiales que manan de las paredes de esos túneles modernos. El otro día un trabajador colgó en internet estas imágenes...


            


Lo más probable es que los paisanos del lugar supiesen desde el primer momento lo que iba a ocurrir. Conocen bien por donde corre el agua, incluida la subterránea. Pero seguramente nadie les preguntó. Y así, mientras los geólogos e ingenieros hacían sus estudios y sus cálculos complejos, ellos movían la cabeza de un lado a otro, fatales y sombríos. Ahora, en los chigres de esos pueblos diminutos, en los bares de Campomanes y la Pola, contarán que ya sabían ellos que esto iba a suceder... Y no será cosa de presunción, sino testimonio verdadero. Esto, en las obras públicas de Asturias, es un clásico, y ha sucedido muchas veces. Los vecinos avisan a las autoridades  de que ese es un paso falso, propenso a los argayos, o un lugar peligroso azotado por los vientos, y que no es conveniente abrir el camino por ese lugar, o levantar el refugio en esa majada... Pero las autoridades y los ingenieros piensan otra cosa y no hacen caso. Y al final, la carretera se hunde y el refugio sale volando por los aires... 

El caso es que creo que vamos a seguir subiendo y bajando esos cuarenta y seis kilómetros, dando vueltas como un berbiquí, largo tiempo...

Había poca nieve en el alto, tan solo algunos armiños tendidos al sol en los picos más altos... Y ya hicimos cumbre en Busdongo, donde los panes redondos, rotundos, medievales, y desde ese lugar se lanzó el tren alegre cuesta abajo, camino de los abiertos horizontes castellanos... Van pasando los pueblos, las villas, las ciudades (Villamanín, Villasimpliz, La Robla, León, Sahagún, Palencia, Valladolid...) y nos desentendemos del paisaje, monótono, y leemos el periódico (Lindo, Vicent, Carlin, y La Nueva España de la primera a la última página).

En Madrid, una pareja  que hace viaje hasta Alicante muestra una y otra vez, en alta voz, su asombro ante el cielo de Madrid que se ve pulido, límpido, deslumbrante... A los del Norte oscuro nos impresionan los campos infinitos y estos cielos azules y luminosos de Castilla... Poco a poco, camino ya de nuestro destino, esa luz se fue apagando muy lentamente: se volvió violeta el azul tan limpio y, sobre la línea del horizonte, de un amarillo limón, se inició un incendio prodigioso que fue apagando el frío de la noche...

Llegamos a oscuras a Albacete. Menos mal que nos esperaba el abrazo de A., su sonrisa llena de luz... Menos mal.

miércoles, 22 de enero de 2014

La estancia VII

Último día.

Al mediodía vino M. a comer con nosotros. Quería ver a P. antes de nuestra marcha y, aunque tenía que arbitrar en Avilés, quiso despedirse. Durante la comida, fue muy paciente contestando a mis padres sobre esa labor suya del arbitraje, que se ha tomado muy en serio. Como es un chico inteligente, arbitra partidos de baloncesto, que, mal que nos pese, es un deporte mucho más civilizado que el fútbol. Sin embargo, nos confiesa, a veces aparece algún energúmeno entre los espectadores, y también ha tenido que pitar alguna técnica descalificante a algún jugador -jugadora para ser más precisos-, por menospreciar su labor de un modo grosero e intolerable... Pero son casos aislados...

Después de comer nos fuimos los tres a dar una vuelta por Mieres. P. y M.andaban a lo suyo, y yo sacando fotos...


(El bilingüismo en la calle: frente a frente, una acera en asturiano, la otra en castellano).



(Todos los muros deberían tener una proclama. Y una sombra que pasase furtiva sobre ellos. En este, a la derecha, la del fotógrafo).

En la zona de la vieja estación del Vasco, nos encontramos con unos edificios de muy novedosa arquitectura. Vistos fuera de contexto, parecían como de otra ciudad, más propios de un barrio nuevo en Berlín o Malmöe... Edificios de esa clase que sale en las revistas de arquitectura y, de vez en cuando, en las páginas de cultura de El País. Se ven distintos. Lo que no sabemos es cómo se vivirá dentro, si aguantarán los vendavales que traiga el invierno, las grandes lluvias, el viento salvaje del Oeste o, si la cosa no es tan tremenda, las cotidianas corrientes de aire. Si se escucharán las discusiones de los vecinos, sus risas o sus llantos, los suspiros de amor... Eso, vistos desde fuera, no se puede saber.


Ya de vuelta a casa, sacamos estas:


(A ese estanque le daba sombra, en nuestra infancia, un soberbio sauce llorón).


(Un paraguas huérfano, abandonado en el arroyo, como heroína de folletín).


(En esta calle, me parece, vivía una muchacha que nos gustaba mucho en octavo de EGB. Me parece).


Y ya nos fuimos a Oviedo, a llevar a M., que lo esperaban para su viaje a Avilés, y a despedirnos de los sobrinos y devolverle el coche a mi hermano. Por el camino, a la altura de Soto de Ribera, nos llamó H. Estaban en el auditorio, él y N., en un salón manga. Aparcamos el coche detrás de la Facultad de Biología y nos acercamos. Yo no había estado nunca en un lugar así. El ambiente era inenarrable. Las juventud iba  de un lado a otro disfrazada con los más insólitos ropajes, emulando a toda clase de personajes desconocidos para mí. N. y P., como críos que son, pasaban más o menos desapercibidos.Por el contrario, H. y yo desentonábamos un poco. Sin embargo, nadie reparaba en nosotros, concentrados como estaban en sus mundos paralelos. Del mismo modo que tampoco a nosotros nos importaba nada. P. estaba entusiasmado porque encontró no sé qué figuras de una serie de la que él y su prima C. son muy partidarios, y se compró, para él y para su prima, tres o cuatro cosas, al parecer inencontrables en la vida corriente. Aquello parecía un reino extravagante y encantado. Subimos en ascensor hacia la azotea. H., P., N., dos hadas, tres elfos y quien esto escribe. Tendrían que haberme atrevido a pedirles a alguien que nos sacará una foto de grupo... En cambio, eché yo estas, con el móvil, que es casi tan viejo como el coche de mi hermano...





Luego, en La Corredoria, cenamos unas hamburguesas con los sobrinos y, ya de noche, nos devolvió de regreso a casa mi hermano. Llovía y y los limpiaparabrisas rascaban ásperos el cristal del coche.