jueves, 23 de mayo de 2013

Una entrevista a Trapiello


El otro día entrevistaron a Trapiello en Jot Down. Nos ha encontrado esta entrevista con el último tomo de sus diarios entre las manos. Aunque llevamos leyendo esta "novela en marcha" 18 años, no ha desfallecido aún nuestro entusiasmo. Por eso nos hizo mucha ilusión que se refiriese a nosotros, lectores de estos diarios, en un momento de esa charla:



Los lectores de esos libros son, me parece, un poco como yo mismo, personas a las que les gusta mucho la vida y no tanto la sociedad, y mucho las gentes, aunque tampoco esperan nada de ellas. Lo saben ellos y lo sé yo. Y eso nos basta. Ellos y yo tenemos una cita al año a espaldas del mundo, y gracias a ellos y a los editores, el proyecto sigue siendo viable. 


Luego dice muchas más cosas -las entrevistas de Jot Down son largas y, si el entrevistado merece la pena, muy jugosas-. De entre todas, hemos espigado las que siguen, por parecernos relevantes y muy hermosas, y por pensar que ilustran muy justamente el motivo por el que leemos todo lo que este hombre, que nos saludó una vez aquí en Albacete -ya lo contaremos en otra ocasión-, escribe:




Creo que un escritor es alguien que está a la intemperie, y que ha de acostumbrarse al tiempo que haga; él vive, él escribe. Ha de contar con las inclemencias del tiempo. Y antes de seguir adelante con esta entrevista: me gusta escribir, porque es la forma más discreta de intimidad, y me gusta poco, cada vez menos, hablar en público para el público. A mí, habladas, me salen las cosas mal, de cualquier manera. Decía Deleuze que encontraba el hablar une saleté, una suciedad. Y sí, el hablar mancha. Si me gusta tanto en literatura lo escrito, frente a lo hablado, es porque la palabra escrita está mucho más cerca del silencio. Decir, referido a un escritor, que habla aún mejor que escribe es un elogio envenenado. No sé lo que valgo escrito; hablado, soy del montón.



Si la obra es vida no debe alejarse del lugar donde sucede lo más importante de la vida, que es nuestra intimidad compartida.


Sabes que solo quieres ser escritor, desde luego, pero no sabes nunca si vas a poder serlo, si te dejarán serlo, si habrá en ti algo que te permitirá lograrlo, que no te secarás, como una fuente. Así que te levantas y vas a tu mesa y la ves como un huerto. Y haces un surco, y luego otros, y cuando vuelves la vista atrás, porque temes acaso que no haya quedado nada o que lo hayan comido todo las malas hierbas, descubres que aquí y allí está brotando algo. Te acercas, lo miras y no sabes muy bien cómo ha nacido eso. Porque pasa eso: que lo que nace, nace solo, que uno no es dueño de ese secreto, sino solo eso, un hortelano, y que los frutos no son tuyos, puede que acaso la semilla, sí, pero solo la semilla. Siempre me ha parecido que los aciertos en mi caso eran de otro, como de prestado; los malogros, en cambio, los he reconocido pronto, veo de lejos que solo pueden ser míos.


La poesía es lo único que cuenta, es el germen de todo, lo que nos lleva un poco más lejos. Para mí la poesía es la línea más corta entre la vida y el misterio, una especie de “símbolo aproximativo de la verdad”, que decía Ungaretti. De la poesía, y no digamos de la mía, me da mucho apuro hablar siempre. La poesía es lo íntimo en estado puro, la verdad indemostrable. Y en cierto modo, inefable. Puede uno cultivarse mucho leyendo poesía o teoría poética, pero el sentimiento que hay en tal o cual poema, esa emoción que sentimos ante ciertos poemas, ante una sonata, ante tal o cual cuadro, eso resulta muy difícil de definir y de explicar. La poesía tampoco es privativa del poema, la hallamos en una novela, en una obra de teatro, y por supuesto en la música, en la pintura, en muchas manifestaciones humanas, en la manera de poner un mueble, en un vestido, en la manera de hablar o de escuchar a alguien sin juzgarlo. Creo que la gente respeta la poesía porque sabe que en el fondo nos hace fuertes y delicados. Claro que algunos confunden también la poesía o lo delicado con la cursilería, o que creen que la poesía es una cosa de moñas, pero para esa confusión no hay remedio. Damos por supuesto que Leopardi o Machado o Juan Ramón fueron personas delicadas, pero me gustan también mucho los que son delicados a su manera, un poco toscos, pero siempre con naturalidad, como Baroja o Solana. La poesía para mí es eso, el cultivo de la naturalidad.


Decía antes que la novela, frente a la poesía, es un camino. Pero es un camino que debe recorrerse, a mi modo de ver, con el candil de la poesía. Una novela, o una obra de teatro, y yo diría que hasta un ensayo o un tratado de filosofía, que no se escriba a la luz de la poesía, se quedará a medio camino y a la larga, a ciegas.


El estilo es bueno si no se nota. Decía Tolstói: “Señor, dame la sencillez de estilo”. Creo que uno puede hacerse un estilo a base de estudio, de trabajo, en la fragua. Pero la sencillez de estilo te la conceden. No sé qué hay que hacer para eso, creo que nada. Es regalo precisamente porque no puede alcanzarse con mérito ni trabajo. El otro, el que llaman gran estilo, es conquista y por lo general muy pesado. El estilista es como un káiser. Pero lo que vale, creo, es lo otro, esa transparencia que no altera las cosas, el estilo que empieza a brotar y hace que te desentiendas de él. Suele ser muy hospitalario. Ese que te hace sentir como en tu propia casa, por el que vas como quieres, descalzo o en zapatillas. El estilo es siempre tacón, coturno, plataforma, para parecer más alto. Aunque también hay que tener cuidado con la afectación de la sencillez. Eso de Baroja, por ejemplo, de no saber si hay que ir en zapatillas, de zapatillas o con zapatillas no deja de ser una afectación un tanto filistea. Ahí el problema son las zapatillas. No sé, yo creo que lo mejor es pararse y oír la respiración de la prosa, y si no se nota, bien. Y si se nota, mal, habrá que oxigenarla.


La literatura nos enseña a vivir más intensamente, y la vida nos enseña a leer no solo por entretenimiento. Si la literatura está viva, quiero decir, si no es literaria o artística, la viviremos con naturalidad. Nos son más cercanos don Quijote o Fortunata que la mayor parte de nuestros parientes, tenemos con ellos un trato más íntimo que con seres de carne y hueso, porque don Quijote y Fortunata son también de carne y hueso, de nuestra carne y de nuestros huesos. Están hechos de una costilla de la realidad y de nuestra naturaleza, sus sueños están hechos de la misma materia que los nuestros.








(Jot Down. Foto de Guadalupe de la Vallina)



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