Mostrando entradas con la etiqueta Crónica fugaz de un verano circular. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crónica fugaz de un verano circular. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Él círculo cerrado (el final del verano)

Y así como lo comenzamos, dimos por concluido el verano: en Úbeda, en la piscina y sin hacer prácticamente nada...

De camino, que nos pilla su pueblo al paso, paramos a saludar a S. Como siempre, se nos fue el tiempo entre risas, historias peregrinas y la contemplación de sus últimos cuadros. Nos avisó de que a finales de septiembre expondría en Albacete y nos enseñó dos de los cuadros que iban a ir a esa muestra (ver crónica); nos mostró también el último disco de Lorena Álvarez, en vinilo, que había comprado por internet y que le había llegado con una nota manuscrita: en una hoja cuadriculada de cuaderno escolar, la cantante le agradecía la compra. Comenzaba, esa nota, así:  "Hola, soy la verdadera Lorena Álvarez y...".  Escuchamos un par de canciones en el precioso mueble-tocadiscos que se trajo de Berlín y luego, en el piso de arriba, sin salirnos del registro musical, nos enseñó el piano que se acababa de comprar (nos confesó, mientras recorría las teclas alegremente con sus dedos llenos de pintura, que no piensa en ponerse a estudiar para pianista, ni hablar de eso, pero que, entre pincelada y pincelada, a veces sube hasta ese salón y hace como si supiese, y que eso no solo le relaja sino que, a veces, hasta suena bonito...).

Ya en Úbeda, una mañana bajamos a visitar San Lorenzo, por ver las obras y mejoras que le están haciendo, y también, por qué no confesarlo, para cotillear un poco en el lugar al que volveríamos, recién comenzado septiembre, para el concierto de homenaje a Sabina donde iba a cantar el primo de A. (Ver crónica). A la salida nos abordó un vecino del barrio. Parlanchín, desenvuelto, como de sesenta o setenta años bien llevados Nos preguntó si éramos turistas. A. le contestó, un tanto ofendida, que no.

-Y entonces, de quién eres - indagó.
-Mi abuelo era Pedro "Mañas", y mi abuela Anita Toral...

Hizo entonces el hombre grandes aspavientos.

-¿Qué me estás dicindo? Pedro y Anita. Claro que los conozco. Si yo viví en la calle Chirinos, dos portales más arriba de su casa...

Y ya se lanzó al relato de aquellos viejos y buenos tiempos. Luego, ganada ya la confianza, nos confesó que era poeta, y que le tenía dedicados muchos versos al pueblo y a sus vecinos más ilustres.

-A Muñoz Molina le compuse una cuando le dieron el Planeta. 

Y allí, en mitad de la calle, mientras le compraba el pan al panadero que acababa de llegar en su furgoneta, nos recitó ese poema de memoria, declamando los versos con la pausa y el cuidado con que tratamos las palabras que nos parecen muy importantes. Nos invitó entonces a su casa, pegada a los muros de la iglesia, y nos enseñó muchos otros poemas que tiene encuadernados con gusanillo, y la carta de Muñoz Molina con la que le contestó la fineza de aquellos versos, y otra de la Casa Real, que también les compuso unas estrofas a los reyes cuando se casaron... Quiso enseñarnos el cuarto donde escribe todas esas cosas. Subimos tras él, por unas pinas escaleras. El cuarto, rectangular y austero, tenía tres ventanas a unos de los paisajes más hermosos que hayamos visto: toda la vega del Guadalquivir, como en un diorama, se extendía a los pies de esos ventanales de VPO, como un gran mar. Y si eso no fuese suficiente, en el horizonte, las sierras magníficas de Cazorla y Mágina... Un panorama inmenso, de belleza apabullante. Yo le dije que con un escanario así, era normal que hubises salido poeta, y que también eso de que me recordaba, esa estampa magnífica, al mismísimo mar...Me contestó entonces con otro poema suyo, donde comparaba las luces de los pueblos, en mitad de la noche , con los fanales de los barcos en mitad de las aguas salobres.

-Desde aquí, los días claros, veo desde Jaén hasta Cazorla y la puerta del Segura...- nos explicó.

Nos despedimos al rato con grandes cortesías, prometiéndole que no dejaríamos de leer sus poemas, que nos había avisado antes que los tiene, además de encuadernados, colgados en internet (ver aquí).

A parte de este encuentro, y de unos tirantes que me compré, no nos sucedió, en esos últimos días de las vacaciones, ninguna otra cosa de mención. Nos dedicamos, por tanto, a hacer lo menos posible. Por las mañana, no muy temprano, íbamos a nadar; por las noches, no muy tarde, a tomar cervezas en las terrazas abarrotadas. En el intermedio, leíamos novelas policiacas, dormitábamos descoyuntados en el sofá, soñábamos con un verano dulce y eterno...

Cuando nos fuimos al fin, el verano inclinaba la cabeza, a punto de ponerse dormir, él también, hasta el año siguiente. Cuando abandonamos el pueblo, quedaba este envuelto en una enconada  polémica a propósito de una bandera gigante, de la patria, claro, que el alcalde ha colocado a la entrada de la ciudad. Pero nosotros no entrabamos, salíamos, y esa bandera gigantesca la dejamos ondeando detrás...

martes, 11 de noviembre de 2014

Una visita que hacía diez años que no hacíamos...

