viernes, 13 de septiembre de 2013

Álbum de verano (VIII)

Tranco octavo (Palacio)

Vinieron C. y H. a por M. Y R., a punto de irse de viaje a Vietnam. Trajeron consigo unos cachopos medievales. Los componen por cientos en una carnicería de la calle Campomanes, en Oviedo, muy cerca del seminario. Anuncian –y no hay razón para ponerlo en duda- más de doscientas clases –la ciencia combinatoria da para eso y para más-. Algunas las detallan en un pasquín: cecina y queso de cabra; jamón ibérico y foi; jamón serrano, queso azul y pimientos del piquillo; dulce de manzana y queso de cabrales; cebolla caramelizada y setas al ajillo; setas al ajillo y morcilla matachana; jamón ibérico, gambas y espárragos; salmón ahumado, espárragos y setas… Como se ve, aunque algunas combinaciones resultan un tanto fantásticas y extravagantes, con la lectura de ese pequeño folleto ya se siente uno perfectamente alimentado. Los cachopos que comimos nosotros –ya no recuerdo de qué eran- resultaron deliciosos y nos condujeron hacia la sobremesa con el mejor de los ánimos…



Esta mañana, al llegar a Posada, cruzaba el pueblo una briosa banda de gaiteros. Sonaba –nos pareció a nosotros- mejor que la mejor de las escocesas…



Hemos amanecido hoy dentro de una redoma de niebla. Como aquellas que llevaban dentro un genio.


En Llanes, nos encontramos de pronto con Santa Ana. Acababa de llegar a puerto. La estaban devolviendo a su capilla tras la procesión marinera. En cuanto estuvo bajo techo, comenzó a llover.


El otro día, en Oviedo, compré una gorra. No en Albiñana, que es sombrerería de solera, sino en uno de esos grandes almacenes en los que lo venden todo a unos precios ridículos. Me costó cuatro euros –todo será que cuando me la empiece a poner me deje calvo completo-. Me la probé. Me dijeron todos que me hacía mayor. No les hice caso. La compré por estrictos motivos literarios. Tengo para mí que esa gorra me va a ayudar a escribir, algún día, una novela. En primer lugar, sin esa mascota uno no tiene cara de escribir novelas. Con ella, en cambio, podrían cambiar las cosas… Tal vez me mantenga, los días del frío invierno, la cabeza abrigada, y no se me helarán, como ahora, las ideas, escenas, tramas y personajes… Quién sabe. Claro que es posible que la novela, si acaba saliendo, valga lo mismo que la gorra, o incluso menos…


Me despertó, en mitad de la mitad de la noche, el sonido de la lluvia dando de beber al mundo.




No hay comentarios:

Publicar un comentario