viernes, 31 de octubre de 2014

Las playas

Las playas de esta costa parecen teatros griegos. Será por eso que el mar se pone trágico algunas veces. 

Contemplar el mar, sobre todo si está agitado y violento, provoca la catarsis aristotélica.

Las galernas de este invierno fueron dramáticas, de exagerada escenografía. Hasta las sacaron por televisión. Se abatieron contra la costa y las playas de una forma cruel. Todavía se pueden ver algunas heridas, abiertas aún, sin cicatrizar.

Una de las paredes de la playa de Barro nos la encontramos descarnada. Se ve una palmera con las raíces al aire, como las barbas sucias de un vagabundo o un brujo. Presenta también un gran tramo mordido, como una encía abierta... 

En la playa, los días de sol, el espectáculo humano es interminable y variadísimo. A nuestro lado se suele tumbar una mujer-anchoa. Delgadísima, bronceadísima y veteranísima. Probablemente demasiado para tanta delgadez y tanto bronce. Como una anchoa.

Atardece en la playa. Se me despierta la fantasía de ser, algún día, el último que la abandone. Vería el sol perderse en el horizonte como rueda una naranja por la mesa de la cocina...

El otro día, en una playa de Llanes, le cayó un rayo a uno de mi pueblo. Afortunadamente, no le partió por la mitad. Le entró por un pie y le salió por un hombro, todo en la siniestra parte. Lo contaron en el periódico. Tan solo tuvo que pasar unas horas en el hospital, porque, al parecer, si uno sale entero de una cosa así, como fue el caso, no es raro que después se muera de un infarto.

La playa de La Ballota, junto a la de Andrín, que está su lado, son, tal vez, las playas más hermosas del mundo. Las fuimos a ver desde un mirador que hay en lo alto, al lado del campo de golf. Antes fue un pequeño aeropuerto, dedes del que dicen que despegaron los aviones del la Legión Cóndor para bombardear Guernica. Luego bajamos al pueblo. Dimos unas vueltas y nos sentamos en un bar a tomar unos culetes de sidra. A la vuelta, cuando íbamos a recoger los coches, nos estaba esperando un paisano, pequeño y hablador. Según él, no habíamos aparcado bien los coches. Y se lanzó a contarnos su vida de taxista en Caracas, donde estuvo emigrado largos años, y de su pericia al volante, de la que todo el mundo se hacía lenguas en aquella populosa y caótica urbe. Estuvimos casi una hora escuchándolo... Parecía un actor clásico y antiguo -noventa años nos dijo que tenía-, y nosotros un público entregado.





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