viernes, 2 de diciembre de 2016

Verano en Asturias 2016 (Libros en Villaviciosa)

Fue una tarde feliz. Nos acercamos a Villaviciosa, invitados por H. y C., a una feria de editoriales asturianas.

C. nos presentó al los de Aventuras Literarias; H. al de Hoja de Lata. Ellos mismos estaban allí con los suyos, los de Malasangre. Parece mentira que en una provincia tan pequeña hayan aparecido gentes tan estupendas y valientes, y que estén haciendo tan bien su trabajo, por el que sienten un amor tan grande que sacan unos libros preciosos, por dentro y por fuera. Tenían allí expuestos los frutos de ese trabajo, como los hortelanos en sus ferias, y daba gusto pasearse frente a ellos, tocarlos - a olerlos no nos atrevimos, por si nos consideraban sus padres unos pervertidos-, leer unas cuantas líneas...

Luego, nos presentó R. al bibliotecario municipal. Un personaje. Nos invitó a visitar su lugar de trabajo. Nos enseñó, sobre todo, la parte de los tebeos, que cuida como el horticultor sus rosales. Tomaba un tomo con el mismo cuidado que si tuviese en sus manos una Chrysler Imperial, y pasaba las hojas como quien acaricia sus más de cincuenta pétalos rojos, y nos contaba que en las universidades de Madrid, que lo han visitado, no se acaban de creer que un sito como ese, unos fondos como los que está acopiando, sean la labor de una única persona. A continuación nos preguntaba si conocíamos el libro que acunaba entre sus blancas manos. Como en la mayoría de los casos le decíamos que no, lo abría con esa delicadeza que queda dicha, y nos daba explicaciones muy eruditas y amenas sobre el volumen. Si por el contrario lo conocíamos -por ejemplo Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares, o el Asterios Polyp de David Mazzucchelli -, entonces lo volvía a colocar donde lo había tomado y pasaba a otro sin decir nada. Estuvimos allí más de una hora.

Acabamos la tarde en la terraza de un bar de la calle del Agua -una que sale ahora en el anuncio de la lotería- hablando de esto y lo otro con nuestros amigos, y con amigos de estos, todos encantadores... Hay tardes en las que el mundo no podría estar mejor pensado.


 www.letrascorsarias.com

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Vera amicitia

Asomó la cabeza por la puerta del departamento y nos lanzó una pregunta:

-¿Os acordáis de aquel muchacho de mi pueblo, amigo mío, que es poeta y que os ofrecí hace un par de años para que viniese a recitarles a los alumnos?

En aquel momento estábamos solos M.J. y yo, en silencio, concentrados cada uno en la corrección de unos exámenes. No nos dio tiempo a contestarle.

-Ya os habréis enterado. Ha ganado el Premio Nacional de Poesía. Amiguísimo mío. No ha parado de ganar premios desde que empezó a escribir. Y es tan amigo mío, que si ahora cambiáis de opinión, os lo traigo para que les eche unos versos a los críos...

Íbamos a darle la enhorabuena, para que se la hiciese llegar a su amigo, pero no nos dejó meter baza. Prosiguió, sin apenas tomar un poco de aire:

-Tan amigos somos que hace muy poco le he regalado un Barceló. Tenía el muchacho ese afán, el de tener un cuadro de ese pintor, y yo, como amigo verdadero que soy suyo, le dije que iba a ver si tenía alguno por casa... Porque yo, cuando era más joven, mientras la gente se gastaba el dinero en irse por ahí de viaje, yo me lo gastaba en arte. Tengo cuadros de mucha gente: Saura, Tapies, Antonio Ló... -no sé por qué razón, se comió esa última sílaba, tal vez porque se dio cuenta de que estaba apuntando muy alto-. Y sí, tenía un Barceló. Y se lo regalé, porque, no sé si ya os lo he dicho, somos amiguísimos.

Y mientras esto decía sacó el móvil del bolsillo del pantalón y nos mostró las últimas conversaciones, vía wasap, que había cruzado con ese poeta pasiano y amigo y premio nacional suyo.

-Mirad...- y nos mostró el cuadro, una cosa abstracta y por lo tanto irreconocible, y las frases que se habían cruzado, los agradecimientos del poeta, y las respuestas de nuestro compañero, como sacadas estas del De Amicitia de Cicerón, o de Salustio. Más que una conversación, parecía aquello una colección de aforismos. Las respuestas de nuestro compañero a los agradecimientos del muchacho poeta venían a decir todas lo mismo: que la amistad verdadera vale un potosí, quiero decir un Barceló, y que no había, por tanto, nada que agradecer. Si hubiesen estado en latín, no nos habría extrañado en absoluto:

Nam idem velle atque idem nolle, ea demum firma amicitia est, por ejemplo.

