jueves, 12 de septiembre de 2013

Álbum de verano (VII)

Tranco séptimo (Palacio)

Todo el día brumoso. Paseos por el bosque. Por la mañana, monte abajo, de nuevo hasta Mestas. Por la tarde, monte arriba, a tomar un café en un hotel recién inaugurado, en lo más alto del pueblo y apartado de él.

Es una casona preciosa. Pero encontramos la puerta cerrada. No hallamos allí a nadie. Ni un coche, ni un ruido, ni un alma. Frente al hotel se extiende un prado enorme rodeado de nogales y avellanos y, a la sombra de un castaño enorme, han colocado un banco y una mesa de madera, supongo que para que los clientes se sienten en medio de ese paisaje y se alimenten de la belleza del lugar y de su silencio maravilloso.

Estuvimos un rato merodeando, a ver si aparecía alguien. Pero nada. Tenía todo el aire de un gran misterio. Pensamos que tal vez era todo aquello un espejismo.

A la vuelta, cuando íbamos a salir de la finca, divisamos al fondo del camino a un hombre viejo. Estaba de espaldas y parecía contemplar algo que nosotros no podíamos ver. Apuramos un poco el paso para darle alcance y hablar un rato, preguntarle por el hotel y la soledad de este. En una de las curvas del sendero, lo perdimos de vista, y cuando llegamos al lugar en el que lo habíamos descubierto, ya no estaba allí. Y aunque desde ese punto se divisaba ya todo el camino, no vimos a nadie sobre él…


Todas las mañanas pasa por la carretera, con  puntualidad kantiana, La Estrella de Castilla. Con un nombre así podría haber sido uno de los galeones de la Armada Invencible. Pero es una furgoneta blanca con dos panes dorados y en cruz pintados en los laterales del coche. Cuando la vemos cruzar la carretera delante de la casa, sabemos que ya podemos ir hasta el bar a recoger el pan nuestro de cada día. 




Cada mañana, al abrir las ventanas del baño grande, se mete el manzano, sus ramas gráciles y delgadas, por toda la casa…




Baja la niebla hoy como telón de teatro. Concluye el espectáculo silencioso de las montañas…



Después de largos días –muy largos para lo aquí se estila- hizo su aparición la lluvia. Llegó ceremoniosa, como dama de antaño. Se hizo anunciar el día anterior por los chambelanes que dan el parte meteorológico en la televisión, y, ya en la noche, por un orbayu tan discreto que parecía invisible y casi ni se notaba.

Al amanecer, todavía en la cama, el primer coche que pasó junto a la casa, de un madrugador, rasgó el asfalto mojado, y así fue que supimos de su llegada. De manera que madrugamos también nosotros y salimos al jardín, a recibirla. No hacerlo así habría sido una descortesía imperdonable.



Nos acompañan esta mañana, mientras leemos a cubierto en el jardín, la alegre parla pajareril, el quebrar de los gallos y perros, y todo el concierto animal que celebra el nuevo día y el regreso, al fin, de la lluvia. También suenan las esquilas de las vacas –que tienen mucho de música acuática- y, claro está, esa dulce canción de la lluvia menuda sobre los árboles y los prados sedientos.



A la tarde, suenan las campanas de la iglesia, redondas y ligeras. Como sonoras pompas de jabón sobre el valle…





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