lunes, 25 de marzo de 2013

De pronto, la Semana Santa

Hasta que no salí el sábado por la mañana a por el pan y los periódicos, no caí en la cuenta de que ya estamos en Semana Santa... Fue al ver a media docena de señores arrastrando un trono. Debían de llevarlo hacia la catedral. Iban sin la imagen, pero llevaban ya montados todos los faroles. 

Al principio pensé que era cosa del sol, que se estrellaba en el cristal de todos esos fanales y les sacaba reflejos brillantes y raros.

Pero no. No era el sol. Al acercarme un poco más pude comprobar que las luces que brillaban en esas lámparas eran de naturaleza eléctrica, y de muy variados colores además: verdes, rojos, amarillos... Como si los hubiesen comprado en un bazar chino, o como decoración de feria, de unos coches de choque o algo así...

Yo, de la Semana Santa no quiero saber mucho. Es un trauma de la infancia. Una herida infantil abierta por aquellos días cenicientos, grises y aburridísimos, en los que todo estaba cerrado, incluso los bares, y en los que la televisión solo emitía los oficios religiosos y unas películas biblícas y larguísimas de esas que le gustaban mucho a Tereci Moix pero que a nosotros nos parecían deprimentes... De repente, al llegar esos días, el mundo se convertía en un lugar desolado y tristísmo, y en concreto mi pueblo, ya de natural gris y penumbroso, adquiría un aire de un funebrismo aplastante.

Solo respirábamos un poco cuando a media tarde nos íbamos hasta Ablaña. Allí estaba don Antonio, que salía con un cubo de los de fregar colmado de agua bendita y nos ponía a todos pingando, o encendía una hoguera a la entrada de la vieja iglesia... Pero era todo eso poco consuelo, pues exigía a cambio seguir las misas, y los cantos y sermones tan lúgubres y dolorosos...

De manera que a uno la Semana Santa le espanta siempre un poco, y tratamos cada año de pasar estos días como si la cosa no fuese con nosotros. Nosotros, con la Semana Santa, procuramos hacernos los distraídos.

Generalmente, como no nos quedamos aquí, no hemos visto ninguna de las procesiones de esta ciudad nuestra. Pero nos han contado cosas muy curiosas: los penitentes, por ejemplo, acostumbran a llevar una bolsa de caramelos y los van arrojando a las gentes, como en cabalgata de Reyes; y van atados unos a otros por una cuerda, porque la gente solía atravesar las procesiones sin miramientos, y también porque no era raro que los mismos nazarenos rompiesen filas y se saliesen de la procesión para saludar a las amistades o, cuando ya comenzaron a abrir algunos bares y cafeterías, para entrar en uno de ellos, a tomarse algo, un vino o un café, y aliviar así un poco la fatiga de la marcha... A mi cuñada y mi mujer, acostumbradas a la seriedad de la Semana Santa de su pueblo, esto no les parece serio. Yo, en cambio, no lo veo tan mal. 

Sin embargo, sería mucho mejor que estos ritos los celebrasen los católicos más discretamente, en la intimidad de sus templos, y que los ayuntamientos no dejasen salir a gentes encapuchadas a las calles... Estos días, a mí me ensombrecen mucho porque me traen aquellas memorias tristes de la infancia, y me dejan taciturno, mustio y amorugado.


            

P.S. Un año, hace ya bastantes, bajé a las siete de la mañana a ver este paso. Lo que me ocurrió luego, también es recuerdo fatigoso y poco grato. Un motivo más para que este tiempo no sea mi favorito. Pero esta peripecia ya la contaré en otra ocasión.

1 comentario:

  1. ¡Y yo que pensaba que lo de los caramelos era costumbre en todos lados!

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