La Feria de Muestras

De la última visita hacía, efectivamente, y contando los años con los dedos de las manos, diez. Acudimos entonces, después de otros diez en barbecho, porque le apetecía a mi madre. Mi padre no quiso ir y fuimos mi madre, A., P. y yo. Tenía P. tres años y, después de la comida, se perdió. Solo fueron un par de minutos, pero a mí casi me da un vahído. Lo encontramos frente a un puesto mirando unas banderas de Asturias y de Fernando Alonso.

Y de la misma manera que aquella vez la encontramos igual que diez años antes, así ahora. Seguramente sea esta la razón por la que los asturianos sentimos tanto apego hacia ella. Dices la Feria, y no es necesario arrimarle adjetivo alguno, todo el mundo sabe a qué feria nos referimos. En la infancia la visitábamos, religiosamente, cada verano. Cuando niños. Cada verano los mismos pabellones, los mismos negocios, los mismos puestos de comida y de bebida. Cuando críos, comíamos en el Pueblo de Asturias, de las fiambreras que llevaba mi madre -tortilla de patatas y filetes empanados-, a la sombra de un hórreo.

Y ahora, tantos años después, sigue sin notarse ningún cambio: los mismos negocios de coches, caravanas o casas prefabricadas, la mismas baterías de cocina, o sartenes, o fregonas, o aviones boomerang... Los mismos tenderetes de café, de embutidos de León, de bocadillos de calamares...

Yo creo que, si alguna vez nos da a los asturianos por solicitar la independencia, un argumento sólido para ello, un rasgo de identidad nacional, sería sin duda alguna esta feria. Tenemos una geografía cerrada por marcados accidentes naturales -al Norte, el Cantábrico mar; al Sur, las encumbradas montañas; y, a Oriente y Occidente, dos anchas corrientes de agua-. Tenemos una lengua, un folclore y, sobre todo, esta feria de muestras, invariable a lo largo de tantísimos años, inconmovible y fielmente visitada por la mayoría de los ciudadanos -aunque algunos lo hagan de década en década-, que acuden a ella por ver cómo todo sigue igual y a llevarse, de paso, algún regalo: una gorra de la caja de ahorros, un globo con el logotipo de una empresa eléctrica, una libretilla de la Universidad de Oviedo o del pabellón del Gobierno del Principado, o de algún ayuntamiento... Cualquier fruslería nos vale.

Este verano fuimos con C., H., M. y N. Luego nos encontramos con N., que estaba con su madre y los chiquillos... Pasamos por la mayoría de los pabellones, participamos en todos los sorteos que nos encontramos, comimos algodón de azúcar y pasteles de Belem, conseguimos una gorra, un globo enorme y una libretilla... Y disfrutamos, en compañía de tan buenos amigos, como cuando niños.

Luego ya nos salimos. Descansamos en un café muy moderno, mitad café, mitad librería, que hay cerca del Muro, y acabamos cenando en una pizzería que nos encontramos sin querer, de nombre La Divina Comedia. 

Regresamos al aparcamiento a la medianoche. Por el Muro adelante. Las olas trenzaban una blonda blanquísima y perfecta en la orilla. La playa se veía, a la luz de las farolas, más hermosa que de día. El verano nos parecía tan dulce y el mundo tan bien hecho...


miércoles, 5 de noviembre de 2014

Las excursiones II


Ribadesella.

Conserva este pueblo un aire de veraneo antiguo, dulce, próspero y monárquico. Es un pueblo orgulloso de que haya pasado sus veraneos en él, cuando niña, una mujer que luego, por esas vueltas que da la vida, se convirtió en reina. En las pastelerías, por ejemplo, venden unos dulces con su nombre, y muestran en los escaparates, junto a las cajas de esos melindres, las cartas con que la Casa Real agradece las que les han enviado de regalo.

El paseo que damos, al atardecer, por la playa, entre el mar y esas casonas magníficas que son hoy, casi todas, estrellados hoteles, es precioso. Mientras caminamos, dice J. A., que no para de hacerlas, que el atardecer es la mejor hora para las fotos. Por la luz. Lo mismo decía Gaya de la pintura, citando a Tiziano.


Riocaliente.

Este pueblo es famoso por la cantidad de hórreos y paneras que conserva. Algunos en muy mal estado -hay uno cuyo tejado no ha soportado el invierno y se encuentra desplomado-. Otros se mantienen aún en pie y techados, y sus dueños todavía hacen uso de ellos. Por ejemplo, subido a uno, en el mismo umbral de su puerta, para tener buena luz, descubrimos a un viejo que se corta, paciente y meticuloso, las uñas de los pies. De vuelta a casa,  nos encontramos con el dueño de unos caballos que pastan a orilla del camino. Son, nos explica, ardaneses, muy fuertes, adecuados para las tareas de arrastre.


Mieres.