Entonces vinieron a buscarlo los amigotes, para comenzar la partida de chinos -en mi instituto, todos los recreos, se reúnen unos cuantos, todos varones, para echar tumultuosas partidas, a grandes voces, mientras desayunan, y cada dos o tres días le cantan el Cumpleaños feliz al que le toque, porque como son tantos, siempre hay alguno que celebra el suyo...-

-Lo que os decía al principio-finalizó-. Si lo llamáis vosotros no va a venir, pero si se lo digo yo, lo tenéis aquí al día siguiente. Por la amistad que nos une.

Cuando al fin se marchó, nos miramos M.J. y yo. M. J. y yo llevamos trabajando juntos más de veinte años, por lo que nos basta con media mirada para entendernos.

-Esto -me preguntó M.J.- ¿ha pasado como me parece a mí que ha pasado, o es que después de corregir tanta barbaridad sufro alucinanciones?

-Nada de alucinaciones, compañera. Tal cual. Que le apretaba a su amigo el deseo de poseer un Barceló y que fue él a ver si tenía uno por casa, y que sí, que lo tenía... Tal cual- la tranquilicé, confirmándole que todo había sido como a ella le había parecido que había sucedido.


 Un Barceló que encontré por ahí
www.blog.elpaís.com

domingo, 27 de noviembre de 2016

Verano en Asturias, 2016 (Palacio)

Nos despertaron los voladores. Su sonido seco, redondo, hueco. Los lanzaban desde La Malatería, que estaban de fiesta. Lo más bonito de los voladores es el silencio que dejan luego, y esa estela de humo en el cielo, esa nube diminuta y parda que se disuelve en un instante. En Palacio el silencio es un gran compañero. Hasta puedes conversar con él. Son muy pocos los ruidos que llegan hasta allí. El claxon de la furgoneta del panadero, alguna conversación de las gentes que pasan delante de la casa, el sonido de un tractor, la guadaña que corta el aire y la hierba de un solo tajo, las esquilas del ganado, la lluvia al caer... Músicas acordadas que dejan luego un silencio reparador y terapéutico.

En Llanes, en cambio, todo es ruido, y gente, y camareros que tratan de hacerte pasar a su taberna, como el pastor que agrupa a sus cabras para meterlas en el corral. Y coches y turistas, y hasta la lluvia, cuando cae, lo hace con un ruido más feo... A nosotros nos gusta mucho la gente, pero de una en una. Juntas y ruidosas nos gustan menos. Tenemos ese punto aristocrático que no sabemos muy bien de dónde nos vendrá, siendo quienes somos, uno más de todos esos turistas, ni más ni menos que ellos, nadie, se podría decir que somos, como casi todo el mundo. Cuentan que en invierno Llanes se vuelve un pueblo triste y melancólico. No sé, me gustaría verlo. Hace muchos años, invitados por una amiga, llegábamos al pueblo la primera semana de julio, antes de que desembarcasen los turistas. Era, entonces, como si fuese el invierno, porque, ya digo, no había llegado todavía casi nadie. Y nos gustaba muchísimo.

Ahora bajamos a Llanes muy raras veces, a hacer la compra algún día. Intentamos cumplir con esos mandados lo más rápidamente posible y nos volvemos a nuestro jardín, a contarles todas estas cosas al silencio que vive allí. Enfrente, al Benzúa se le suele poner una nube en la cumbre. Como un turbante. A menudo, esa nube crece poco a poco, como si quisiese arropar a la montaña que, al final, acaba por dormirse y desaparecer.




martes, 22 de noviembre de 2016

El misterio de las palomas muertas

Me hizo caer en la cuenta un compañero, al entrar al instituto. En el pequeño jardín que hay a la derecha se veían unas plumas, como si alguien hubiese despanzurrado un cojín.

-Tiene que haber por aquí algún ave de presa, mira qué ha hecho con esas dos palomas...

Luego, cuando volvía por el carril-bici, tuve que esquivar el cadáver de otro par, estas sin desplumar, como si estuviesen dormidas. Me fijé mejor y vi que sobre el césped del parque había media docena, en la misma posición. Y un poco más adelante, una víctima más, esta también medió devorada, como las del instituto.

Y el domingo pasado, en el paseo que nos solemos dar A. y este que esto escribe, por hacer algo de ejercicio, de nuevo el mismo panorama. Contamos más de una docena. Caídas sobre la arena unas, otras flotando en el agua muerta de la fuente. Empezamos a hacer cábalas.

-A lo mejor anda alguien por ahí echándoles veneno -aventuró A.- Las palomas no son muy populares.

-A mí me parece un caso evidente de asesinato en serie. Debe de haber por aquí una paloma psicópata, que las va matando una a una. Y lo de despanzurrar a algunas lo hará para despistar a la policía de las palomas. Seguramente ya andará ocupándose del caso el Maigret del mundo colombino-dije yo.

-Me parece que lees demasiadas novelas policiacas.

