miércoles, 26 de marzo de 2014

El luthier de Delft (II)

Si todos los libros fuesen como este, el mundo sería, no me cabe duda, mucho mejor. Partiendo de un cuadro, pequeñísimo cuadro, nos lleva de la mano, en amenísimo viaje, por las calles de la ciudad de Delft, por los descubrimientos ópticos del siglo XVII y por la casa y la biblioteca de un pulidor de lentes llamado Baruch Spinoza. Y desde ahí, continuando tan sabroso itinerario, pasamos a los talleres de los luthiers para saber del arte de construir instrumentos. Y al hablar de la maderas con las que componían estos, nos lanza a la aventura de las grandes navegaciones, a las largas travesías de ultramar. Para terminar con la visita a un museo imaginario, aquel que colgase en sus muros los cuadros de los maestros holandeses que representan gentes tocando esos artefactos armónicos (laúdes, cítaras, virginales), y mientras pasmos de una sala a otra, nos da noticia de la vida de los pintores que los compusieron ("Las de estos pintores fueron vidas roturadas por una misma esteva, viajes italianos, aventuras etílicas, fascinación por el claroscuro, regreso a la patria, encargos, azar, supervivencia") y también de las gentes comunes (burgueses, músicos, criados, alcahuetas, buhoneros...) que salen retratados en ellos. Se nos va informando de todas estas cosas, y de algunas más, con poética sencillez y una erudición que no resulta jamás pesada. Muy al contrario, es en cada página jugosa y alegre.



Alienta en este libro, lleno de saberes prodigiosos, la pura curiosidad humana, la alegría de saber y vivir.




Libro sobre un cuadro, sobre la pintura holandesa, sobre música e instrumentos, y también un libro sobre otros libros, sobre la aventura de leer, escribir, saber...

"La necesidad de saber, de un saber entendido como comprensión del mundo, tan propio del reducto humanista que pervive en la modernidad, hizo que en el siglo XVIII las bibliotecas privadas aumentaran de manera insospechada. Si pensamos que unos ciento sesenta fueron suficientes para las estanterías de Spinoza, estos ya resultaban irrisorios para un lector de mediados del siglo XIX (...). Friedrich Nietzsche, en una carta a su madre escrita desde Niza, cuenta que apenas podía moverse por la habitación, atestada de libros como estaba; metidos en cajas, en el suelo, bajo la cama, por todas partes. Walter Benjamin tuvo un cuidado extremo de los que adquiría (...). Llegaron a ser tantos los almacenados en la breve eternidad de la biblioteca que a menudo sus dueños los compraban por el ánimo de tenerlos, a sabiendas de que, seguramente, jamás podrían alcanzar a leerlos. Esto recuerda aquello que Jorge Luis Borges relataba acerca de los diecisiete volúmenes de Las mil y una noches, cuya sola presencia en el dormitorio, aun sin haber leído todas sus historias, decía que le confortaba en el momento de acostarse. La vida no suministra tanto estar con uno mismo, tanto tiempo de lectura. Así que la sola compañía de los libros ofrece abrigo y calma".


Libro sabio donde se leen, además de todo, multitud de frases que bien podrían servir para un volumen de aforismos: 

"Saber escuchar, saber pensar los días, no correr más que lo que corre la jornada en su ciclo solar..."

"Escribir, leer deja tanto poso como los días..."

"Musica dulce laborum levamen; pues sí, la música hace más ligero el trabajo".







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