Estación de autobuses. Más que una excursión, un breve viaje para despedir a J.A. y N., que se van después de varios días con nosotros. La estación de autobuses de Mieres tiene tres relojes y los tres están parados. Apenas hay media docenas de viajeros que esperan su autobús. En la cantina, no sé por qué lugar, se han colado unas palomas, que observan todo con impertinencia desde las vigas al aire que sostienen el techo. De vez en cuando, se alivian sobre los parroquianos. Estos, sin embargo, no se molestan. 

Cuevas del Agua.

Debe ser este un lugar único porque, por carretera, solo se puede entrar por un estrecho túnel -La Cuevona le dicen-, que los visitantes pasean admirados.  Sería muy poético qeu solo se pudiera acceder a ese lugar por ese túnel, pero si un día se desplomasen las piedras que sostienen esa cueva, no sucedería nada porque el pueblo tiene una estación y un río. Por la estación pasa, de tarde en tarde, algún tren; y por el río, casi cada día, decenas de piragüistas. Es un pueblo bonito del que sale una ruta que han dado en llamar  "de los molinos" porque, subiendo por la ladera del monte, se pasa al lado de una docena de estos. Hoy, sin embargo, apenas se pueden adivinar porque están arruinados y comidos por las zarzas y el musgo. Es un paseo misterioso y muy recomendable, muy cerca del río, que nosotros solo hicimos hasta la mitad, por fallarnos las fuerzas...


Benia de Onís.

Visitamos un mercado tradicional que se organiza en ese pueblo cada verano. Lo notamos un poco desangelado. También aquí se nota la falta de presupuesto... Después de un rato dando vueltas entre los puestos de comidas, panes medievales, azabaches y otras artesanías; después de apartarnos una docena de veces para dejar pasar un carro del país empujado por unos bueyes de dimensiones mitológicas que lleva subidos a los críos del pueblo; después de asistir a la venta de unos patos que un muchacho tiene de exposición dentro de una vieja cabina de teléfonos; después de todo eso, nos encontramos con nuestros caseros. Nos invitaron a tomar unas cervezas en un hotel tremendo que hay en ese pequeño pueblo a las puertas de los Picos de Europa. Es un hotel más grande que el mismo pueblo... Un pueblo que sabe de grandes fortunas, nos cuenta don A. "No sé la razón, pero los praos, aquí, siempre fueron más caros que en ningún otro sitio", nos dice. Y hablamos entonces de los muchos que tiene aquí, más unos picaderos, el antiguo alcalde de Oviedo,  hoy delegado del Gobierno en la provincia y que seguramente será hombre muy honrado, no lo dudamos, válganos el cielo, pero del que tampoco nos extrañaría nada que viniese a sumar, cualquier día y en los telediarios, el número de los corruptos...




martes, 4 de noviembre de 2014

Las excursiones

Llanes

A Llanes bajamos de vez en cuando. Paseamos por el puerto, tomamos unas sidras, visitamos al amigo de la tienda de alquiler de bicicletas. Una tarde nos presentó a un viejo profesor jubilado que nos preguntó, a bote pronto, que qué nos parecía  Podemos. Le dijimos que nos parecía bien. Entonces nos ofreció unas chapas de ese partido que, al ser de su facción asturiana, llevaban la Cruz de la Victoria en el centro del logotipo. Por la voluntad, nos dijo. Le dimos un euro.

-Entonces toma dos.

 Luego nos contó que acababa de llegar de Argentina y que había descubierto allí escritores que le tenían fascinado: Macedonio Fernández, Piglia, Juarroz... Estuvimos charlando un rato. Al final nos despedimos sin atrevernos a preguntarle si llevaba coleta por solidaridad con el líder o porque le gustaba.

Oviedo

Nos acercamos para enseñárselo a J.A. y N., que se acercaron a pasar unos días con nosotros. Paseamos por los escenarios de la juventud perdida... Se hicieron una foto con W. Allen. Comimos en  Le Chigre -si esto fuese una guía turística, y no estas notas apresuradas, lo recomendaríamos muy vivamente-, y si no tomamos un café en El Paraíso fue porque estaba cerrado y lo buscamos en otra parte. Después,visitamos algunas plazas -del Paraguas, Trascorrales, del Sol...- y al final, una librería de viejo a la que nos llevó H., en un pasaje, y otra de nuevo, detrás de la iglesia de San Juan. Al pasar a su lado, recordamos que fue allí donde se casó Franco. Entonces G. preguntó que quién era Franco. Mi hermano, atento a la educación de su hijo, le contestó rápido y contundente: "Un señor que mandaba", le dijo. Terminamos tomando unas cervezas con jamón en el poyete de la Universidad, expedidas no por esta venerable institución, sino por un bar que está enfrente. Terminamos la vista comiendo pizzas a la sombra del blanco, mastodóntico y absurdo  edificio de Calatrava... A la vuelta, al pasar por Palacio, ni el embriagado andaba por la calle.


Gijón

Fuimos por la misma razón que a Oviedo. En el Cerro de Santa Catalina nos hicimos unas fotos debajo de El Elogio del Horizonte. Más que una escultura, se trata de un marco, un aparatoso marco para el mar, el ancho y ensimismado mas. Visitamos luego una pequeña feria del libro en el puerto. No pescamos nada. A la vuelta, en cambio, descubrimos una librería que no conocíamos, Amarcord, y aunque tampoco compramos nada, quedamos más tranquilos. Estaba muy cerca de Paraíso, que es la que más nos gusta en esta ciudad que tanto nos gusta...

viernes, 31 de octubre de 2014

Las playas

Las playas de esta costa parecen teatros griegos. Será por eso que el mar se pone trágico algunas veces. 