Seguimos así un rato. A. que si a lo mejor habían sido los fríos repentinos de los últimos días; yo que tal vez habrían caído fulminadas por un ataque al corazón, pues también tendrán las palomas sus dolencias coronarias, por qué no...

Vimos un par de fiambres más y, al lado de la última, un grupo de compañeras que picoteaban en la hierba con total despreocupación.

-Míralas -avisé a A.- Esas seguro que saben algo, las muy pellejas. Se nota que están disimulando...Vamos a interrogarlas...

Entonces me cogió A. del brazo y me hizo caminar un poco más deprisa, y cambiar de tema.

Pero yo sigo dándole vueltas a la cabeza a esas muertes misteriosas, y continúo albergando teorías de todas clases. Tan cerca de nosotros a todas horas, animales urbanos como nosotros, seguro que se parecen más de lo que nos gustaría y mucho más de lo que podemos imaginar. De manera que yo sigo en mis trece. Ni ave de presa ni veneno ni frío que valga. Eso ha sido un asesinato en toda regla.


jueves, 17 de noviembre de 2016

Verano en Asturias, 2016 (La luna llena)

El otro día salió, al parecer, una luna llena como no se volverá a ver en setenta años. Si ese es el plazo, la verán otros. A lo mejor fue por eso, porque nosotros nos iremos y seguirán los pájaros cantando, por lo que no le hicimos mucho caso. No salimos de casa. Solo, cuando ya había oscurecido, al pasar por delante de alguna ventana, nos fijábamos por si estaba ya allí, esa luna prodigiosa. No estaba. Nos fuimos a la cama sin haberla visto. No nos importó. Porque este verano ya nos habíamos encontrado con una luna maravillosa, no sé si más grande que esta, al parecer no, pero desde luego no menos hermosa, de eso estamos seguros.

Volvíamos de Oviedo (con la alfombrilla de baño para mi madre en el maletero), y al salir de una curva, pasado el alto de El Caleyu, allí estaba: la luna llena más hermosa que recordamos haber visto. Enorme y de color pergamino. Nos acompañó los diez minutos que dura el viaje a casa. Fue saltando a nuestro lado. Primero sobre el Aramo, luego la Armatilla, Santo Emiliano, Seana... Al llegar a casa se quedó al fin quieta. Como un sello antiguo sobre el papel de seda del cielo de verano.


 www.efefuturo.com

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Verano en Asturias, 2016 (Mi madre)

Mi madre lee el periódico. Las esquelas:

- Bonifacia, Ludivino... ¡Vaya nombre que les ponen a algunos! Probes...

Mi madre, que se llama Mercedes, habría preferido que la hubiesen bautizado con otro nombre. Raquel, a mi madre le habría gustado llamarse Raquel. Mi madre, cuando tenía que encargar algo, la reparación de unos viejos zapatos, por ejemplo, al preguntarle el zapatero a nombre de quién apuntaba el encargo, mi madre le contestaba que a Raquel, Raquel García. Y a veces llamaban al timbre y preguntaban por esa mujer, por Raquel, Raquel García, que era mi madre.

Mi madre, después de leer el periódico:

-No quiero que me compréis nada, no se os vaya a ocurrir. Ni ropa, ni perfumes, ni abalorios... Nada. Eso sí, cuando vayáis a Oviedo, tenéis que traerme una alfombrilla para el baño, la más barata que encontréis...

Mi madre está escribiendo, a petición de mi prima M.J., sus recuerdos de Ablaña. En una libreta verde. Lleva escritas un par de páginas.

Ayer le pregunté si había escrito algo más.

-Huy, qué va... ¿No ves que ahora tengo una letra muy fea?


Mi madre, cuando llama por teléfono, si no le contestan al segundo o tercer tono decide que no hay nadie al otro lado y cuelga, un tanto despechada. 

Mi madre, cuando llama por teléfono, presiona cada número con tanta fuerza y tan largamente que en ocasiones le contestan personas que no conoce.

Mi madre tiene la risa fácil y la voz muy joven.



lunes, 7 de noviembre de 2016

Crítica literaria II

Este verano, en la playa. 

Debajo de una sombrilla, cada uno en su hamaca, una pareja de sesenta y tantos. Él leía Como agua que fluye, de Yourcenar; ella, El perro de los Baskerville, de Conan Doyle. 

A los diez minutos, el hombre se durmió profundamente, la boca abierta y el libro caído sobre el regazo; ella no, ella pasaba una página tras otra con los ojos llenos de entusiasmo, ajena a todo lo que la rodeaba: los chiquillos que jugaban con la arena, los gritos de los adolescentes persiguiéndose, los chillidos de los bañistas que saltaban, rodeados de espumas, las blancas, altas olas. Tampoco la distraían los ronquidos de su marido. Como si no escuchase nada, como si estuviese sola. Sola y muy lejos y muy feliz.