Contemplar el mar, sobre todo si está agitado y violento, provoca la catarsis aristotélica.

Las galernas de este invierno fueron dramáticas, de exagerada escenografía. Hasta las sacaron por televisión. Se abatieron contra la costa y las playas de una forma cruel. Todavía se pueden ver algunas heridas, abiertas aún, sin cicatrizar.

Una de las paredes de la playa de Barro nos la encontramos descarnada. Se ve una palmera con las raíces al aire, como las barbas sucias de un vagabundo o un brujo. Presenta también un gran tramo mordido, como una encía abierta... 

En la playa, los días de sol, el espectáculo humano es interminable y variadísimo. A nuestro lado se suele tumbar una mujer-anchoa. Delgadísima, bronceadísima y veteranísima. Probablemente demasiado para tanta delgadez y tanto bronce. Como una anchoa.

Atardece en la playa. Se me despierta la fantasía de ser, algún día, el último que la abandone. Vería el sol perderse en el horizonte como rueda una naranja por la mesa de la cocina...

El otro día, en una playa de Llanes, le cayó un rayo a uno de mi pueblo. Afortunadamente, no le partió por la mitad. Le entró por un pie y le salió por un hombro, todo en la siniestra parte. Lo contaron en el periódico. Tan solo tuvo que pasar unas horas en el hospital, porque, al parecer, si uno sale entero de una cosa así, como fue el caso, no es raro que después se muera de un infarto.

La playa de La Ballota, junto a la de Andrín, que está su lado, son, tal vez, las playas más hermosas del mundo. Las fuimos a ver desde un mirador que hay en lo alto, al lado del campo de golf. Antes fue un pequeño aeropuerto, dedes del que dicen que despegaron los aviones del la Legión Cóndor para bombardear Guernica. Luego bajamos al pueblo. Dimos unas vueltas y nos sentamos en un bar a tomar unos culetes de sidra. A la vuelta, cuando íbamos a recoger los coches, nos estaba esperando un paisano, pequeño y hablador. Según él, no habíamos aparcado bien los coches. Y se lanzó a contarnos su vida de taxista en Caracas, donde estuvo emigrado largos años, y de su pericia al volante, de la que todo el mundo se hacía lenguas en aquella populosa y caótica urbe. Estuvimos casi una hora escuchándolo... Parecía un actor clásico y antiguo -noventa años nos dijo que tenía-, y nosotros un público entregado.





miércoles, 29 de octubre de 2014

El clima

La lluvia, aquí, es otra costumbre. 

A mí me da mucho gusto escuchar caer la lluvia. Ayer ese ruido suyo inconfundible se confundió con el boroboteo de un guiso antiguo que vigilábamos en la cocina... La disfrutamos, esa armónica confusión, como si asistiéramos a un exquisito concierto.

Aquí disfrutamos de un tiempo irlandés. O viceversa. Como cada uno quiera, pero o es raro que en un solo día, o en unas pocas horas, veamos pasar delante de nuestra ventana las cuatro estaciones del año: lluvias de invierno, vientos de otoño, perfumes de primavera y luces de verano... Uno detrás del otro.


Una de esas tardes que bajamos al bar, cuando ya nos disponíamos a irnos, se desató un temporal tremendo: lluvia, truenos y relámpagos... Nos quedamos a la puerta junto a los jugadores de cartas, que también se iban a sus casas y se quedaron varados, como nosotros, por culpa de esa galerna. Desde la puerta el espectáculo era magnífico: cielo negro, truenos oscuros, lluvia torrencial. Una escenografía romántica. El agua caía con vocación de río por la carretera abajo. Los rayos iluminaban el cielo y la tierra con una luz blanca y fugaz. Los truenos rodaban sordos desde las montañas y amenazaban con sepultarlo todo. La tormenta estaba encima de nuestras cabezas. Como aquello no tenía trazas de parar, los jugadores de cartas decidieron volver a ocupar sus asientos y comenzar una nueva partida.  Cuando amainó un poco, la tabernera nos prestó un paraguas, uno de esos paraguas enormes que llevan los ganaderos y se cuelgan del cuello de la chaqueta cuando no lo necesitan. Son paraguas magníficos, debajo de los cuales se podría muy bien montar un circo... Llegamos a casa con los zapatos un poco encharcados, pero el resto de nuestras personas intactas... ¡Qué paraguas espléndidos! Se lo devolvimos a la cantinera al día siguiente, con agradecimiento y lástima, porque uno de esos paraguas antiguos ya no se encuentran en las tiendas...

Aquí, todos los veranos se escucha la misma amarga queja. "No tenemos verano", se lamentan las gentes, mientras cabecean apesaradas. Las buenas gentes, que está deseando bajar a la playa y ponerse morenas, consideran que la lluvia, las temperaturas menos que templadas y los días grises y nublados, son una afrenta. Hoy, intervenía José Sacristán en este asunto. De vista en el concejo, para ver a un nieto que pasa sus vacaciones en uno de estos pueblos, dice en una entrevista que este clima es una bendición y que hay que ser un verdadero imbécil -utiliza esa palabra- para considerar, con la sequía que sufre el resto del país, que el que no deje de lucir el sol ni un instante es una fortuna, que eso pueda ser llamado "buen tiempo". El buen tiempo es este, dice: agua para no morirse de sed y noches frescas para dormir.

Pero no es para tanto. También salen días azules, limpios, luminosos. Días que amanecen con un brillo lujoso, todo de verde y azul, como una piedra preciosa.







martes, 28 de octubre de 2014

Las costumbres



En Palacio hacemos más o menos lo que en todos los palacios hacen sus dueños. Nada. Nos levantamos cuando nos despertamos, damos lentos paseos por los caminos que rodean el pueblo, mantenemos largas conversaciones con los caseros y los vecinos -el escultor y su mujer cosmopolita-, de vez en cuando bajamos al bar o a la playa, leemos un libro tras otro, dormimos la siesta y cada noche contemplamos, cuando se dejan ver, las estrellas. Y poco más.

Nos hacemos unos desayunos pantagruélicos, con frutas, zumos, tostadas, leche y bollería, y salimos un rato a leer al jardín, entre las hortensias y los raitanes, que viven de ocupas en un muro de la casa y llevan una vida muy ajetreada, entrando y saliendo sin parar todo el día. Frente a nosotros, la mole impasible y magnífica del Benzúa. De vez en cuando detengo la lectura y me quedo contemplando ese monte largo rato. Si alguien me viese, por ejemplo los raitanes si no anduviesen tan ocupados, podría pensar que estoy reflexionando sobre lo leído. Pero no, que son novelas policíacas. En realidad no pienso en nada. Solo contemplo esa montaña con la misma fascinación e inocencia con que se mira el mar. Ensimismado en ese mirar sin propósito ni fin. 

Luego solemos ir a pasear. Muchas veces vamos hasta Mestas. En una de esas caminatas, A. la chica nos contó que a veces piensa que la vida es como un videojuego, y que Dios nos maneja como hace ella con los personajes del Mario Kar...

-Tú no habrás leído a Unamuno, ¿no?-le pregunté alarmado.
-¿Quién es ese?-me tranquilizó.
-Pero, ¿tú crees en Dios?
-No, no sé, pero digo si existiera. Si existiera yo creo que la cosas sería más o menos así-se explicó.
-...

Llegados a Mestas acostumbramos a pararnos en el hotel a tomar un café. El dueño es un vasco dicharachero que siempre nos da más conversación que café. Al parecer, ese día se le había torcido desde prima hora. Se encontró con que se le había estropeado la máquina del hielo, y al cabo de dos horas, una clienta les llamó alarmadísima porque se le estaba inundando la habitación. Al tratar de recuperar un anillo que se le había escurrido por el desagüe, desmontó la tubería con una navajilla de excursionista y ya no supo después cómo volver a colocarla... Luego, ya más tranquilo y desahogado, nos informó de que este año hay veintisiete vecinos nuevos en el pueblo.

-Es por la crisis- nos explicó.- Aquí tienes muy pocas cosas y por lo tanto tienes que vivir con muy poco...

A la vuelta solemos cambiar algunas palabras con los vecinos que están siempre en su jardín, él leyendo el periódico o dibujando; ella cuidando a su madre, que ya no sabe quiénes son los que la cuidan, quién ella misma, dónde está... Ya jubilados, viven entre esta casa y Madrid. Ella nació en Río de Janeiro, y luego, ya de casada, pasó por muchos sitios, entre ellos Albacete. Lo recuerda con mucho agrado y nos pregunta por calles, por viejos comercios, por el extenso parque en mitad de la ciudad... Él  fue piloto de aviación en Amsterdam y viajó por medio mundo antes de dedicarse a la escultura. Casi siempre hablamos de las mismas cosas.

Con don A. las charlas son más largas. Cuando nos trae leche, o patatas, o lechugas recién sacadas de la tierra, nos pasamos luego mucho tiempo de cháchara. A veces son conversaciones anticlericales. Por ejemplo cuando nos contó su encuentro con el nuevo cura, que estaba limpiando unas malas hierbas en una finca cercana. 

-Nunca había visto a un cura sudar. Así se lo dije. Ahora se les pueden decir cosas como esas. Antes no. Aquí, los curas siempre nos han dado mucho respeto. Y algunos hasta miedo. Eran terribles.

Después de la siesta - que hacemos en el jardín, sobre una tumbona y con el libro abierto tapándonos la cara- algunos días bajamos al bar, a conectarnos a internet por ver qué rumbo sigue el mundo. Parece que el de siempre, aunque no nos enteramos de gran cosa porque todas esas tardes acaban por distraernos los parroquianos. Hablan de sus parientes en Venezuela, del tiempo perro que se gasta por aquí, de lo que la tele escupe... Alguna vez entra un turista, que llega desde México en busca de sus antepasados y parientes... En una esquina del bar, al lado de las estampas de la Virgen de Covadonga, del Sporting y del Oviedo F. C., hay colgado un calendario de Nueva Caledonia.  

Algunas veces bajamos a Posada. A comprar víveres. En Posada hay un embriagado que algunas tardes se oscurece y va de bar en bar provocando pequeños altercados. Algún vecino o camarero termina por molestarse y trata de echarlo de mala manera. Se intercambian ásperas palabras, hay amagos de agresión. Finalmente, el embriagado se va, amenazante:

Ya te garraré...

Otras veces subimos hasta el cementerio. Los apellidos que se leen en las lápidas coinciden a menudo con los topónimos de alrededor: Balmori, Turanzas, Poo..., y con alguno más lejano, como Amieva. Al fondo de un nicho vacío, un murciélago. Una de esas tardes, cuando abandonábamos el camposanto, apareció un Golf rojo. Aparcó junto a la puerta. Vimos que lo conducía una mujer muy mayor, muy arrugada, muy encogida, una mujer inverosímilmente vieja. Se bajó sin mirarnos. Se movía lenta pero segura. Sacó del maletero, con algún esfuerzo, un carro de la compra. Sobresalían de él unas cuantas hortensias y el palo de un cepillo de barrer. Lo arrastró dentro del cementerio y se pierdió en él.

Al pasar delante de la iglesia, escuchamos, ronca y profunda, la voz del párroco. Desgranaba, lento, las palabras del Agnus Dei...





lunes, 27 de octubre de 2014

De nuevo el verano

Desde hace un par de semanas en esta ciudad el termómetro no se pone de acuerdo con el calendario. Marca cada día unas temperaturas inverosímiles que el calendario no entiende. Y nosotros menos. Hay quien se muestra encantado de la vida. Por ejemplo A., la muchacha que viene a casa una vez a la semana a conversar en francés con P. Es natural de la Bretaña, y se muestra feliz con este octubre disfrazado de julio. En su tierra lo normal es que suceda al revés, que julio se comporte como octubre. Algo parecido ocurre en las Asturias, pero no por eso comparto la opinión de A. A mí me gustan las mañanas brumosas del otoño, la canción de la lluvia, los paraguas, el frío. Que julio parezca octubre.

Además, con estos calores, se levanta uno pensando que está de vacaciones y, como no es así, nos acometen unas tristezas y unos ahogos que solo logramos aliviar con las memorias dulces de aquellos días, y nos ponemos a recordarlos...

Y eso vamos a hacer...


lunes, 29 de septiembre de 2014

PALACIO

Llegamos a Palacio, Ardisana, Llanes, Asturias, con la sensación de habernos ido de ese lugar apenas unas pocas semanas antes. Tan familiar nos resulta todo allí. Las curvas de la carretera que sube al pueblo las conocemos como si las trazásemos durante todo el año y así también los árboles más altos y frondosos, el rumor del río, el perfil sinuoso de la sierra y el cristal de las esquilas de las vacas. Reconocemos todas esas cosas igual que los viejos muebles de la casa, sus sombras, sus silencios y el quejido de las escaleras cuando las subimos o las bajamos; las estampas dulces y tiernas que enmarcan las ventanas de cada cuarto... Sin embargo, había pasado un año...

Nos encontramos a don A. y a V. segando el prado. Como tantas otras veces, se nos echó la noche encima conversando con ellos.


                                   

martes, 23 de septiembre de 2014

ASTURIAS (II)

Mientras mis padres interrogan a P. sobre sus aventuras irlandesas, A. y yo bajamos a encargar unas pizzas al bar que tiene un Elvis de tamaño natural en la entrada. Para hacer más llevadera la espera, nos sentamos a tomar unas cañas en unos taburetes que tienen en la calle, lugar muy entretenido por la cantidad de coches y gentes que pasan por allí.

A los dos segundos de habernos sentado, pasa Marcrina -evitamos aquí la inicial por lo bonito y peculiar del nombre-. Después de los saludos y de preguntarle por su hija, buena amiga nuestra en la adolescencia, me pone al corriente de sus andanzas con mi madre, con la que acude a clase de taichi:

-Cómo nos reímos tu madre y yo. A nuestra edad es lo que nos queda. A veces piénsolo y digoilo a tu madre: ¿reiranse de nosotres tanto como nos reímos nosotres de to el mundo? Porque deberían. No hay mejor manera de tirar palante... Reírse todo lo que podamos... Y nos contó que en su familia siempre han sido muy reidores, y que su madre, que murió con más de noventa años, abandonó este mundo cantando.

Entonces se da cuenta de que son ya casi las nueve de la noche y de que le van a cerrar el supermercado, así que se despide de nosotros y se va corriendo, con una ligereza que desmiente sus ochenta años.




Luego, ya en casa, como no sabía muy bien dónde había dejado las gafas y tardé un rato en encontrarlas, mientras las buscaba se me ocurrieron unos cuantos aforismos:

-Nada mejor que ser miope para no ver las cosas claras.

-Una buena miopía favorece el ejercicio de la imaginación y la fantasía.

-La miopía pude proporcionar grandes satisfacciones. Te impide ver algunas cosas y  en cambio otras te las transforma y embellece de tal modo que da gusto verlas.

lunes, 22 de septiembre de 2014

ASTURIAS


Todos los veranos, desde hace más de veinte, al llegar a aquí nos encontramos con los mismos lamentos y la misma agria polémica. Los lamentos son los de nuestros parientes y amigos, que miran al cielo y maldicen, que se preguntan dónde demonios está el verano, que se tiran de los pelos porque apenas han podido poner un pie en la playa, porque llueve un día sí y el otro también, porque hace frío, y está oscuro y nuboso y sombrío... "Mierda de verano", mascullan los más desesperados.

Y la polémica, la misma de los últimos veinte años por estas fechas, es con los hombres del tiempo, los meteorólogos, que no dan una, y lo confunden y enredan todo de tal manera que cuando anuncian días soleados, nos visitan las nubes son más negras y las borrascas más profundas, y viceversa, cuando presagian días lluviosos y desapacibles, sale el sol y se está todo el santo día abrazando con sus cálidos y amoroso brazos este trozo de tierra al borde del mar Cantábrico... Los hosteleros llevan todos estos años quejándose de esto, que dicen que les perjudica lo indecible, y envían cartas y memoriales a las televisiones para denunciar un atropello tan abusivo e injusto. Los meteorólogos y los periodistas especializados se defienden diciendo que no será para tanto y que la culpa es de la orografía tortuosa del país, que no hay quien prediga nada con tanta montaña, tanta cordillera y tantos valles. 

Así, como todos, comenzamos este verano en Asturias.


martes, 16 de septiembre de 2014

LIBROS PROHIBIDOS

Nos contó J. que los conductores de la empresa, cuando se enteraron del nombre de la nueva librería a la que tendrían que llevar varios paquetes cada día, comenzaron a darse codazos y guiñarse los ojos.

-"Libros prohibidos"- se decían unos a otros, relamiéndose..-Esta sí que tiene que ser una librería buena.

Y estallaban en risotadas de esas que amenazan con quebrar los cristales de las ventanas.

Sin embargo, el primero al que le tocó llevar un encargo, volvió mustio y desilusionado.

-Vaya mierda de librería-entró en el almacén protestando.- Una librería como tantas... Hasta libros infantiles tienen... Vaya engaño de nombre...

La librería es preciosa y, aunque no trafique con libros clandestinos ni venda perversiones ilustradas ni sicalípticas -¿en qué mundo vivirán aún esos conductores?-, tiene un fondo amplio, bien elegido, con un punto de exquisitez. 

En realidad esta librería ya existía y no es más que un fruto paradójico y afortunado de la crisis. Es la suma de las dos librerías que había antes en Úbeda, que han decidido sumar capital, libros y esfuerzos, para así reducir gastos. Han dejado sus antiguos y reducidos locales y han abierto en una esquina a la vuelta de la casa de F., un lugar amplio y luminoso, que han llenado de libros por todas partes: en las estanterías, en diminutos veladores, en sillas y sillones, en el mostrador y hasta por el suelo. Antes de entrar, los escaparates, compuestos con el gusto y el cuidado de un escenógrafo del Teatro Real, ya te colocan en la mejor de las disposiciones. Ya dentro, han dispuesto en cada rincón unas pequeñas mesas por si te quieres sentar a leer un rato. No sé si lo sacarán, a partir de ahora, en las guías de esta ciudad prodigiosa y Patrimonio de la Humanidad, pero deberían. Un lugar así mejora cualquier sitio, por hermoso que sea, de un modo incontestable. Además de la recuperación de San Lorenzo, la inauguración de una librería como esta debería pregonarse en las plazas de cada pueblo, para información de las gentes.

Uno, por sostener, en la medida de nuestras menguadas fuerzas, un negocio de esta naturaleza -humano y divino juntamente-, se compró tres cosas: uno de los tomos de Black Sad -un tebeo que nos tiene impresionados-, El compolt mongol -prolepsis: ya la he leído y es una novela magnífica- y Lo que tiene alas -un conjunto de lecturas de Eduardo Jordá, que es un escritor que nos place mucho-. 

Tenemos muchos y bien fundados motivos para visitar Úbeda regularmente. Ahora tenemos uno más.



viernes, 12 de septiembre de 2014

EL MUNDIAL DEL 14

En Úbeda, cada noche salimos a sentarnos a la terraza de algún bar, a beber cerveza y cenar de tapas. Tenemos dos o tres favoritos, pero al que más vamos es al que está más cerca de casa. Esa noche, los dejé a todos instalados en la terraza - el tiempo era ya definitivamente más apacible y dulce-, me metí dentro y me acodé en la barra, frente al televisor. El Brasil-Alemania estaba a punto de comenzar.

Solo vi la primera parte, un asesinato retransmitido en directo para todo el mundo. Cinco tiros, mortales cada uno de ellos, en apenas media hora. No quise asistir a la larga agonía de la segunda parte. Además, los que me rodeaban, apenas media docena de parroquianos, escupían sobre el cadáver brasileño y no daba gustó seguir allí. Yo albergaba sentimientos contrapuestos. "Después de esto, no tendrán más remedio que volver a jugar al fútbol y abandonar el matonismo que han empleado como táctica estos últimos años", me decía. Pero al mismo tiempo me rompía el corazón ver cómo la gente lloraba en las gradas a moco tendido, sus rostros crispados, el desconsuelo de varios infantes... Y a los jugadores daba pena verlos deambular por el campo: "Lo que nos espera el resto de nuestras vidas", parecían estar pensando...

Organizaron este mundial para exorcizar aquel del 50 y se van a llevar un trauma más gordo aún que aquel... Si son sensatos, no organizan otra cosa así en la vida...

Me sumé a la terraza. Cuando nos íbamos, al filo de la medianoche, entré de nuevo en el bar, a ver cómo había concluido la carnicería y si había comenzado ya el entierro... 1-7 consignaba el marcador, en una esquina del televisor. La media docena de clientes guardaba el silencio sombrío de los velatorios.

Tengo para mí que el Mundial del 14 se acabó esa noche.

jueves, 11 de septiembre de 2014

ÚBEDA, JULIO DEL 14



Los primeros días sopló un viento tan frío y desapacible que nos impidió ir a la piscina y, como yo no había metido en la maleta ninguna prenda de abrigo, nos obligó a hacer una ronda por las tiendas del ramo, a ver si encontraba una rebeca o un jersey. La gente renegaba de un tiempo tan ingrato y desleal como lo hacen, por estas mismas fechas y a lo largo de todo el verano, en Asturias.



Visita del tito P. 
-Tengo para mí que no voy a durar mucho...-nos informa cabeceando mustio.- Se me hinchan las piernas, no camino como antes, mira qué párpados...-continúa el catálogo de su males, de sus tristezas.

F., su hermana, trata de animarlo, pero al final acaba desembocando una vez más en su filosofía extrema y coprológica:

-Hijo mío, si es que no somos más que mierda...




En la piscina -al fin el verano se ha puesto a comportarse como le corresponde- enjambre de avispas y chiquillos de los campamentos municipales. A pesar de unos y otros, hacemos unos largos con nuestro nuevo y elegante estilo. Nos cuentan que los operarios municipales no han descubierto, a pesar de llevar ya unos días investigándolo, el avispero donde se alojan tantos y tan molestos visitantes que, además, entran gratis. Nosotros las evitamos con aristocrático desdén. Como si no existiesen. Esta actitud, a lo que se ve las molesta tanto que, desprecio por desprecio, te pagan con la misma moneda y te dejan en paz.




Camino de la casa del tito M. nos encontramos con X. Le pregunta a A. por el número de hijos.

-Uno.
-¿Varón?
-Sí.
-Pues ya tienes dos- y me señala a mí con un dedo acusador y torcido.

Yo le sonrío como si fuese extranjero y desconociese el idioma y por lo tanto la naturaleza de la conversación, pero ella continúa apuntándome con el dedo.

-Tienes que aguantar no a uno sino a dos...

X. tiene una gran aversión a los hombres, sonrían o no. Me cuentan que cuando se para a ver las esquelas del día, se alegra mucho cuando solo lee nombres masculinos. "Que tengan buen viaje", exclama, y ya se va a sus quehaceres, que son, por este orden, dar de comer a los gatos callejeros que se encuentra por ahí y revisar los contenedores de la basura, por si se encuentra algo que le parezca merecedor de ser rescatado.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LOS PÁJAROS SUICIDAS



Al comienzo del verano P. se fue una semana a Irlanda, a practicar su inglés. Nosotros, mientras él se paseaba por la verde Erin, esa joya esmeralda en mitad del mar, nos dirigimos hacia el sur, hacia Úbeda. Viajamos en compañía de unas nubes oscuras y muy barrocas que, mira tú qué coincidencia, iban en nuestra misma dirección.

Al rato aparecieron los pájaros suicidas. Ya nos ha sucedido en alguna otra ocasión. A. dice que es por el color del coche -blanco roto-, pero yo pienso que debe ser por alguna otra causa más profunda. Al poco de comprarlo -antes teníamos uno rojo burdeos-, se estrelló contra él, también camino de Úbeda, un gorrión, contra la parte frontal. No sé cómo pudo hacerlo, pero se coló entre tres estrechas láminas que hay bajo el capó y allí se quedó, en un pequeño hueco, como en su mausoleo.

A M., una amiga de A. gran amante de los animales y dueña también de un coche blanco -desconozco qué tipo de blanco-, también le ha sucedido con frecuencia. Pájaros como kamikazes japoneses que se lanzan en picado contra el coche y se inmolan contra él. Ella también defiende esa teoría del color. Y sufría lo indecible con esos frecuentes sacrificios ornitológicos. Hasta que uno de ellos le abrió un redondo boquete en la carrocería que le costó en el taller sus buenos dineros. Tuvo entonces muy ásperas palabras hacia esos alados y enloquecidos seres y ahora, cuando los ve acercarse a su coche, saca el puño por la ventanilla, por espantarlos...

En este primer viaje nuestro, el primero del verano, calculo que se suicidarían bajo nuestras ruedas una media docena de pajarillos. Yo creo que no tiene nada que ver con el color del coche, sino, como les sucede a las personas, con las dificultades del vivir. Contra la opinión de algunos ingenuos poetas, la vida pajaril también debe tener sus trágicas pesadumbres. Vivir no es fácil, tampoco para ellos.